¿Qué tanto se parece Donald Trump a Adolfo Hitler?

En la ceremonia de entrega de los
premios Emmy, realizada el domingo por la noche, Jill Soloway, creadora de Transparent,
comparó a Donald Trump conAdolf
Hitler. Muchas otras personas han hecho tal
comparación antes que ella: la primera plana del diario Philadelphia Daily News de diciembre de 2015; el
Consejo de Relaciones Estadounidenses e Islámicas; el sobreviviente del Holocausto
Zeev Hod.

El elemento central de estas
comparaciones ha sido la forma en que Trump obtiene apoyo al culpar y denigrar
a grupos que no encajan en la imaginación de un tipo estadounidense ideal, masculino,
cristiano, trabajador y esencialmente de raza blanca: los mexicanos, los
musulmanes, las personas homosexuales y transgénero, y las personas con alguna
discapacidad, por nombrar sólo algunos de los objetivos más evidentes.

De manera más importante, lo que Soloway
denomina la “otrificación” de los grupos minoritarios actualmente está siendo adoptada
también por amplios segmentos de conservadores que aparentemente pertenecen a
la corriente principal, como lo dejaron muy claro los debates realizados antes
y después del referendo del Brexit en el Reino Unido. Si miramos más allá de la
política formal y analizamos las redes sociales, la retórica de Trump es todo
menos única; de hecho, está en peligro de convertirse en parte de la corriente
principal.

Entonces, ¿por qué comparar aTrump con un individuo que fue responsable del Holocausto y de muchos
millones de muertes durante la guerra entre 1939 y 1945? Por mucho que nos
desagrade su política, Trump propone detener la inmigración, no cometer un
genocidio, y aunque propone una postura militar más agresiva contra ISIS y sus
partidarios, hasta donde podemos ver, no está proponiendo una Tercera Guerra
Mundial.

Lo que hace que la comparación
entre Hitler y Trump resulte tan punzante no es la marginación retórica de
ciertos grupos, estilos de vida o creencias, sino el hecho de que ambos hombres
representan su carácter personal como el antídoto a todos los problemas
sociales y políticos.

Ni Hitler ni Trump hicieron
campaña con base en políticas específicas, más allá de unos cuantos eslóganes.
En lugar de ello, ambos prometen una nueva visión del liderazgo. Ambos
presentan a los sistemas políticos existentes como fundamentalmente corruptos,
incompetentes y, de manera más importante, incapaces de generar una acción
decisiva frente a problemas urgentes.

Ambos personajes utilizan sus
biografías personales (o, más correctamente, los recuentos profundamente
editados de sus biografías personales que presentan a los medios de
comunicación) para conjurar un nuevo estilo de política, que no se basa ni en
la experiencia ni en propuestas políticas detalladas. En lugar de ello, sugieren
que su propia “lucha” personal los transformó en líderes (supuestamente)
auténticos, capaces de superar la adversidad mediante la pura fortaleza de
carácter. En esta situación, la democracia tiene menos que ver con
instituciones representativas que con un líder que está “sintonizado”
intuitivamente con los sentimientos de la gente.

Por esta razón, la famosa
autobiografía de Hitler se tituló Mi
Lucha (Mein Kampf). Y se trata de un libro que haríamos bien
en recordar: 12.5 millones de copias fueron distribuidas en el Tercer Reich, y
este libro, presuntamente difícil de leer, sigue gozando de una sorprendente
popularidad en muchos países de todo el mundo. En India, ha permanecido en la
lista de éxitos de ventas durante muchos años y se utiliza ampliamente como
libro de texto sobre liderazgo en las escuelas de negocios.

Esto debería darnos algo en qué
pensar. Al igual que Hitler, Trump aprovecha el anhelo de un líder carismático
al que incluso las democracias occidentales altamente desarrolladas parecen muy
susceptibles cuando las estructuras democráticas no logran producir todos los
resultados deseados. Actualmente, ninguna democracia occidental enfrenta
problemas de la magnitud de los de Alemania antes de 1933. Y sin embargo, una
gran parte de la población percibe, de manera muy real, que no ha estado “del
lado ganador” durante mucho tiempo.

La brecha entre ricos y pobres se
hace cada vez más amplia y, en el proceso, los atributos clásicos del liderazgo
político (educación, experiencia, discursos elocuentes) han llegado a ser
consideradas no como estrategias para resolver problemas sino como marcadores
de identidad de una elite social a la que únicamente le importan sus propios
intereses.

Aún en los casos en los que las
nuevas políticas de atención a la salud, educación o generación de empleos
logran sus objetivos, no son populares debido a que tienen ese dejo de elitismo
que hace que muchas personas ordinarias no se sientan valoradas por su clase
política. Trump no ha sido el primer demagogo en aprovechar esos sentimientos, ni
tampoco será el último.Si resulta electo, no veremos un resurgimiento del
Nacionalsocialismo.Sin embargo, Trump es un síntoma de un
problema fundamental con nuestro sistema democrático, el cual, aparentemente, nos resulta imposible de reparar.

Este artículo fue publicado originalmente porInternational Business Times.

Maiken
Umbach es catedrático de Historia Moderna y
Director de Investigación de la Facultad de Artes de la Universidad de Nottingham.

Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek