La neumonía diagnosticada a la candidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, colocó el tema de la salud como un factor en los comicios del próximo 8 de noviembre, y reabrió este debate a escala mundial.
El domingo 11 de septiembre, la exsecretaria de Estado acudió a la ceremonia en honor de las víctimas de los ataques terroristas al World Trade Center, en Nueva York.
De manera abrupta tuvo que dejar el evento. En un video se le observó a punto de desvanecerse cuando esperaba la camioneta que la transportaría. Agentes del Servicio Secreto a cargo de su seguridad evitaron que cayera y la condujeron al interior del vehículo.
Fue trasladada al departamento de su hija Chelsea para que se recuperara. Su equipo de campaña informó que el malestar fue producto de un “golpe de calor”. Más tarde tendría que rectificar: se trata de neumonía.
Error de estrategia. “Viéndolo en retrospectiva, me hubiera gustado más haber anunciado antes (el padecimiento)”, reconoció el jefe de campaña de la demócrata, Robby Mook. “Lo podríamos haber hecho mucho mejor”, admitió también la jefa de Comunicación, Jennifer Palmieri.
Este hecho encendió las alertas en el Partido Demócrata. Algunos analistas hablaron incluso de la posibilidad de un relevo. El artículo 2, sección 7 de sus estatutos señala que en caso de existir una “vacante en la fórmula presidencial”, el presidente del partido, en este caso Donna Brazile, deberá llamar a una “reunión especial” del Comité Nacional para que sus miembros voten por mayoría a un remplazo.
Esa reunión se tendría que programar con al menos dos o tres semanas de anticipación, lo cual sería suicida ante la proximidad de los comicios del 8 de noviembre. Además, Clinton tendría antes que renunciar a la nominación.
De cualquier forma, entre los nombres de los eventuales sustitutos se mencionaron al vicepresidente Joe Biden y a Bernie Sanders, exrival de Clinton a lo largo de la contienda por la nominación demócrata.
No es la primera vez que la salud de Hillary Clinton está a debate y se convirtió en un tema de interés público. En 2009 tropezó en las oficinas del Departamento de Estado y se fracturó el codo derecho, por lo que tuvo que ser intervenida exitosamente.
Tres años después, en 2012, fue operada de un coágulo de sangre en la cabeza debido a una caída. Los médicos descartaron cualquier tipo de daño neurológico y garantizaron su plena recuperación. Poco después, Clinton renunció al cargo, aunque meses atrás había anticipado que no optaría a un segundo periodo.
En julio de 2015, durante el proceso de elecciones primarias, su médico personal difundió una carta en la que aseguraba que la salud de la exsenadora por Nueva York era excelente y que estaba capacitada para ocupar el principal cargo de la Casa Blanca. El parte médico también reveló que padecía de hipertiroidismo y alergias de temporada al polen.
Al final, la exprimera dama reanudó sus actividades de campaña el jueves 15 de septiembre con un mitin en Carolina del Norte, luego de que su médico, Lisa Bardack, aseguró que la aspirante demócrata se encuentra “sana y en forma para ser la presidenta de Estados Unidos”, aunque las encuestas no lo digan así.
Hillary Clinton ha perdido ventaja en la carrera por llegar a la Oficina Oval. La más reciente encuesta publicada por The New York Times en conjunto con la CBS News, el pasado 15 de septiembre, daba a la demócrata el apoyo del 46 por ciento de los probables votantes a escala nacional, frente a 44 de Donald Trump.
La exsecretaria de Estado pasó de tener ocho puntos de ventaja desde los primeros días de agosto, a solo dos en el momento en que se realizó ese sondeo, del 9 al 13 de septiembre.
LA SALUD DE LOS PRESIDENCIABLES
Las especulaciones sobre la salud de los candidatos presidenciales no es algo nuevo en Estados Unidos.
Durante su campaña a la reelección, el presidente Franklin D. Roosevelt estuvo bajo la lupa a raíz de comentarios que aseguraban que estaba enfermo. Su equipo logró contener los rumores, pero un año después el mandatario falleció a causa de un paro cardiaco.
Ronald Reagan, Bob Dole y el senador John McCain también han enfrentado cuestionamientos sobre su salud tras ser nominados como candidatos del Partido Republicano. Incluso McCain se vio obligado a mostrar a los medios más de mil páginas de sus registros médicos para acallar las versiones sobre un supuesto cáncer.
Sin embargo, en la historia reciente de Estados Unidos se ha registrado solamente un caso de dimisión durante una campaña presidencial: el senador Thomas Eagleton, candidato a la vicepresidencia con George McGovern en 1972, abandonó la nominación después de que se revelara que sufría una depresión.
Hay otros que abiertamente han padecido enfermedades o discapacidades sin que ello haya afectado su desempeño. Por ejemplo, por las secuelas de la polio, Theodore Roosevelt usaba silla de ruedas; mientras que John F. Kennedy tuvo la enfermedad de Addison (que provoca languidez y debilidad general, irritabilidad gástrica y un cambio peculiar de la coloración de la piel), por lo que tenía que ingerir un coctel diario de medicinas y analgésicos.
También han existido casos en América Latina. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, tuvo cáncer de próstata, igual que René Preval, de Haití. La depuesta mandataria brasileña Dilma Rousseff tuvo cáncer linfático en 2009, y también diabetes; mientras que su antecesor, Luiz Inacio Lula da Silva, presentó cáncer de laringe. La argentina Cristina Fernández de Kirchner tuvo cáncer de tiroides. Y Hugo Chávez murió precisamente de cáncer.
LOS PRESIDENTES MEXICANOS TAMBIÉN SE ENFERMAN
A los presidentes mexicanos no se les concede el “privilegio” de enfermarse.
La información sobre su salud siempre se ha mantenido bajo estricta reserva. Son pocas las referencias sobre sus malestares. Al paso de los años, incluso luego de sus mandatos, se han conocido. Adolfo López Mateos, por ejemplo, tenía migraña producto de un problema neurológico que lo llevó a la muerte en 1969.
A Gustavo Díaz Ordaz se le intervino por desprendimiento de retina; Luis Echeverría padeció malestares renales, y José López Portillo tuvo sinusitis.
Sin embargo, con la alternancia también hubo mayor transparencia. Vicente Fox se operó de una hernia discal en 2003 y hasta se hizo pública una foto cuando recibía rehabilitación en la alberca de Los Pinos; sin embargo, y ante los rumores, nunca se pudo comprobar que tomara antidepresivos como Prozac.
Felipe Calderón tuvo un accidente en bicicleta en agosto de 2008, dos días antes de su informe, por lo que se vio en la necesidad de usar cabestrillo y de ser operado del hombro; y tuvo una segunda intervención por el daño que se produjo en una rodilla al jugar una “cascarita” en Los Pinos.
A Enrique Peña Nieto le quitaron un nódulo de la tiroides en 2013 y fue sometido a otra intervención en 2015 para removerle la vesícula biliar.
De acuerdo con la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública, el estado de salud y los expedientes médicos de los gobernantes son datos personales que no pueden ser divulgados, a menos de que así lo autoricen.
Sin embargo, estimo que la ciudadanía tiene derecho a conocer si los candidatos y mandatarios padecen alguna enfermedad, por tratarse de un tema de interés público. Ya que de la salud de los gobernantes depende la salud de la república.