El tiempo vuela, y también,
desgraciadamente, los terroristas. El domingo fue el 15º aniversario del 11/9,
el día cuando 19 jóvenes armados con cúteres tomaron el control de cuatro
aviones comerciales atestados, chocando dos de ellos en las torres gemelas del
World Trade Center y un tercero en el Pentágono. Un cuarto avión nunca llegó a
su destino, ya que los pasajeros alertados tomaron el asunto en sus propias
manos, subyugando a los terroristas y obligando a que el avión se estrellara en
campo abierto en Pensilvania.
El 11 de septiembre de 2011 fue
único en el sentido de su escala; en otros aspectos, no lo fue. El terrorismo
se ha vuelto un lugar común. En la última década, ha habido, en promedio, más
de 10,000 ataques terroristas por año, provocando un promedio de más de 15,000
muertes por año. La mayoría de estos han sido en el Gran Medio Oriente, tanto
la fuente más grande como el sitio más común del terrorismo.
Relativamente poco de este
terrorismo ha involucrado a estadounidenses. En esta misma década, ha habido
menos de 15 ataques terroristas al año en Estados Unidos. Un promedio de cinco
estadounidenses por año han muerto en territorio estadounidense y
aproximadamente 20 por año han perdido sus vidas alrededor del mundo.
En parte, esta es la razón por
la cual el vicepresidente Joe Biden recientemente argumentó que es importante
no perder la perspectiva. “El terrorismo puede provocar problemas reales. Puede
minar la confianza. Puede matar cantidades relativamente grandes de personas.
Pero el terrorismo no es una amenaza existencial”.
Biden entonces enumeró algunas
de las amenazas que él consideraba existenciales, incluidas Rusia, China, Corea
del Norte, Pakistán, y el peligro de las “armas nucleares sueltas”, o sea armas
nucleares que de una u otra manera llegan a manos de terroristas.
Como a menudo es el caso con el
vicepresidente, lo que él dijo arqueó algunas cejas, posiblemente porque él
pareció restarle importancia a la amenaza del terrorismo. Ciertamente estaba
desfasado con el pensar de muchos estadounidenses, quienes en una encuesta
nacional efectuada en agosto ubicaron al terrorismo sólo debajo de la economía
y por encima de la atención médica entre los problemas que más les importaban.
Sin embargo, las estadísticas
apoyan a Biden, por lo menos hasta ahora. Lo que apuntala su postura es que
Estados Unidos tiene muchas de las herramientas necesarias para limitar el
impacto del terrorismo tradicional, incluidas la capacidad de atacar terroristas
con toda una gama de armas, desde drones hasta fuerzas de operaciones
especiales, compartir inteligencia para que los ataques sean menos posibles,
disuadir o evitar que individuos se unan a organizaciones conocidas, cortar
recursos financieros, endurecer los blancos potenciales, y robustecer las
capacidades de seguridad interna tanto de países amigos como las propias, algo
que, entre otras cosas, requiere un alto grado de colaboración y compartir
información entre organizaciones y agencias dentro y entre gobiernos.
No obstante, esta situación
podría cambiar rápidamente de una o dos maneras. Una fue sugerida por el
mismísimo Biden: en esencia, si los terroristas logran resguardar un arma
nuclear o una cantidad significativa de material nuclear que, si se combina con
un explosivo tradicional, podría crear una “bomba sucia” que suscitaría un
pánico masivo y haría inhabitable un área limitada. Tal “gran terrorismo” ha
sido la pesadilla por décadas de muchos estrategas.
Un segundo escenario
difícilmente podría ser más diferente. En vez de grande, podría describírselo
como cotidiano e incluso mundano. Sería el terrorismo de las acciones al
menudeo que pueden ser llevadas a cabo por individuos o grupos pequeños, y eso
podría pasar en cualquier parte y en cualquier momento. Toda plaza comercial,
toda sala de cine, toda esquina de calle o estación de metro podría convertirse
en un lugar. Las armas podrían ir desde pistolas y cuchillos hasta autos y
camiones manejados contra multitudes, como fue el caso reciente en Niza. La
verdadera amenaza en este caso no sería a nuestra existencia física, sino a
nuestra forma de vivir. Esto también podría considerarse existencial.
No es posible erradicar o
prevenir todo el terrorismo, ya que siempre habrá individuos con motivos y
medios para llevarlo a cabo. Sin embargo, lo que es posible es limitar lo que
los terroristas pueden lograr. Esto pide hacer todo lo que se pueda para
reducir las posibilidades y probabilidades del terrorismo existencial.
Ya sé, esto es más fácil de
decir que de hacer. Detener el gran terrorismo requiere una cooperación
estrecha con otros gobiernos que poseen armas y materiales nucleares. Los
mayores problemas posiblemente sean Pakistán, encabezado por un gobierno débil
que alberga a muchos de los terroristas más peligrosos del mundo y que también
resulta que tiene el arsenal nuclear de más rápido crecimiento en el mundo, así
como Corea del Norte e Irán. En el caso de Pakistán, este peligro pide el
presionar por un tope a más crecimiento nuclear, ayudar al gobierno a mantener
el control de las armas que tiene, y preparar planes militares para lo que se
tenga que hacer si pareciera que estuviera a punto de perderse el control sobre
las armas nucleares. Para Corea del Norte, se necesita hacerle entender al
régimen los costos enormes que acumularía si transfiriera armas o materiales
nucleares a otra entidad. Para Irán, la meta de la política debe ser el
excluirlo de adquirir armas nucleares. Prevenir el gran terrorismo también pide
el darle un mayor énfasis a asegurar el material nuclear en EE UU, incluido el
que se usa ampliamente en hospitales.
Es todavía más difícil lidiar
con el terrorismo mundano, por su naturaleza. A menudo es nativo, inspirado más
que dirigido, lo cual significa que hay un límite a la posibilidad de que la
inteligencia y las autoridades estén en posición de detectarlo y prevenirlo. Lo
que ayudaría aquí es una profunda integración social de poblaciones
minoritarias como los árabes y musulmanes estadounidenses y construir lazos
amplios con líderes comunitarios para que intervengan en las vidas de jóvenes
atribulados y cooperen con las autoridades. La meta debe ser deslegitimar tal
comportamiento y estar en posición de aprender de ello y prevenirlo si se lo planea.
No hay más opción que lidiar
con los tres tipos de terror: tradicional, grande y mundano. También
necesitamos ser realistas. El terrorismo sucederá en ocasiones a pesar de
nuestros mejores esfuerzos. Esto pide resistencia aparte de todo lo demás. Esto
puede requerir el comprometer algo de privacidad de los individuos con el fin
de promover la seguridad colectiva, pero este es un precio que vale la pena
pagar, ya que la amenaza a la democracia rápidamente se haría mucho mayor si el
terrorismo existencial se convirtiera en realidad.
Richard
Haass es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores y autor de “A World in
Disarray”, próximo a publicarse en enero.
Este artículo apareció originalmente en The Boston Globe.
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Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek