Aves como arma mortal

La noche del 7 de enero de 2014, un helicóptero de
combate HH-60 Pave Hawk, de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, sobrevolaba la
costa norte de Inglaterra en una misión de rutina. En su interior viajaban
cuatro jóvenes: el piloto Christopher Stover, de 28 años; el copiloto Sean
Ruane, de 31; la artillera Afton Marie Ponce, de 28 años; y el técnico Dale
Mathews, de 38; todos con enorme experiencia en las guerras de Irak y
Afganistán.

De repente, tres gansos, de unos cinco kilos cada uno,
rompieron el parabrisas del helicóptero, que iba a 200 kilómetros por hora. Los
golpes dejaron inconscientes a Stover, Ruane y Ponce. Un cuarto ganso se
atravesó por ahí y pegó de frente en el aparato, como vil proyectil. Pocos
segundos después, la nave se estrelló cerca de la aldea inglesa de Cley next
the Sea. El suceso en cifras: cuatro gansos matan a cuatro personas con pérdidas
de 40 millones de dólares.

William Grannis, biólogo de la Fuerza Aérea de Estados
Unidos, dice que ya van 23 aeronaves perdidas en colisiones con aves y 37
muertos, en tres décadas. Menciona un atolón en medio del Pacífico; el tema en
común son los pájaros y los percances.

Grannis acaba de regresar del atolón Wake, destruido
durante la Segunda Guerra Mundial, a 3,700 kilómetros al oeste de la capital
hawaiana, que hoy opera bajo la jurisdicción de la Fuerza Aérea de EU. Se
trata de un sitio protegido, parte del Monumento nacional marino de las islas
remotas del Pacífico, y un paraíso para la cría de cientos de miles de aves
marinas. Lo malo, es que también es un aeropuerto militar, utilizado para
aterrizajes de emergencia y recarga de combustible.

El biólogo y su equipo tienen una tarea
muy particular; consiste en expulsar a cientos de aves del aeropuerto, sin que
abandonen del todo la zona. Muchas de las especies están protegidas.

El reto es que se vayan del aeropuerto, pero se queden
en el atolón, que está conformado por tres islas pegadas que forman una U, de
4.4 kilómetros cuadrados, sobre un volcán submarino. Wake, la isla mayor,
alberga el aeropuerto, con una pista de tres mil metros: “Intentamos que las
aves se vayan a otra isla, Peale, porque hay muchas vidas y dinero en juego”,
resume Grannis. Suena absurdo, pero así es.

Los operarios de la Fuerza Aérea han acondicionado la
isla Peale para facilitar el asentamiento de las aves. En el atolón hay 175 mil
nidos activos de charrán sombrío, y el equipo de Grannis intenta atraerlos a
Peale con bocinazos de camión que se escuchan en la otra punta del atolón.

En Wake también viven persona, menos de un centenar,
sobre todo tailandeses que trabajan para el aeropuerto, unos 20 contratistas
estadounidenses y la señora Raleigh con sus dos gatas. Ah, y las espantadas
aves que no saben a dónde volar, pero muy protegidas, eso sí.