Los estudios estadísticos en los
últimos años no han sido concluyentes en lo que se refiere a la cantidad de
niñas y mujeres que padecen síndrome de Asperger, patología variante del
autismo. Una investigación de 1993 en Suecia encontró una proporción de niño a
niña de 4 a 1. Otros ponen la relación de 16 a 1. Un trabajo más reciente, realizado por la Sociedad
Nacional de Autismo de Reino Unido en 2015, indica que la proporción puede ser
de 3 a 1, siempre a favor de los niños.
Los datos cuentan una cosa y la
realidad apunta hacia otro lado: hay una creciente evidencia de que más niñas y mujeres sufren autismo, más de lo
que se pensaba originalmente. Es decir, el síndrome está siendo infradiagnosticado.
Los expertos piensan que se debe a que las chicas son mejores para enmascarar
los síntomas, disimularlos; son más diestras en emular las reglas sociales
aunque por dentro no las estén entendiendo.
La definición que presentó
en su momento Hans Asperguer, psiquiatra austríaco, decía: “Una falta de
empatía, poca capacidad de formar amistades, conversaciones unilaterales, la
absorción intensa en un interés especial y movimientos torpes”. Y se refería a
hombres, al género masculino. Más adelante Asperger toma en cuenta a las
mujeres en la patología, sin que la realidad se altere de manera sustancial:
continuó siendo una condición predominantemente asociada a niños y hombre. Con
el tiempo se le incluyó bajo la categoría de “trastornos del espectro autista”.
Emily, de 29 años, trabaja para la Sociedad Nacional
de Autismo en Londres. “Cuando me conoces, no parezco autista a primera vista; vengo a trabajar y lo hago bien todo el día,
luego me voy a casa y me meto en un cuarto oscuro en silencio”. Le toma
cuatro largas horas reiniciarse, es decir, un lapso de silencio antes de poder
volver a comunicarse. En varias ocasiones la ansiedad de hacerle frente a la vida
diaria, la normal con trabajo y gente, la ha llevado a registrar colapsos.
Cuenta Emily que el diagnóstico en su caso fue erróneo
por una temporada: creían que se trataba de bipolaridad o del trastorno de
límite de la personalidad. Y le recetaban tratamientos que ella piensa les
hicieron más mal, la empeoraron. Hasta que por fin el año pasado su vida
cambió: “Fue un punto de inflexión instantáneo; ahora soy una persona
radicalmente diferente”. Y todo porque supo que lo que padece es el síndrome de
Asperger. “Entiendo quién soy y cómo es diferente mi manera de relacionarme con
el mundo, así que puedo hacer de ese distintivo algo exitoso”.
El psiquiatra escocés Iain McClure dice que evidencias
de las diferencias en la manera en la que el autismo se presenta en hombres y
mujeres. “Una adolescente con autismo, por ejemplo, puede estar integrada en un
grupo; trata de encajar y compartir el mismo tipo de interés que sus
compañeros, pero tal vez de una manera más extraña o inusual”. Y agrega que ya
mirando de cerca, con mayor atención, se aprecia cómo el problema está
camuflado, “pero sutilmente presente”.
McClure está convencido de que hay muchas mujeres y
niñas desarrollan problemas de salud mental, ansiedad, depresión, trastornos de
la alimentación, debido a que su problema real no ha sido detectado. “Veo y veo
pacientes que son autistas sin saberlo, y lo que les sucede es que desarrollan una especie de agotamiento”.
Concluye
que es muy importante tratar de reconocer estas dificultades tan pronto como
sea posible. “El conocimiento es poder:
si uno entiende un problema puede hacer algo al respecto”.