¿Una prueba sanguínea para la esquizofrenia?

EL TUMOR CEREBRAL aparece como una mancha deforme en el escaneo, de color blanco brillante entre el tejido gris circundante. Aunque el diagnóstico es contundente y devastador, los médicos pueden iniciar de inmediato el tratamiento para tratar de salvar el órgano más importante del cuerpo. Sin embargo, el cerebro también es vulnerable a muchos otros padecimientos, mucho menos visibles.

Tomemos el caso de Allie Orlando, coordinadora de servicios sociales de 23 años que ha recibido infinidad de diagnósticos desde que viera por primera vez a un psicólogo, a los 14 años. Primero, fue el trastorno de ansiedad generalizada. Luego le dijeron que era depresión. Después, a los 17, quedó resuelto: sufría de trastorno límite de la personalidad. Pero cuando Orlando salió de su estado para ir a la universidad, comenzó a consultar con un psicólogo nuevo que difirió completamente con el diagnóstico de trastorno límite. Y mientras tanto ella seguía luchando. El primer año en la universidad fue internada por ideaciones suicidas, y los médicos del hospital llegaron a una conclusión: trastorno límite no era el diagnóstico correcto, y tal vez debía suspender los medicamentos que le recetaron.

“Me sentía muy frustrada porque el estigma del trastorno límite es muy fuerte”, dice Orlando. Fue muy sincera con su diagnóstico en el bachillerato. Recuerda que su novio de aquel tiempo investigó el tema en Google y exclamó: “¡Ay, Dios, no!”. A partir de entonces no volvió a hablar de su diagnóstico. “Estoy segura de que también influyó en las medicinas que me recetaban. Pasaron años para que encontraran la ‘fórmula’ correcta de medicamentos”. Si bien sus doctores han recomendado ciertos fármacos que le ayudan, todo ha sido cuestión de prueba y error, pues Orlando todavía no tiene un diagnóstico concreto.

El problema es que el diagnóstico en salud mental ha permanecido casi sin cambios en cien años, basándose solo en síntomas y entrevistas clínicas. Los trastornos mentales carecen de lo que está presente en casi todos los otros diagnósticos médicos: marcadores biológicos. Puedes ver un tumor en un escaneo, identificar bacterias en un cultivo faríngeo, captar una fractura en una radiografía. Todos estos son signos claros de que hay un problema. En cambio, los trastornos de salud mental son difíciles de diagnosticar incluso para los psiquiatras mejor capacitados y mejor intencionados. “El diagnóstico consiste en hacer montones y montones de preguntas sobre las experiencias [de los pacientes], y analizar sus respuestas con base en lo que dicen y cómo lo dicen”, explica el Dr. Michael Dulchin, profesor asistente de psiquiatría en el Centro Médico de la Universidad de Nueva York. Y la incertidumbre puede conducir a errores diagnósticos peligrosos.

Sin confirmación diagnóstica, los pacientes con enfermedades mentales a menudo son percibidos como individuos que tienen algo menos “real” que otros padecimientos. Pero ahora, numerosos investigadores creen que el secreto de las enfermedades mentales no se encuentra, necesariamente, en el cerebro, sino que los biomarcadores están dispersos por todo el cuerpo.

La Dra. Sabine Bahn, profesora de neurotecnología en la Universidad de Cambridge, encabeza un equipo que investiga esta premisa. Como candidata del doctorado, estudió cerebros cadavéricos de pacientes psiquiátricos y se sorprendió al encontrar diferencias en los procesos de regulación de la glucosa, y en ciertos aspectos de la producción celular en encéfalos de pacientes con esquizofrenia.

Luego, el equipo de Bahn analizó el líquido cefalorraquídeo de pacientes en estadio temprano de esquizofrenia que aún no tomaban medicamentos, y volvió a detectar alteraciones en la regulación de la glucosa. Bahn dice que fue una revelación que podría identificar esos cambios en la sangre de los pacientes en etapas tan tempranas de la enfermedad, porque ¿qué pasaría si pudieran desarrollar una prueba hematológica para la esquizofrenia? Dado el método diagnóstico actual, basado en entrevistas, los síntomas esquizofrénicos sutiles suelen pasarse por alto hasta que es muy tarde, y eso demora el tratamiento.

Apoyada en su investigación previa, Bahn y su equipo detallaron un panel de biomarcadores sanguíneos en individuos con mayor riesgo de esquizofrenia, pero que aún no manifestaban síntomas visibles. Bahn asegura que la prueba puede predecir, con exactitud, si el individuo “desarrollará esquizofrenia en los próximos dos años”.

El hallazgo de Bahn es uno de varios logros recientes. Por ejemplo, hace poco, un grupo de investigadores trabajó de manera retrógrada para resolver la superposición entre depresión y trastorno bipolar (muchos pacientes son bipolares desde el principio, pero son diagnosticados, erróneamente, con depresión). El equipo tomó muestras de orina de pacientes diagnosticados con uno de los dos trastornos y buscó las diferencias. Los resultados, publicados en Journal of Proteome Research, mostraron 20 metabolitos distintos diferenciados en dos grupos. Otro grupo de científicos identificó las diferencias en las bacterias faríngeas de pacientes esquizofrénicos y la población sana. Investigaciones previas habían sugerido nexos tentativos entre los trastornos inmunológicos (los cuales son parcialmente influidos por los microbios del organismo) y la esquizofrenia; y el nuevo estudio, publicado en PeerJ, apoyó la posibilidad de que las diferencias en bacterias bucales puedan asociarse con el trastorno.

A pesar de lo emocionante de los hallazgos preliminares, todavía no hay pruebas biológicas utilizadas ampliamente para diagnosticar enfermedades mentales. “El problema de la esquizofrenia es que, aunque la padece el uno por ciento de la población, la cantidad anual de pacientes nuevos es muy baja, de apenas 0.02 por ciento”, informa Bahn. “Como el costo de desarrollar una prueba es muy alto, existe el riesgo de que la prueba no sea viable comercialmente”. Y aunque se desarrollara una prueba y llegara al mercado, tal vez no pueda integrarse exitosamente en la práctica psiquiátrica en el caso de enfermedades mentales graves, como la esquizofrenia. La razón, según Dulchin, es que si llega un paciente con síntomas de esquizofrenia, el médico le dará tratamiento porque sabe que puede aliviarlos con fármacos, sin necesidad de esperar el resultado de una prueba diagnóstica.

Con todo, esas pruebas podrían practicarse cuando un paciente busque tratamiento para otros padecimientos. “Los trastornos psiquiátricos suelen acompañar otras enfermedades, como diabetes y algunos padecimientos autoinmunes”, dice Bahn. Si hubiera una prueba sanguínea para depresión, podría formar parte de un panel estándar y, de esa manera, ayudar al diagnóstico temprano y, a su vez, al tratamiento temprano en toda la población.

Quienes ya viven con un trastorno también podrían beneficiarse. “Creo que si se incluyera este aspecto biológico, la gente entendería que estigmatizar a alguien porque sufre de depresión es tan ridículo como estigmatizar a alguien porque tiene diabetes”, dice Orlando. “Muchas veces la gente necesita hechos concretos, tangibles. Lo que les asusta de la enfermedad mental, y lo que causa la estigmatización, es que no la entienden”.