Así de pequeña, la sirenita compite con los
grandes; ella, sencilla y modesta, es emblemática para Copenhague, de la misma
manera que la Torre Eiffel lo es para París, o la Estatua de la Libertad para
Nueva York. En la lista de monumentos o edificios que representan a las
ciudades importantes del mundo, aparecen palacios, catedrales, puentes, torres,
edificios, y la sirenita, que tranquila, sentada en la roca, recibe a los
visitantes desde 1913, un 23 de agosto, día en que se estrenó como referente de
la localidad.
La sencillez viene desde la intención: Hans Christian Andersen es uno de
los escritores más queridos de aquellos lares –y del mundo entero– por la
profusión de cuentos que escribió para niños. Los habitantes de la ciudad se
mostraban tan agradecidos de tenerlo entre sus vecinos, que uno de los más
acaudalados, Carl Jacobsen, financió la escultura. Todos contentos.
Se eligió de entre todos los personajes fantásticos de Andersen a La
sirenita, una historia que se basa en las tradiciones locales, en la que se narra
cómo la hija de Tritón renuncia a su condición de criatura marina, y hasta su
vida, por el amor de un príncipe. En los años 90 Disney hizo la adaptación en
dibujos animados.
A la sirenita de Copenhague la visitan miles de turistas cada día y es
de las figuras más fotografiadas, y a lo largo de muchos años. Es una estatua
de bronce que mide algo más de un metro de altura, colocada sobre una roca de
hormigón en la bahía del puerto de la ciudad, con una mirada cargada de
melancolía, dirigida al Báltico.
Quien la creó, el escultor Edvard Eriksen, pretendía tomar como modelo a
la famosa bailarina del Teatro Real Danés, Ellen Price. La bailarina se negó
categórica a posar desnuda. Eriksen se vio obligado entonces a pedirle a su
esposa, quien quedó de esta manera inmortalizada, pero sólo el cuerpo: el
rostro sí le corresponde a Price.
Hay decenas de copias o ‘hermanas’ de la sirenita de Copenhague en todo
el mundo; una en Varsovia, por ejemplo. También ha viajado, fue a Shanghái a la
Exposición Universal de 2010. Pero sólo esa vez la sirenita original abandonó
su mar eterno.
En 2012, después de casi un siglo de soledad le llegó un compañero, se
llama Han –que en danés quiere decir ‘él’–, y vive a pocos kilómetros de distancia,
en Elsinore. El contraste entre una y otro es interesante: mientras la sirenita
luce el típico color del bronce, a Han lo fabricaron con una aleación de varios
metales, que hace que la superficie sea un espejo, y el tipo hasta parpadea de
tiempo en tiempo. La sirenita está encantada.

Foto: AFP