Pudo ocurrir en cualquier parte del mundo. Con gafas de
sol y tenis fluorescentes, un pequeño grupo de hombres y mujeres bailando en un
tejado al ritmo de “Happy”, el éxito de Pharrell Williams. Filmaron la fiesta y
subieron el video a YouTube, donde recibió más de un millón de visitas. Sin
embargo, lo que hace única —y peligrosa— esta escenita, es que ocurrió en
Teherán, la capital de la República Islámica de Irán, un país gobernado por una
interpretación estricta de la ley religiosa.
En la primavera de 2014, poco después de publicado el
video, las autoridades iraníes pusieron tras las rejas a los parranderos,
rápidamente. Los obligaron a hacer un acto de contrición en la televisión
estatal, amenazándolos con 91 latigazos y seis meses de prisión. Luego, las
autoridades soltaron a los bailarines con la advertencia de que, la próxima
vez, no serían igual de indulgentes. “Esto es más que lamentable”, dijo
Williams a la prensa. “Que hayan arrestado a estos chicos por tratar de
diseminar felicidad”.
Ahora, a unos
seis meses de que Estados Unidos levantó las sanciones económicas, los jóvenes
iraníes están eufóricos por unirse al resto del mundo. Aunque muchos siguen
frustrados por la falta empleos, y resentidos por las leyes que prohíben que
criticar públicamente al gobierno, fumar mariguana o hasta ingerir alcohol. A
pesar de estas reglas estrictas –o tal vez debido a ellas-, la música
underground está floreciendo, sobre todo el hip-hop.
Conocida como Rap-i-Farsi o música 021 (por el código
telefónico de la ciudad de Teherán), el hip-hop iraní surgió del mismo
aislamiento y la misma desesperación de su precursor estadounidense. Pero, desde
hace mucho, los raperos iraníes han escupido desde las sombras, vendiendo su
música de forma clandestina y organizando conciertos secretos. “No tenemos
clubes”, informa Mahdyar Aghajani, de 27 años, un productor hip-hop conocido
entre sus admiradores por su nombre de pila. “Pero si vas a una fiesta, estarán
tocando rap”.
Hace seis años, Hossein Sajedinia, jefe de la policía de
Teherán, consideró que la música 021 era “moralmente aberrante” y detuvo a
decenas de jóvenes raperos. Eso hizo que muchos de los MC (raperos) iraníes más
populares abandonaran el país. En ese momento, las autoridades aún estaban
lidiando con las consecuencias del Movimiento Verde, las manifestaciones
masivas contra el entonces presidente Mahmoud Ahmadinejad. Mas conforme se desvanecía
el espectro de las nuevas protestas, lo mismo ocurría con la represión hip-hop
de los mulás. Hoy, pese a las leyes que prohíben el rap, los artistas exiliados
intentan cambiar su país desde lejos compartiendo ritmos y rimas a través de
Skype, al tiempo que presentan el Rap-i-Farsi a públicos nuevos fuera de Irán.
“Empezamos como una comunidad pequeña de raperos”, dice Mahdyar, uno de los
protagonistas de la aclamada película de 2010, No One Knows About Persian Cats,
la cual explora la música underground en Teherán. “Hoy hay miles rapeando. Es
lo más popular entre los iraníes jóvenes”.
La historia de Mahdyar es típica de muchos raperos de
clase media de Teherán. Nacido después de la Revolución Islámica, creció
mirando la televisión occidental con la antena parabólica ilegal de sus padres,
y su video musical favorito es: Another Brick in the Wall, de Pink Floyd. “Mis
padres siempre estaban trabajando, así que me pusieron en la guardería cuando
tenía tres años”, dice. “La profesora nos dijo que íbamos a tocar un
instrumento. Yo elegí una guitarra eléctrica, como Pink Floyd. Ella me dio un
violín”.
Estudió las obras de Bach, Beethoven y Mozart, y tocó en
la orquesta infantil. Pero a los 11 años, empezó a incursionar en el grafiti
como un medio de rebelarse contra las reglas estrictas del país. Dos años
después, un encuentro fortuito con algunos de los artistas hip-hop más pujantes
de Teherán lo llevó a experimentar con ritmos. Bajo su tutela, el movimiento
Rap-i-Farsi pronto se expandió, con artistas como Hichkas, Yas, Irfan y Salome
MC, una de las primeras raperas del país. Hoy día, los iraníes lo comparan con
RZA, el legendario productor y líder de facto de Wu-Tang Clan.
En aquellos primeros días, el rap iraní era subversivo,
aunque de calidad inferior. “Fui al estudio con los primeros chicos, y eran
terribles”, dice Mahdyar. “Ritmos mainstream horribles. Nada originales. Sus
composiciones instrumentales imitaban el rap estadounidense, como Tupac o Big
Pun. O descargaban material de Internet. Era muy malo”.
Mahdyar hizo que dejaran de imitar el rap estadounidense
para desarrollar un estilo “más medio oriental, flexible”. A partir del pop
tradicional iraní, la música persa antigua, la poesía farsi, la mística
islámica y su conocimiento de las cuerdas clásicas, creó algo excitante y
singularmente persa. “Con mucha letra. Gran parte del mensaje se refiere a la
brecha entre ricos y pobres; cosas que la gente no puede abordar directamente
con el gobierno”, explica Mahdyar. “De esa manera, el rap se convierte en el vehículo”.
Solo hay que preguntar a Hichkas (“nadie”, en persa),
también conocido como Soroush Lashkary, de 30 años, otro rapero de clase media
y quizás el MC farsi más popular. Hace unos 10 años, contactó con Mahdyar
después de leer su blog. Muy pronto se hicieron amigos y comenzaron a trabajar
en “The Asphalt Jungle”, un LP que lanzaron en 2006. Lóbrego y provocativo,
para los estándares iraníes, el álbum trata de política, cultura callejera,
racismo, sexismo y represión. Pero no incluye palabrotas ni glorifica el
dinero, las drogas o el sexo, como suele hacer el hip-hop estadounidense. El
dúo produjo 2,000 copias de “The Asphalt Jungle”, las cuales se agotaron en dos
días.
El álbum reflejaba la angustia de crecer en la Irán
revolucionaria, y sacó a la luz la represión y el temor del desempleo. Pero al
hacerlo, llamó la atención de las autoridades. En 2006, Hichkas fue detenido
con cargos de “rapear”. Pasó una semana tras las rejas y la policía confiscó su
pasaporte, el cual no recuperó en cuatro años. “Un día podían arrestarte y al
otro día, tal vez no”, comenta Mahdyar. “El gobierno se puso a cerrar todos los
estudios públicos donde estábamos grabando. Se enfocaron en Hichkas, y en su
enorme influencia en la escena underground y en la generación joven. Querían
impedir que trabajara”.
La presión del gobierno llegó a ser tan intensa que
Mahdyar y Hichkas huyeron, en 2009 y 2010, respectivamente. Hichkas se
encuentra en Londres, actualmente, donde estudia la carrera de contaduría.
Mahdyar vive en París y trabaja como compositor para el cine y la televisión.
Todavía componen música, pero vivir en el extranjero les dificulta circular su
trabajo. “Evitar la censura es como jugar al gato y el ratón”, explica Mahdyar.
“Pero los jóvenes siempre van un paso por delante. Cuando el gobierno bloquea
algo, ya tienen una nueva app”.
Como muchos raperos iraníes, tanto en el país como
exiliados, ninguno se ha enriquecido con el hip-hop. “La parte comercial de la
música es un poco complicada”, dice Mahdyar. “Hago rap por amor”. Casi todos
sus admiradores viven en Irán y no tienen tarjetas de crédito internacionales,
un legado de las sanciones. Por ello, los artistas tienen problemas para vender
en iTunes o cobrar regalías en Spotify. Y ya que el rap es ilegal en Irán,
cualquier dinero que obtengan tiene que canalizarse de manera creativa para
manipular al sistema bancario del país, lo que a veces implica utilizar
organizaciones benéficas o cuentas bancarias aleatorias como fachadas. Sin
embargo, la mayoría de los aficionados a 021 no pagan por el rap que escuchan.
“Comenzó como música underground gratuita, y se acostumbraron a eso”, explica
Mahdyar. “Siempre subimos nuestras canciones a SoundCloud, YouTube,
Telegram, etcétera, para streaming gratuito”.
Desde su apartamento en París, Mahdyar se está expandiendo
y trabajando con otros seis raperos, algunos en Irán. Hace poco, uno de sus
nuevos protegidos, Quf, hizo una canción llamada “Marjan”, argot de mariguana
(incluso hablar de la droga se considera arriesgado en el hip-hop persa).
“Algunos de estos tipos tienen una habilidad natural y solo necesitan ayuda con
los ritmos complicados o complejos”, dice. “Otros necesitan orientación con la
letra”.
Tanto Mahdyar como Hichkas han tenido cierto éxito en
Europa, encabezando el cartel en espectáculos para más de 10,000 personas. Pero
estar alejados de 021 ha cambiado su música, volviéndola más global y menos
centrada en lo que ocurre en Irán. “Aunque aún hablamos de la injusticia”,
asegura Hichkas. “La injusticia en cualquier tema: sexismo, racismo,
homofobia”. Hasta ahora, Hichkas se ha resistido a rapear en inglés, a pesar de
que habla el idioma con fluidez. “Sería ridículo”, ríe Mahdyar. “El farsi es lo
que funciona mejor para él”.
A los dos les encantaría volver a casa. Pero de hacerlo,
podrían terminar como los juerguistas de aquella noche de primavera en Teherán:
detenidos por no hacer otra cosa que cantar y bailar una canción popular
occidental. “No he estado en casa en seis años”, dice Mahdyar. “Pero al menos,
puedo dormir por la noche y hacer música, sin temor de que alguien derribe mi
puerta.”
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in
cooperation with Newsweek