La primera presidenta de Estados Unidos enfrenta su primer
conflicto internacional importante: al buscar consolidar a las naciones eslavas
de Europa Oriental, Rusia se ha apoderado de los tres estados bálticos
—Letonia, Lituania y Estonia—, todos miembros de la OTAN. Ello requiere de una
respuesta más allá de un mero tuit cáustico o un comunicado de prensa finamente
redactado. Por primera vez desde la crisis de los misiles en Cuba, se habla con
seriedad de una guerra nuclear.
Esta es la base de 2017 War With Russia, el perturbador
libro nuevo del general Sir Richard Shirreff, quien se retiró en 2014 como vice
comandante supremo de Europa para la OTAN, así como su oficial británico de más
alto rango. Aun cuando 2017 es técnicamente una novela, esta “historia futura”
es en realidad sólo un juego de guerra en página impresa, sus preocupaciones
son mucho más cercanas a Carl von Clausewitz y Winston Churchill que a las de
Virginia Woolf o William Wordsworth. El libro de Shirreff se subtitula “Una
advertencia urgente de un alto comando militar”, y él deja en claro en su
introducción que la intención primaria de la novela es expresar la urgencia de
contener al presidente ruso Vladimir Putin. Él compara la Madre Rusia de hoy
día con la Alemania de la década de 1930, cuando se anexó la Sudetenland en una
contravención descarada de las fronteras establecidas. La Europa harta de la
guerra lo dejó pasar, con la esperanza que ese hablar de un Reich de mil años
era sólo una fanfarronada.
“Estoy preocupado, muy preocupado, que estemos caminado
dormidos hacia algo absolutamente catastrófico”, me dice Shirreff, hablando en
una tarde de viernes desde su hogar en Hampshire, en la región bucólica en las
afueras de Londres. Graduado de Oxford y servidor en el ejército británico, con
despliegues en Oriente Medio y los Balcanes, él no es un escritor natural, por
lo que el juicio del Financial Times —que es un “desastre literario”— no es tan
hiriente como de otra manera podría serlo, ya que esa misma reseña alabó la
desalentadora visión geopolítica de Shirreff como una de “importancia vital”.
2017 es una obra descaradamente didáctica, una advertencia de la vida real con
los nombres en negrita cambiados.
La novela inicia con los rusos montando un ataque a una
escuela en Donetsk, la región escindida de Ucrania controlada por separatistas
a favor del Kremlin desde 2014. Cerca de 100 niños son asesinados, y se culpa a
las fuerzas ucranianas, dando así a los rusos el pretexto perfecto para más
agresión. Rusia usó un ardid similar —el bombardeo de varios edificios de
apartamentos en Moscú en 1999— para comenzar la primera Guerra de Chechenia.
Pero no le demos demasiado crédito a Putin: él posiblemente le aprendió la
táctica a Hitler, quien probablemente estuvo detrás del incendio del Reichstag
en 1933, lo cual les permitió a los nazis eliminar a los opositores políticos
antes de pasar a metas más grandiosas.
La operación ucraniana es sólo el comienzo. Putin —su
identidad es ligeramente velada por Shirreff, al igual que la de Hillary
Clinton, aun cuando él dice que ella no fue necesariamente su modelo para la
presidenta estadounidense— tiene sus ojos puestos en el Báltico, que Rusia
desde hace mucho ha considerado su derecho de nacimiento. El Kremlin está
fortalecido por una convicción de que Europa Occidental y Estados Unidos harán
lo que sea para evitar el uso de la fuerza. “Occidente podrá tener una gran
capacidad económica, pero sólo piensa en bienestar social”, dice un asesor del
Kremlin en 2017. “Se han olvidado de defenderse a sí mismos”.
Cuando hablé con Shirreff, él se lamentó de la facilidad
con que Rusia invadió tanto Georgia (2008) y Ucrania (2014). “Esa fue una operación
hábil, ejecutada muy profesionalmente”, dice él de la conquista de Crimea, una
que Putin bien podría tratar de repetir en el Báltico, dada cuan poca
resistencia auténtica obtuvo de Occidente hace dos años. “Rusia desprecia la
debilidad y respeta la fuerza”, me dice Shirreff. No es accidental que, cada
pocos meses, la nación se emocione con imágenes de Putin, impasible y sin
camisa, luchando con un oso o abrazando un tigre siberiano.
Hasta hace pocas semanas, la mayoría de los lectores
estadounidenses de 2017 no hubieran pensado dos veces sobre el prefacio de
James Stavridis, el ahora retirado almirante estadounidense quien sirvió como
Comandante Supremo de Europa para la OTAN. Pero en julio, los canales
mediáticos reportaron que Hillary Clinton consideraba seriamente a Stavridis
como su candidato a vicepresidente. Si él ha de tener un papel de asesor en la
presidencia de ella, su visión de Rusia sería útil. Y como se presenta aquí,
esa visión es totalmente inequívoca: “De todos los retos que EE UU enfrenta en
la escena geopolítica en la segunda década del siglo XXI, el más peligroso es
el resurgimiento de Rusia con el Presidente Putin”. Cuando Mitt Romney dijo lo
mismo durante su apuesta presidencial en 2012, se burlaron de él por atizar
miedos anacrónicos de la Guerra Fría. “La década de 1980 ahora está pidiendo
que le regresen su política exterior”, dijo el Presidente Barack Obama con
facilidad sospechosa sobre la advertencia de Romney.
Pero la década de 1980 en realidad vio el ascenso del
desarme nuclear, así como una distensión más amplia de las relaciones entre
rusos y estadounidenses. Este momento, en el que vivimos, se siente más cercano
a la década de 1960, con escudos de misiles de defensa estadounidenses
elevándose en los países del antiguo bloque soviético de Rumania y Polonia, así
como ejercicios militares que parecen preparativos para la cosa real. Irritado
por tales ejercicios en Europa Oriental realizados por la OTAN, un alto
funcionario del Kremlin habló de la cuestión tan francamente como uno de los
personajes de Shirreff: “Si la OTAN inicia una intrusión —contra una potencia
nuclear como nosotros—, será castigada”. Este tipo de fanfarronada fácilmente
habría podido venir del Kremlin de Khrushchev, mientras ambos bandos se
preparaban para su mutua destrucción asegurada.
Hablé con Shirreff pocos días después de que hackers,
quienes universalmente se cree que están asociados con el Kremlin, irrumpieron
en los servidores del Comité Nacional Demócrata, una violación que el director
nacional de inteligencia llamó “una versión de guerra” (aun cuando trató de
contener las acusaciones de que Rusia era culpable). Donald Trump abiertamente
promovió más de tales incursiones, siempre y cuando lo ayudaran en su búsqueda
de la Casa Blanca.
Cuando hablé por primera vez con Shirreff, él se negó a
comentar sobre las propuestas de Trump al Kremlin, pero a la mañana siguiente,
él había cambiado de opinión y me envió un correo electrónico que dice, en
parte: “¿Qué podría convenirle más a Putin que avergonzar a los demócratas y
así impulsar a la Casa Blanca a un candidato quien ha minado la doctrina de la
OTAN de una defensa colectiva al suscitar preguntas sobre la voluntad de EE UU
a apoyar a un aliado si lo atacan?” Él se refería a la sugerencia de Trump de que
Estados Unidos no iría en ayuda de sus aliados de la OTAN que no hubieran hecho
los gastos de defensa requeridos.
Es mucho más factible, según la mayoría de las
proyecciones, que la próxima presidenta sea Clinton, desde hace mucho una
enemiga de Putin quien ha mostrado una disposición a usar la fuerza
estadounidense en el extranjero. Shirreff cree que la guerra nuclear con Rusia
es una posibilidad: Kaliningrado, una región de Rusia con frontera con los
estados del Báltico, ahora sirve como un depósito creciente de armas tanto
convencionales como nucleares, incluidos sistemas de misiles Iskander que
tienen capacidad nuclear y un rango de 300 millas. Estos podrían ser disparados
hacia Occidente, y lo serán, si Putin ve amenazadas las fronteras de Rusia con
Europa. Por supuesto, si él invade el Báltico, semejante contraataque sería
requerido por la doctrina de “defensa colectiva” del Tratado del Atlántico
Norte, conocida como Artículo 5. “Si la OTAN entra en guerra con Rusia”, dice
Shirreff, “ello significa guerra nuclear”.
Su solución es paradójica: una muestra de fuerza y unidad
por parte de la OTAN que desalentaría cualesquiera acciones ofensivas por parte
de Rusia, de modo que la fuerza de la OTAN nunca sería puesta a prueba. En
otras palabras, asustar a Rusia para que tenga un comportamiento aceptable y
racional. Shirreff añade que Trump está “absolutamente en lo correcto” con
respecto a muchas naciones europeas fallando en cumplir sus obligaciones
financieras con la OTAN, incluso si el fallido magnate de casinos adornó sus
críticas con amenazas inapropiadas de abandonar los compromisos del tratado.
“Europa necesita reforzar sus acciones”, dice Shirreff.
Él dice que Occidente también necesita comprometerse una
vez más en un diálogo con Rusia. Ello se dificulta más por el hecho de que
Rusia siempre es susceptible a los sermoneos de Occidente, resiente lo que
percibe como condescendencia de parte de Europa y EE UU. Aun así, el silencio
imperturbable es poco probable que dé una resolución. “Comunicación” es lo que
Shirreff espera, no la guerra. “Pero deberá ser apoyada por la fuerza”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in
cooperation with Newsweek