¿La necesidad por un feminismo ha muerto? Kevin Roberts, jefe de Saatchi & Saatchi, parece pensarlo así, por lo menos en la industria de la publicidad. A él le dieron una licencia laboral por decir que el debate sobre la igualdad de género en su industria se había “terminado”. Por lo menos un alto ejecutivo no está de acuerdo. Mientras tanto, Cindy Gallop, ex presidenta de la agencia mundial de publicidad Bartle Bogle Hegarty en Nueva York, ha descrito recientemente a la publicidad como: “un circuito cerrado de hombres blancos hablando con otros hombres blancos sobre otros hombres blancos”.
Los comentarios de Roberts —que provocaron muchas críticas— son especialmente desconcertantes cuando tantísimos hombres de alto perfil se declaran a sí mismos como feministas. Cuando el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, formó un gabinete el año pasado conformado en 50 por ciento por mujeres, se le preguntó por qué había tomado esa decisión. “Porque es 2015”, respondió él. Tanto Trudeau como el presidente de EE UU, Barack Obama, se han declarado orgullosamente feministas.
Pero el sexismo y la discriminación sexista todavía suceden en todos los lugares de trabajo, todos los días, y son principalmente los hombres en puestos de liderazgo quienes hacen que suceda. Podemos ver esto en términos de representación y normas o prácticas organizativas. Las cifras, todavía, señalan muy obviamente a la necesidad de tomar acciones; he aquí sólo unas cuantas, para dejarlas asentadas. En la ciudad de Londres, 41 por ciento de los empleados son mujeres, pero sólo alrededor de 5 por ciento de los ejecutivos en jefe del índice FTSE son mujeres; sólo 26 por ciento de los miembros en la junta del FTSE 100 son mujeres (mejor que en 1999, ciertamente, cuando era 0.2 por ciento, pero todavía lejos de una igualdad.)
La brecha de género en la paga es similarmente difícil. Laura Bates, fundadora del maravilloso pero deprimente Proyecto de Sexismo Todos los Días, es especialmente clara con respecto a los hechos en esta área polémica. Los diferenciales de género en la paga empiezan con la calderilla —a las niñas y jovencitas se les paga 15 por ciento menos por hacer las mismas tareas— y se extiende a las profesiones más prestigiosas, como la arquitectura, donde a las mujeres se les paga 25 por ciento menos que a los hombres. Esto no depende de la educación, las habilidades o la experiencia: por ejemplo, a las mujeres se les paga menos por hacer el mismo trabajo que los hombres inmediatamente después de la graduación.
¿Esto incomoda a los hombres? A una cantidad creciente, al parecer. Pero si no tiene el poder o la autoridad que Trudeau u Obama tienen, ¿cómo puede abogar por el feminismo en su lugar de trabajo? He aquí cinco sugerencias. Inténtelas y vea lo que sucede; por lo menos, será más interesante que simplemente asumir la posición estándar en que muchos hombres, especialmente los hombres blancos heterosexuales de clase media, ya se encuentran.
1. Asuma su responsabilidad por el patriarcado
Todos los hombres en el trabajo se benefician de lo que la socióloga australiana Raewyn Connell ha llamado el “dividendo patriarcal”. Esto es el capital social o profesional no ganado que los hombres acumulan, en el que los colegas tienden a asumir que los hombres en cierta forma son más naturalmente aptos para ser o simplemente son mejores médicos, abogados, académicos o políticos. Este video no sucede porque sí, tiene que ser reproducido y mantenido para las generaciones futuras. Si los hombres reconocen esto y asumen su responsabilidad en ello, entonces podemos empezar a hacer cambios positivos en los lugares de trabajo.
2. Admita su feminismo
La antropóloga Marjory Wolf nos dice que alguien feminista busca entender y desarmar las jerarquías de género en la teoría y la práctica. Eso es algo que todos pueden y deberían hacer; esas jerarquías no existen por una buena razón, y el feminismo es la mejor manera que hemos hallado de desafiarlas. Hágalo personal —usted no habla en nombre de sus colegas mujeres, o su pareja femenina, o su hija—, hable de motu proprio.
3. Acéptelo
La mayoría de la gente habla de “oleadas” de feminismo: una primera oleada discutía los derechos de propiedad básicos y el derecho a votar a principios del siglo XX; una segunda oleada discutía por el acceso igual a la educación y los lugares de trabajo en la década de 1960; una tercera oleada en la década de 1980 reconoció las experiencias de las mujeres como variadas, y ahora estamos viviendo en una cuarta oleada habilitada por los medios sociales.
Es hora de que aceptemos que el feminismo es necesario, y probablemente siempre lo será. La socióloga británica Sylvia Walby prefiere la metáfora de una “espiral”, porque deja en claro que el cambio positivo está sucediendo, y porque también nos dice que continuamente lidiamos con la misma cosa: discriminación irracional basada en la identidad de género.
4. Hable
Una de las acciones más feministas que un hombre puede tomar en el lugar de trabajo es decir algo. No tiene que ser complejo o con mucho rollo; dos de las cosas más fáciles de decir son “eso es sexista” o “eso es discriminatorio”. Al momento, la voz de un hombre tiene más posibilidades de ser escuchada sobre el ruido de fondo del lugar de trabajo común, así que úsela para desafiar acciones, comportamientos, o maneras que sean sexistas.
5. Actúe
Finalmente, actúe de maneras que hagan una diferencia real. Muchos paneles de selección se ensamblan con miras a la “igualdad” mediante incluir a una mujer, a menudo en un panel de cinco o más personas. Eso no es igualdad, es lo que Rosabeth Moss Kanter, académica de Harvard, identificó en la década de 1970 como incorporación selectiva. Todas las investigaciones que tenemos sobre la dinámica de géneros en equipos y grupos nos dicen, muy claramente, que el cambio sólo se logra cuando las mujeres conforman por lo menos un tercio del grupo. ¿Por qué no buscar el 50 por ciento? Eso es igualdad.
Hay muchas otras cosas que los hombres pueden decir, hacer, o lograr que sucedan, para cambiar los números y empezar a cambiar las culturas en los lugares de trabajo que apoyan las masculinidades dominantes que benefician a un número tan pequeño de hombres. Algunas son aparentemente triviales: por ejemplo, deliberadamente incluir a las mujeres en grupos de conversación, donde los hombres a menudo ignoran o hablan por encima de las mujeres.
Y algunas de ellas son aparentemente más significativas. Por ejemplo, “quitar paja” es una manera en que los hombres hagan lugar para que las mujeres ocupen los puestos de poder y autoridad que merecen o se han ganado, pero de los que son excluidas. Sobre todo, los hombres tienen que reconocer que practicar el feminismo no es difícil, sólo tienen que decidirse a hacerlo. Y hará los lugares de trabajo mejores para todos nosotros.
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Publicado en cooperación conNewsweek/ Published in cooperation with Newsweek
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Este artículo se publicó originalmente en The Conversation.