El cáncer cervical no discrimina…

Por órdenes de su médico, Jay Kallio fue a hacerse un examen mamario de rutina en 2008. Aunque Kallio vivía como hombre desde hacía dos años, conservó su tejido mamario tras la transición, así que seguía haciéndose detecciones para cánceres tradicionalmente femeninos. Unas pocas semanas después del examen su teléfono sonó. “Estaba sentado en casa, pensando que todo había salido estupendo en la última mamografía, y entonces el radiólogo llamó para decir: ‘Quería saber cómo te sientes con tu diagnóstico’”, recuerda Kallio. “Le pregunté: ‘¿Cuál diagnóstico?’”.

Su médico no le informó que el reciente estudio reveló una forma particularmente agresiva de cáncer, una que podría tener consecuencias muy graves si postergaba el tratamiento unas pocas semanas. “Era jefe de cirugía en un hospital importante de la Ciudad de Nueva York, y ni siquiera pudo llamar para darme los resultados de la biopsia”, dice Kallio. De manera que trató de comunicarse con su médico, pero este no devolvió la llamada. “Y así pasaron varias semanas”.

Al fin, cuando Kallio acudió al consultorio, el doctor intentó justificar las evasivas diciendo que su primer impulso fue recomendarle un psiquiatra en vez de quimio o radioterapia. De forma “muy atenta”, añadió que no sabía cómo llamar a Kallio, y este respondió que lo llamara Jay, como sus amigos, o Joy, el nombre que le dieron sus padres. Pero eso no logró tranquilizar al galeno. “Me sentí como algo que apestaba en su sala de espera, como una bomba de tiempo a punto de estallar —dice Kallio—. Dejó muy claro que se sentía absolutamente incómodo con mi condición de transgénero”.

La incomodidad —y hasta la discriminación abierta— por parte de médicos y enfermeras es solo uno de muchos factores que dificultan la detección y el tratamiento del cáncer en la población trans. También tenemos la relación, aún desconocida, entre la terapia hormonal a largo plazo y el cáncer; el desconocimiento de médicos y pacientes trans sobre el tipo de detecciones necesarias; y los obstáculos de la industria de seguros respecto de las detecciones, las pruebas y los tratamientos que está dispuesta a cubrir.

Pero, más que nada, la falta de datos confiables. “Hay una auténtica escasez de investigaciones médicas a largo plazo con individuos transgénero”, dice el Dr. Robert Garofalo, director del Centro para Género, Sexualidad y Prevención VIH en el Hospital Infantil Ann & Robert H. Lurie de Chicago, donde cada vez más adultos jóvenes y adolescentes acuden a él buscando la transición; y si bien se siente cómodo recetando hormonas para cambio de género, Garofalo encuentra difícil justificar lo que hace ante los progenitores escépticos, debido a la información incompleta sobre las consecuencias de la terapia hormonal iniciada a temprana edad.

Con todo, espera que esto cambie muy pronto. Garofalo es uno de un puñado de investigadores que trabaja con fondos de los Institutos Nacionales de Salud para estudiar a la población transgénero juvenil, la primera parte de una investigación a cinco años y 5.7 millones de dólares, lanzada en 2015. Estos científicos han empezado a reclutar adultos jóvenes para estudios que rastrearán los resultados de salud a lo largo de sus vidas, aunque seguramente transcurrirán entre 15 y 20 años antes de que sus investigaciones produzcan información sobre los riesgos de salud de los pacientes trans a largo plazo.

No obstante, la comunidad médica ya ha llegado a algunas conclusiones bastante acertadas, afirma la Dra. Madeline Deutsch, directora clínica del Centro de Excelencia para la Salud Transgénero, en la Universidad de California, San Francisco. “Tiene lógica científica que si alguien toma hormonas durante décadas, probablemente incurrirá en un riesgo mayor [de ciertos problemas de salud] que otra persona que empieza a utilizar hormonas a los 40 o 50 años”. Además, una mujer trans que usa estrógenos tendrá un mayor riesgo de cáncer de mama que si no ha tomado la hormona y ha conservado su condición biológica de varón. Por otra parte, las mujeres trans que utilizan estrógeno podrían tener un riesgo de cáncer de próstata discretamente menor, debido a que el estrógeno protege contra esa enfermedad.

MALA SALUD: Wallen, cuya pareja (foto enmarcada) murió de leucemia, insta al Senado a repeler la Ley para la Defensa del Matrimonio, la cual dificulta que la comunidad LGBT reciba la atención médica que necesita. Foto: PHOTOTHEK/GETTY

Existen otros obstáculos prácticos para la recolección de datos, incluido el uso de registros electrónicos de salud que obligan a los pacientes a optar por “masculino” o “femenino”. Hoy, algunos registros establecen una diferencia entre masculino, femenino y trans (a veces agregan “trans masculino” y “trans femenino”), pero la variación de datos hace imposible comparar los resultados de salud a lo largo de los años, explica Deutsch.

Además, a diferencia del público general, los individuos transgénero no suelen tener seguro médico y, por consiguiente, tienden a evitar las consultas médicas y buscan tratamiento fuera del ámbito de la salud profesional. Kellan Baker, miembro de Center for American Progress, organización que investiga políticas públicas en Washington, D. C., dice que antes de la Ley de Cuidado de Salud Asequible (ACA, por sus siglas en inglés), las aseguradoras podían negar cobertura a los pacientes transgénero porque su condición podía considerarse preexistente. Incluso bajo la ACA, muchos planes de seguro médico tienen cláusulas que permiten que las aseguradoras excluyan a los pacientes trans o les nieguen atención, incluyendo la transición y las detecciones que no corresponden a su identidad de género. Baker señala que la industria de seguros ha podido salirse con la suya en este sentido, porque durante muchos años “nadie ha salido en defensa [de los individuos transgénero]”.

Las personas transgénero a quienes han negado empleos o están desempleadas con frecuencia se ganan la vida con trabajo sexual o faenas diarias, agrega Deutsch, y agrega que en 30 estados es legal despedir a una persona por su condición trans. Afirma que el desempleo y la inseguridad financiera son predictores directos de malos resultados de salud. Ale Tristán, mujer trans de 20 años que vive en Washington, D. C., dijo a Newsweek que cuando tenía 14 años, su familia la echó de su hogar en México y abordó un autobús a la ciudad más próxima, donde se dedicó al trabajo sexual para ganar dinero. Fue así como se enteró de la terapia hormonal. “Todas las chicas trans con quienes trabajaba allí tomaban hormonas —dice—. Quería ver cambios en mi cuerpo, así que en vez de una vez al mes, lo hacía dos veces al mes”.

A los 15 años, Tristán comenzó a aplicarse inyecciones anticonceptivas y a tomar pastillas de hormonas que compraba en la calle, y siguió así durante dos años sin consultar con un médico. Dejó la transición a los 17 y la retomó una década después, volviendo a comprar inyecciones de hormonas en la calle y, esta vez, añadiendo pastillas que adquiría en un sitio de internet de Tailandia. Con el tiempo, acudió a Whitman-Walker Health, una clínica de Washington, D. C. especializada en salud LGBT, y empezó a realizar la transición bajo la supervisión de un médico.

Conforme más individuos transgénero se manifiestan a edades más tempranas (y más personas trans hacen pública su condición, en vez de vivir en silencio) buscando la transición de género, el sistema de atención de la salud se ve forzado a adaptarse rápidamente. “Hemos tenido un estado de emergencia desde hace mucho tiempo. Las personas trans no tienen acceso a servicios de salud”, dice Baker. Uno de los primeros factores que deben resolverse es la falta de detecciones preventivas. Igual que Tristán, muchos individuos transgénero evitan la consulta médica por el temor del costo y la discriminación. La señera Encuesta Nacional sobre Discriminación Transgénero de 2012 (se espera un seguimiento para este año) halló que casi 20 por ciento de la población trans informó del rechazo abierto por parte de los médicos para brindarles atención. Y casi un tercio declaró que había postergado la atención médica, al menos una vez, debido a la discriminación.

Fuera de eso, suele haber confusión o falta de conocimientos en lo tocante a las detecciones que requiere este sector poblacional. Después de la transición, los pacientes mujer-a-hombre que conservan sus ovarios, cérvix y algo de tejido mamario, siguen en riesgo de desarrollar cánceres femeninos, mientras que los individuos hombre-a-mujer deben realizarse exámenes prostáticos y, conforme desarrollan tejido mamario y utilizan estrógeno, practicarse estudios de mamas, según las recomendaciones de la organización National LGBT Cancer Network. No obstante, las detecciones correspondientes a sus órganos son solo parte de la tarea; los médicos también deben mostrar sensibilidad a la manera como los pacientes perciben sus cuerpos. “Es difícil hablar de detecciones de cáncer cuando ciertos órganos no son parte de su identidad”, dice el Dr. Raymond Martins, de la clínica Whitman-Walker.

La buena noticia es que, en mayo pasado, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos emitió la Regla 1557, que Baker denomina un “cambio de juego” para la salud trans. La regla declara ilegal que las aseguradoras financiadas por el gobierno federal y los proveedores de salud discriminen con base en raza, color, origen nacional, género, edad o discapacidad. En adelante, dice Baker, el reto será obligarlos a cubrir las detecciones y los tratamientos adecuados sin necesidad de apelaciones administrativas ni querellas legales.

“El argumento que han dado los proveedores es que no entienden por qué deben pagar el Papanicolaou cervical de hombre, pero cuando la persona hace la transición, a veces conserva el cérvix”, explica Baker. “Desde el punto de vista médico, tienes que revisar eso. El cáncer cervical no discrimina. No le importa si usas barba o no”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek