EFRAIM ZUROFF ha logrado mucho en su larga carrera, pero hay algo que le enorgullece especialmente: es el judío más odiado de Lituania.
Ruta Vanagaite está de acuerdo. Su amiga lituana lo describe como “un mamut”, “el coco”, y un “destructor de reputaciones”. Y eso, nada más en la introducción del libro que escribieron juntos.
El verano pasado, durante un viaje que contribuyó a cimentar su notoriedad, Zuroff cruzó la campiña lituana en un SUV gris con Vanagaite, una autora mejor conocida por un libro sobre la búsqueda femenina de la felicidad después de los 50 años. El objetivo de ambos: visitar algunos de los más de 200 sitios de genocidio del país durante la Segunda Guerra Mundial. En el camino, el dúo habló sin cesar, grabando sus conversaciones, y el viaje sirvió de fundamento para su reciente libro, Our People: Journey With an Enemy (2016), un éxito inmediato en Lituania. También desató un ardiente debate entre los lituanos, quienes desde hace tiempo han minimizado el considerable papel de su país en el Holocausto.
Zuroff, a menudo llamado el último cazanazis, ha pasado casi cuatro décadas persiguiendo sospechosos desde Australia hasta Islandia y de Hungría a Estados Unidos. A veces, usa métodos controversiales, pero su misión tiene una justificación moral: llevar ante la justicia a todo perpetrador superviviente de uno de los crímenes más atroces en la historia de la humanidad. Para los occidentales, la diminuta Lituania se antoja un lugar muy extraño para investigar, pero dado que casi todos los nazis han muerto o son demasiado frágiles para enfrentar un juicio, esta nación de Europa Oriental bien podría ser la última oportunidad para el cazanazis, quien considera que Lituania es una de sus luchas más importantes pues no ha aceptado su papel en el asesinato masivo del Holocausto, ya que sus ciudadanos mataron a casi la totalidad de los 250 000 judíos que vivían en el país en 1941. “No hay un solo lituano que haya pasado un día en la cárcel en la Lituania independiente” por colaborar con los nazis y por participar en el Holocausto, aseguró Zuroff a Newsweek.
“Comprendo que, para Lituania, debe ser muy difícil reconocer su complicidad”, dijo a Vanagaite en Our People. “Francia tardó 50 años en aceptar su culpabilidad. Alemania no tuvo alternativa. Pero por nuestro bien y el de nuestros hijos, cuanto antes reconozcas tu culpa, más pronto comenzará el proceso de sanación”.
“Si Francia demoró 50 años, Lituania también tardará 50 años”, interpuso Vanagaite.
“No, a ustedes les tomará 90 años”, replicó Zuroff. “Porque sus crímenes son mayores, y su capacidad para encararlos es menor. Los franceses preparaban a los judíos para mandarlos a otra parte, y los enviaban a morir. Aquí, los judíos fueron asesinados por tu pueblo…”.
“¿Sabías que todos los lituanos me odian? Porque saben que tengo razón”.

FOTO POLICIAL: Zuroff ayudó a que Aleksandras Lileikis, superior, abandonara Estados Unidos y regresara a Lituania para ser enjuiciado. Lileikis fue despojado de su ciudadanía estadounidense en 1996. FOTO: AP
EL INDIANA JONES DEL HOMBRE PENSANTE
Zuroff quiere dejar muy claro que la cacería de nazis no es tan glamorosa como parece. “Muchas veces, la gente se acerca y me dice, ‘Tienes mi trabajo soñado… Cuando era niño, quería ser cazador de nazis’”, comenta para Newsweek, a todas luces divertido por tanta ignorancia. “Pero sabes, no se trata de hacer emboscadas en las selvas de Sudamérica”.
Y tampoco tiene que ver con un libro popular y la exitosa película posterior, “Los niños de Brasil”, de la década de 1970, donde Laurence Olivier pasa mucho tiempo persiguiendo al Dr. Joseph Mengele —interpretado por Gregory Peck— y su plan maléfico de usar 94 clones de Adolf Hitler para resucitar el Reich. El argumento del filme no es particularmente sólido, y no sólo porque su fantasía de venganza termina con Mengele hecho pedazos en las fauces de una jauría de perros dóberman (la realidad es que el “Ángel de la Muerte” se ahogó en Sudamérica, donde vivía bajo un seudónimo).
Zuroff dice que el trabajo del cazanazis moderno es “un tercio detective, un tercio historiador, y un tercio cabildero político”, y le obliga a pasar incontables horas rastreando testigos, estudiando archivos, y convenciendo a los gobiernos de tomar medidas. Imagina que es como un “Indiana Jones y el Templo Maldito”, donde el héroe pasa 98 por ciento de la película en la biblioteca de su escuela.
Zuroff nunca tuvo la intención de convertirse en el objeto del desprecio de Lituania ni en el último cazanazis del mundo. Creció en el barrio de Brooklyn, Nueva York —Brighton Beach y Flatbush— con la esperanza de ser el primer judío que jugara en la NBA. Aunque recibió el nombre de su tío abuelo, Efraim Zar, asesinado en Lituania durante el Holocausto, la carrera de Zuroff como cazanazis comenzó después que hizo la aliyah —inmigración judía en la Tierra de Israel— en 1970, y concluyó el doctorado en historia del Holocausto.
A principios de la década de 1980, trabajó en Israel para la Oficina de Investigaciones Especiales del Departamento de Justicia de Estados Unidos, formado en 1979 para investigar y perseguir a criminales de guerra. Desde 1986, Zuroff ha dirigido la oficina israelí del Centro Simon Wiesenthal, una organización de derechos humanos que combate el antisemitismo y lleva el nombre de un superviviente del Holocausto y legendario cazanazis que murió en 2005. Ya que opera a través de una organización no gubernamental sin autoridad para procesar jurídicamente, se considera que Zuroff es un “cazanazis freelance [independiente]”.
Dado que su carrera empezó en décadas muy posteriores a la guerra, Zuroff se perdió de los nombres importantes que persiguieron Wiesenthal y otros, como Mengele, Adolf Eichmann y Karl Silberbauer, el agente de la Gestapo que dirigió el arresto de Ana Frank y su familia. “Eso me causa envidia, definitivamente”, dice Zuroff, sentado en su soleado despacho de Jerusalén, rodeado de libros y expedientes a reventar, con recortes de prensa enmarcados a su alrededor y en un rincón, un aro de baloncesto en miniatura. Parece el lugar de trabajo de un contador apacible, aunque abrumado, hasta que miras con atención y observas una gaveta que dice: “Lista —maestros criminales— guerra letona, M-Z”.
Desde esta base, el extravagante y jovial cazanazis atiende llamadas que le proporcionan pistas de sospechosos a través de su iniciativa Operation Last Chance (que ofrece recompensas económicas por información que conduzca al arresto o encarcelamiento de criminales de guerra nazis), hace el seguimiento de pistas prometedoras, y trabaja con socios capaces de escudriñar el material de archivo en idiomas que no domina. El verano pasado, viajó a Copenhague para presentar una queja a un oficial de policía sobre un voluntario SS danés que aún vive y no ha recibido castigo. Dado que la cantidad de perpetradores vivos ha disminuido en años recientes, Zuroff cada vez pasa más tiempo escribiendo editoriales en torno al Holocausto y el antisemitismo, hablando con la prensa cuando estos temas aparecen en las noticias, y dando disertaciones en universidades y congresos.

OCUPADA: En 1939, cuando la Alemania nazi anexó la región de Klaipeda, Lituania (también llamada Memel), Hitler encabezó un desfile para ver la más reciente adición al Tercer Reich. FOTO: AP
“Tienes que partir de la premisa de que, hoy día, es casi imposible procesar a un nazi”, explica, con su enorme cuerpo encorvado detrás del escritorio y el cabello canoso casi siempre tocado con una kippa. Muchos críticos de Zuroff opinan que es tiempo de que deje de perseguir a los colaboradores nazis; dicen que la mayoría ha muerto o son demasiado viejos para enjuiciarlos, y algunos señalan que es vengativo obcecarse en acontecimientos del pasado distante. Zuroff desdeña semejantes argumentos. “Primero, el paso del tiempo de ninguna manera reduce la culpa de los asesinos”, acusa, iniciando su conocida perorata “Cacería de nazis 101”. “La vejez no debe proteger a la gente del castigo, gente que cometió crímenes tan atroces. Se lo debemos a las víctimas; van tres. Cuarto, comunica un mensaje poderoso sobre la naturaleza de esos crímenes, sobre su importancia. Quinto, es importante en la lucha contra la negación y la distorsión del Holocausto. Sexto, el argumento de ‘órdenes superiores’ se ha rechazado casi invariablemente como defensa; así que, en otras palabras, existe responsabilidad criminal individual”. Insiste en que si el mundo no deja “abundantemente claro” que todos los individuos que participaron en el genocidio enfrentarán las consecuencias, cualquiera supondrá que puede salir impune del asesinato masivo.
Zuroff no tiene una cuenta exacta de cuántos criminales de guerra ha llevado ante la justicia. A veces, sólo ha expuesto el pasado sórdido de algunos; en unos casos, ha ayudado a presionar para que se haga una investigación; y en otros más, logró que se llevara a los sospechosos ante un juez, aunque de alguna manera escaparon a la condena o el castigo. Pese a las muchas frustraciones de su trabajo, su currículo es formidable, y su nombre es conocido desde Los Ángeles hasta Vilna, y de Budapest a Sídney.
Con todo, mucha gente lo critica, igual que a su trabajo. “¿Un artículo sobre Zuroff? Bueno, sabe trabajar los medios, ¿verdad?”, escribió en un correo Christoph Dieckmann, galardonado erudito e investigador del Instituto Fritz Bauer para la Historia y el Impacto del Holocausto, Alemania, a quien pedí su opinión sobre el legado de Zuroff. “El problema con Zuroff es que Zuroff trata sólo de Zuroff”, agregó en una entrevista telefónica posterior, afirmando que es “un instituto de un solo hombre, cuyas investigaciones son ridículamente malas”, simplifican de manera excesiva los temas y “convierten la historia en una película de James Bond”.
Zuroff responde que no es egocéntrico y que su persecución implacable deriva de la necesidad de honrar a las víctimas, combatir la distorsión del Holocausto, y educar a las nuevas generaciones. “Los países saben que sólo tienen que esperar, ignorar a locos como yo… y se ahorrarán la vergüenza, los gastos, y el balagan [lío]”, dice, con un acento de Brooklyn inconfundible luego de más de 40 años en Israel. “Lo que intento decirles es que no enjuiciar a los nazis y dejarlos salirse con la suya, es una forma de contaminación moral”.
Pero “a la larga, la lucha por la narrativa es más importante que el criminal individual”.
Y así, mientras mueren los últimos perpetradores supervivientes, la última batalla —y la más difícil del cazanazis— es persuadir a toda la sociedad de su papel abominable en el Holocausto.

LOS POCOS: El lituano Yitzhak Kagan, superviviente del Holocausto, visita el Museo Cámara del Holocausto en Jerusalén. FOTO: GALI TIBBON/AFP/GETTY
ES COMPLICADO
El Museo Memorial del Holocausto en Estados Unidos calcula que 90 por ciento de los judíos de Lituania fueron asesinados durante el Holocausto, aunque algunos cálculos proponen un número mucho más alto. No obstante la cifra que utilices, la tasa de judíos muertos en ese país fue la más elevada de Europa. Y esa brutal historia tiene un giro espantoso: en países como Francia y Holanda, la colaboración nazi solía consistir en identificar, reunir y preparar a los judíos para deportarlos a campos de concentración, mas los colaboradores lituanos participaban mucho más en la matanza. Casi siempre fusilaban a sus vecinos y observaban caer los cuerpos, uno sobre otro, en fosas excavadas en el bosque.
Los crímenes de Lituania contra su propio pueblo durante la Segunda Guerra Mundial parecen irrefutables, pero la memoria colectiva nacional está empañada por varios factores. Para empezar, tiene una larga historia de ocupación extranjera, sobre todo soviética, y en dos ocasiones. Primero en 1940 y, luego, en 1944, cuando el Ejército Rojo expulsó a los ocupadores nazis a occidente. Lituania se declaró independiente de la Unión Soviética hasta marzo de 1990, después de casi medio siglo de régimen comunista. Otro factor es que, alineados con la filosofía de derecha imperante en toda Europa entre las dos guerras, muchos lituanos asociaban a los judíos con el bolchevismo, una cepa de antisemitismo atizada por la propaganda nazi. Las décadas bajo el yugo soviético también hicieron que muchos lituanos se percibieran como “víctimas/héroes”, según dijo Vanagaite a Newsweek, primeramente porque sufrieron bajo los soviéticos y, después, porque se liberaron de la URSS y ayudaron a su caída. Con semejante esquema mental, es difícil que una nación acepte que sus ciudadanos también son perpetradores de genocidio. Incluso quienes participaron del asesinato masivo podrían ser celebrados como héroes nacionales debido a sus actividades antisoviéticas.
En su libro Operation Last Chance: One Man’s Quest to Bring Nazi Criminals to Justice, Zuroff recordó una ceremonia, en 1991, cuando fue dedicado un monumento en Paneriai, suburbio de Vilna donde asesinaron a cerca de 70 000 judíos. Gediminas Vagnorius, el entones primer ministro de Lituania, declaró que el Holocausto sólo duró tres meses, y redujo la magnitud de la participación del país diciendo que “un grupo de criminales no puede pesar más que el buen nombre de una nación, ni puede privarla de su conciencia y decencia”. Quizás esos comentarios pudieran descartarse como la justificación de un país recién nacido, pero incluso ahora, el Museo de las Víctimas del Genocidio en Vilna, la capital de Lituania, se enfoca exclusivamente en los crímenes soviéticos y la resistencia; la primera y única exhibición sobre el Holocausto se inauguró hasta 2011.
Zuroff y Dovid Katz, veterano aliado del cazanazis y fundador del periódico Web Defending History, afirman que algunos lituanos propugnan por lo que llaman la teoría del “doble genocidio”, que equipara los crímenes soviéticos contra lituanos con los crímenes nazis contra judíos. Acusan a un grupo de investigación designado por el gobierno (con el nombre imponente de Comisión Internacional para la Evaluación de los Crímenes de los Regímenes de Ocupación Nazi y Soviética en Lituania) de promover la teoría del doble genocidio, incluso al poner ambos crímenes, soviéticos y nazis, en su título. El director ejecutivo de la Comisión, Ronaldas Racinskas, disputa apasionadamente la acusación y afirma que “apoya, apoyó y apoyará 100 por ciento” el objetivo primario de Zuroff de llevar a los perpetradores del Holocausto ante la justicia, aunque considera que los métodos agresivos de Zuroff son “contraproducentes”.
Zuroff responde que la proclamación de apoyo de Racinskas es “pura mentira. No recuerdo una sola declaración o esfuerzo alguno de la Comisión que haya fomentado o apoyado los esfuerzos del Centro Wiesenthal para llevar a juicio a los criminales de guerra nazis de Lituania”.
Ningún país tiene un expediente impecable tratándose de procesar perpetradores del Holocausto, aunque algunos han hecho esfuerzos encomiables. Después de años de hacer nada, Estados Unidos desnaturalizó a docenas de colaboradores nazis. Alemania, cuna del Holocausto, sigue enjuiciando a guardias y supervisores de campos de concentración, y continuará este esfuerzo durante otra década.
Casi tan pronto como Lituania declaró su independencia, Zuroff comenzó a presionar porque el país procesara a los criminales del Holocausto, presentándose en televisión y pidiendo al gobierno que iniciara acciones legales. Como lo expresa Vanagaite en Our People, “[Él] llegó a estropear la boda”. A pesar de su persistencia, sólo tres personas han sido enjuiciadas por crímenes del Holocausto en la Lituania independiente, pero la posibilidad de que otros más encaren a la justicia parece remota. En 2001, Kazys Gimzauskas, subdirector de la Saugumas (equivalente lituano de la Gestapo alemana), fue el primer colaborador nazi convicto en una ex república soviética independiente, pero para entonces, la Corte lo encontró demasiado enfermo para encarcelarlo. En 2006, Algimantas Dailide, otro miembro de Saugumas, fue hallado culpable y sentenciado a cinco años. Sin embargo, una corte de Vilna dictaminó que no podían encarcelarlo “porque es muy viejo y no representa un riesgo para la sociedad”.
Zuroff contribuyó a que el tercero, Aleksandras Lileikis, un comandante de Saugumas, regresara a Lituania. Vivió muchos años Norwood, Massachusetts, donde trabajó en una casa editorial que publicaba la enciclopedia lituana. Sin embargo, en 1996, Lileikis fue despojado de su ciudadanía estadounidense cuando el Departamento de Justicia lo acusó de “ocultar su participación en el asesinato masivo y la persecución de judíos y otros” al momento de inmigrar. Lileikis fue procesado en una corte lituana, pero murió en septiembre de 2000 antes que concluyera el juicio.
La persecución de Lileikis no granjeó a Zuroff muchos amigos en Lituania. “Ese viejo ya estaba medio muerto”, dice Vanagaite, quien fue vecina de Lileikis cuando este volvió a Vilna y recuerda haberlo visto en su silla de ruedas. “Me sentí tan molesta como todos los demás. Pensé, ‘Si hizo algo malo, muy pronto morirá y se irá al infierno’”. Recuerda alguna presentación de Zuroff en televisión, hablando enardecidamente sobre Lituania, y también recuerda haberse preguntado qué pretendía obtener “ese judío extranjero, fuerte y grande” de los ancianos de su país. Casi dos décadas después, llegó a entender qué quería Zuroff y por qué, para él, era tan importante para obtenerlo. Y entonces se convirtió en la aliada improbable —y quizás más importante— del cazanazis en Lituania.

EXPULSADOS: Cuando Lituania cedió Klaipeda a Alemania, miles de judíos tuvieron que escapar, como esta familia. Aquí, muchedumbres alemanas se reúnen para abuchear a los refugiados que suben sus pertenencias a una carreta. FOTO: BETTMANN/GETTY
AMIENEMIGOS Y VECINOS
“Como dicen, los pájaros no deben cagar en sus nidos”.
Vanagaite, sonriente con sus alargadas gafas de sol, sorbe café mientras explica serenamente por qué algunos lituanos la odian por hablar de los espantosos crímenes que cometieron contra los judíos, y también de los que probablemente perpetró su propia familia. “Así que soy como el pájaro —porque mi apellido es Vanagaite, y vanagas es un halcón— que caga en su nido”, continúa. Luego, añade con sarcasmo. “Pero, ¿los asesinos? Esos no cagan. Yo cago [porque escribo] al respecto”.
Vanagaite nació en Lituania, se graduó en el Instituto de Teatro de Moscú y ha trabajado en teatro, televisión y como productora de eventos, y también como reportera y consultora de relaciones públicas en el ámbito político. Publicó un libro sobre la atención de los ancianos, y otro —un éxito de ventas en su país— sobre las mujeres que prosperan con la edad. Poco antes de conocer a Zuroff, Vanagaite organizó un programa llamado “Ser judío”, donde exploró la cultura y las tradiciones judías, y culminó con la visita de 700 escolares al sitio de genocidio lituano en Paneriai. El proyecto fue clausurado con una conferencia sobre educación en el Holocausto. “Todos los participantes lituanos me dijeron que no se me ocurriera invitar al Dr. Zuroff, porque se negarían a asistir y sentarse en el mismo auditorio”, recuerda. “Así que me dio curiosidad”, y decidió invitarlo.
Zuroff no pudo presentarse aquel día, pero se reunieron antes de la conferencia para videograbar un discurso. Durante décadas, el cazanazis fue tratado con abierta hostilidad en Lituania, mas de pronto, tenía enfrente a una mujer de baja estatura, pero de personalidad colosal, dispuesta a reconocer la participación de su familia en el Holocausto (un expediente en los Archivos Especiales lituanos reveló que el abuelo de Vanagaite, quien se opuso a la ocupación soviética de Lituania, en 1941 y fue deportado al Gulag a su regreso, en 1944, había sido parte de una comisión que compiló listas de judíos durante la ocupación nazi. El marido de su tía, quien solía enviarle cartas, jeans y discos desde Estados Unidos, fue jefe de policía en Panevezys y, por ello, Vanagaite concluye que ayudó a organizar la matanza de judíos. En el libro que escribió con Zuroff lo llama “asesino de escritorio”).
Pero después de la conferencia, mientras asistía a un pequeño seminario para maestros de historia que podrían ser seleccionados para entrenamiento en Yad Vashem, fue cuando Vanagaite reflexionó en la versión de los acontecimientos según Zuroff. Se cuestionó constantemente lo que había aprendido en los libros de texto de la era soviética, las mismas narrativas que los niños aprendieron años después, minimizando o ignorando el papel de los lituanos en el genocidio judío. Se propuso averiguar más, y así decidió trabajar con “el coco” para llegar a otros lituanos.
Unos meses después, y luego de varias conversaciones, Vanagaite y Zuroff abordaron un auto apodado el “Shoah-móvil” para hacer la investigación que resultaría en Our People. Visitaron docenas de sitios de genocidio, museos locales y poblaciones relacionadas con sus historias familiares. Pidieron a los habitantes que los guiaran a monumentos de la época y sitios de matanza que muchas veces fueron incidentales y difíciles de hallar —algunos aún marcados con placas de la era soviética, otros anónimos— y entrevistaron a pobladores lo bastante ancianos para recordar la guerra o, al menos, compartir relatos que escucharon de parientes y vecinos mayores. Comían barras de granola y emparedados de salmón, siempre en busca de comida kosher, cosa nada fácil en un país que sólo tiene unos 5000 judíos.
“Sé que será muy controversial”, dijo Vanagaite, acerca del libro, antes de la publicación de Our People. “He perdido un par de amigos porque… porque creen que estoy traicionando a mi gente, traicionando a mi país, y [dicen] que quizás los judíos están pagando este [proyecto]”. Algunos miembros de su familia están indignados porque escribió sobre sus parientes y se han negado a leer el libro.
Tal vez se sienta como una “terapia de choque”, agrega, “pero creo que es un libro sanador”.
El viaje horrorizó al propio Zuroff, quien dice que, como cazanazis, “tienes que asegurarte de que nada sea personal, porque cuando te dejas consumir por el trabajo, te destruye”.
Durante años, fue bastante exitoso en ese sentido, pero el viaje en auto con su coautora lituana fue “emocionalmente horripilante”, confiesa. “Por primera vez sentí… que la Shoah se había apoderado de mi vida”.
Cuando el par llegó a Linkmenys, el shtetl [pueblo] donde vivieron el abuelo y tío abuelo de Zuroff, este se paró entre matorrales de frambuesas en el claro donde los lituanos ordenaron a los judíos que se tendieran boca abajo en el suelo, para luego rociarlos con balas. Como hacía en cada sitio que visitaba, se detuvo a decir kadish, la plegaria del doliente. “No sé qué hacer, así que me alejo poco a poco y lo espero”, escribió Vanagaite, acerca de ese momento. “Y entonces escucho un sonido extraño. Muy extraño. Escucho llorar al cazanazis”.

HISTORIA MIXTA: Zuroff protesta en una procesión anual que honra a la unidad Waffen SS letona. Igual que Lituania, su vecino báltico, Letonia minimiza su historia de colaboración. FOTO: INTS KALNINS/REUTERS
JUICIO POR LIBRO DE HISTORIA
Zuroff y Vanagaite lanzaron su libro en enero, el día antes del Día Internacional de Conmemoración del Holocausto. Convocaron a la prensa en Submarine, un pequeño negocio de emparedados en el corazón de Vilna. Según la investigación de Vanagaite, durante un tiempo, ese edificio fue el cuartel general de la “unidad especial” lituana que asesinaba judíos.
Entre los asistentes al evento de prensa se encontraba Tomas Sernas, sacerdote y ex funcionario de aduana, único superviviente del ataque soviético de 1991 en el puesto fronterizo de Modeninkai, donde murieron siete oficiales que luchaban por la independencia del país. Por ello, es considerado un héroe nacional, de modo que su apoyo contribuyó a legitimar Our People.
Durante un par de meses tras el lanzamiento, el libro “fue tema de conversaciones de sobremesa”, dice Vanagaite, “[pero] la sociedad estaba muy dividida”. Muchos jóvenes le dieron muy buena acogida, en tanto que los lituanos de más edad se sintieron profundamente ofendidos. Otros con suficiente edad para haber presenciado las atrocidades, se sintieron extrañamente consolados por las revelaciones. “Comprendieron que lo ocurrido en la aldea, lo ocurrido en el barrio, no fue una excepción”, explica Vanagaite. “No sólo ocurrió con el vecino. Ocurrió en todas partes”.
“Pocos libros han tenido un inicio tan escandaloso en Lituania”, escribió un bloguero a los días del lanzamiento. Estuvo en el primer sitio de la lista de ventas de una cadena de librerías lituana durante cinco semanas, y seguía en los primeros 10 lugares al momento de escribir este artículo. Zuroff y Vanagaite han firmado contrato con un editor polaco, y están en negociaciones para derechos de publicación en inglés y otros idiomas.
El libro hizo despegar la nefasta reputación de Zuroff y en algunos círculos, convirtió a Vanagaite en la hija más despreciable del país. Dice que, cierto día, mientras un equipo de televisión la entrevistaba en su casa, de pronto le exigieron que mostrara su acta de nacimiento para comprobar que, efectivamente, era lituana (y no judía). También le han dicho “regresa a Israel”, y tuvo que explicar a un taxista preocupado que no lleva un arma oculta para protegerse, pese a los muchos comentarios amenazadores publicados sobre ella y su libro en la Internet.
Vanagaite dijo que algunos sugieren que el libro fue financiado por judíos o el Kremlin, mientras que otros afirman que desacredita al movimiento partisano lituano, y que sirve a la maquinaria propagandista del presidente ruso Vladimir Putin, según insinuó un portavoz del Departamento de Seguridad Estatal lituano. Vanagaite está particularmente molesta con los críticos que atacan su libro porque no incluye elementos positivos sobre las acciones de Lituania durante la guerra, como los lituanos que salvaron judíos. “Eso me enfureció tanto que dije, ‘De acuerdo. Entérense de que este libro habla del Holocausto, habla del asesinato de judíos. Lamento mucho que sea tan negativo. Lamento que los judíos no sonrieran mientras estábamos matándolos’”.

TERAPIA DE CHOQUE: La autora lituana Ruta Vanagaite escribió acerca del papel de su familiares como colaboradores de los nazis. FOTO: PETRAS MALUKAS/AFP/GETTY
DE VUELTA AL TRABAJO
“Desde el principio, resultó evidente que jamás sería posible lograr la justicia y la restitución absolutas”, escribió Zuroff, acerca de Lituania, en su introducción de Our People. “En retrospectiva, no lamento el camino que elegí, pero francamente subestimé las dificultades que habría de encarar”.
Para Zuroff, la cacería de nazis y la lucha contra la distorsión del Holocausto son aparentemente interminables, pero ambas son parte de una misión que no piensa abandonar. “Me consuela que, al menos, no traicioné a las víctimas ni violé su memoria”, escribió Zuroff. “Si el precio que he de pagar por eso es la enemistad de la opinión pública local, que así sea”.
Mientras sigue recibiendo llamadas, persiguiendo pistas y presionando a los gobiernos para enjuiciar, Zuroff también debe contender con los inevitables cambios de su trabajo. Siente que todavía no se ha hecho justicia: para su tío abuelo, para las decenas de miles de judíos victimados en Lituania, para los millones de judíos de toda Europa que perecieron en el Holocausto, y para quienes han sido víctimas de genocidios posteriores.
Con una carga tan pesada, ¿cómo define el éxito? El último cazanazis del mundo siente que tiene que seguir presionando por juicios y reconocimiento de culpa, con la esperanza de que cada pequeña victoria —como encontrar a Vanagaite y publicar un libro exitoso en un país que se resistió a sus esfuerzos durante años— acercará al mundo un poquito más al “nunca más”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek