¿Dónde estaban los británicos a favor de Europa antes del Brexit?

Los
británicos a favor de Europa están de luto. Muchos todavía se niegan a aceptar
el resultado del referéndum sobre la permanencia de Gran Bretaña en la UE. Más
de cuatro millones de personas firmaron una petición pidiendo un segundo
referéndum. Miles se reunieron en la Plaza del Parlamento con pancartas de
“Amamos a la UE”. Mientras tanto, David Lammy, miembro laborista del
parlamento, repitió los pensamientos de muchos de sus colegas estupefactos
cuando pidió al Parlamento que “detuviera esta locura” porque el referéndum era
sólo “consultivo y no vinculante”. Incluso las cabezas más frías de la ley
constitucional tratan de hallar maneras de evitar que se ejecute el Artículo
50, el cual comenzará el proceso con el que Gran Bretaña se retirará de la UE.

Para
los observadores europeos de Gran Bretaña, esta actividad frenética y
demostración de pasión por la UE es un poco desconcertante. ¿Dónde estaban
escondidos todo este tiempo los británicos entusiastas del Euro? En sus 43 años
de membresía en la UE, Gran Bretaña nunca demostró mucho afecto, ya no digamos
fervor, por el proyecto europeo. Más bien, las elites políticas británicas
presentaban a Europa como un enredo que era necesario por razones económicas
pero el cual implicaba aceptar lo que se percibía como las maneras bizantinas,
ineficientes y de plano raras de hacer negocios de los europeos continentales.

Gobiernos
de todos los colores fueron cómplices en presentar a la UE como una combinación
de dirigismo soviético con un manicomio anárquico (y definitivamente
mediterráneo). Al primer ministro británico saliente, David Cameron, nada le
gustaba más que una buena pelea con los burócratas sin rostro de Bruselas en
cualquier asunto que le diera una buena cobertura en la prensa euroescéptica y
una buena recepción entre los diputados conservadores sin cargo oficial.

De
manera similar, los laboristas (un partido oficialmente pro-europeo) han tenido
grandes dificultades para mostrar cualquier apego emocional al proyecto
europeo. La mayoría de las veces, el comportamiento de los políticos laboristas
(Tony Blair fue la excepción más notable) para con la UE fue una manifestación
ya fuera de vergüenza —las expresiones del idealismo europeo eran vistas como
poco británicas e indecibles enfrente de los periódicos de Murdoch/Dacre— o de
impaciencia con la burocracia de Bruselas, y a veces ambas. Cuando el ex Primer
Ministro Gordon Brown faltó a la ceremonia para firmar el Tratado de Lisboa, él
estaba evitando el verse atrapado en una sesión fotográfica embarazosa además
de mostrar su falta de paciencia para con la diplomacia europea. Incluso el ex
líder liberal-demócrata Nick Clegg, una de las voces más a favor de Europa en
Gran Bretaña, no pudo abstenerse de exigir el “fin de cualquier intromisión
innecesaria” de la UE.

En
las raras ocasiones en que un político decidía argumentar a favor de la UE,
siempre era revestido de un lenguaje reformista. Como lo dice acertadamente
Wolfgang Münchau, comentarista del Financial Times, las voces pro-europeas
nunca pudieron “encontrar el ánimo de decir algo agradable de la UE. Tienen que
reformarla primero”. En otras palabras, la UE sólo podría convertirse en una
institución digna si aceptaba las reformas que la hicieran parecer más
británica.

Siendo
una institución mal querida, la UE siempre fue discutida (y por lo tanto
percibida por el público) en términos de transacciones. El proyecto europeo era
presentado en la mayoría de la prensa británica como un juego de suma cero con
el resto de Europa. Y ésta era la cobertura mediática más benigna que la UE
podía recibir en Gran Bretaña. Cada dos días, las historias sobre la UE o eran
sobre locas y ficticias regulaciones de salud y seguridad o sobre la Bruselas
Imperial.

En
este contexto, los votantes sólo podían ver “todos los defectos” de la UE (y
son muchos: la crisis de la eurozona y la crisis de los migrantes/refugiados
difícilmente son buenas campañas publicitarias para el proyecto europeo), pero
nunca sus aspectos positivos. Muy pocos políticos se molestaron en enumerar las
muchas maneras en que la UE había mejorado la calidad de sus vidas. Caroline
Lucas, del Partido Verde, y Nicola Sturgeon, líder del SNP, fueron las únicas
voces que se atrevieron a dar argumentos positivos sobre Europa. Pero sus voces
fueron apenas audibles en la cacofonía de la eurofobia o la euro-vergüenza.

Esta
aceptación reacia de Europa fue más que evidente durante la campaña del
referéndum. El Primer Ministro David Cameron y el ministro de hacienda George
Osborne son euroescépticos blandos, y así su defensa de la permanencia en la UE
nunca fue sincera. De hecho, el caso a favor de Permanecer se basaba casi
completamente en predicciones apocalípticas de lo que podría suceder en el caso
de un Brexit.

Este artículo apareció originalmente en el Blog de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres.

El
euroescepticismo izquierdista de Jeremy Corbyn está bien documentado, pero
también es cierto que era difícil hallar una voz laborista que tuviera, como lo
dice Münchau, “cosas agradables que decir de Europa”. De hecho, la postura
laborista podría resumirse en el siguiente eslogan: “La UE no es perfecta pero
deberíamos permanecer en ella para reformarla”. Con un mensaje tan poco
inspirador, no sorprende que tantísimos partidarios de los laboristas votaran
por Salir de la UE.

Si
los pro-europeos fueron incapaces de expresar algún entusiasmo o afecto por la
UE, hubo pasión en abundancia en el bando a favor de Salir. Por al menos tres
décadas, la producción diaria en la prensa euroescéptica de historias de miedo
sobre la UE preparó el terreno para la ponzoñosa y engañosa campaña por Salir.
Añadir la promesa de “recuperar el control” y de un “día de la independencia”
fue el momento de genialidad demagoga que hizo del Brexit una realidad. Pero
también ha quedado en claro que los avergonzados políticos británicos a favor
de Europa allanaron el camino para este resultado. Su timidez y falta de
entusiasmo convencieron a muchos de que la permanencia en la UE no era una
causa por la que valía la pena luchar.

Eunice Goes es profesora adjunta de
política en la Universidad Internacional Americana de Richmond.

Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek