LA ESCRITORA Alicia Giménez Bartlett, nacida en Almanza, España, hace 65 años, ganó en 2015 el Premio Planeta con Hombres desnudos, una novela que plantea cómo ningún ser humano es capaz de imaginar hasta qué punto los tiempos convulsos son capaces de convertirlo en quien ni siquiera imagina que podría llegar a ser.
Publicada recientemente en México bajo el sello de la casa editorial Planeta, la novela fue galardonada por un jurado conformado por Alberto Blecua, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Rosa Regàs y Emili Rosales.
La obra gira en torno a hombres treintañeros que pierden su trabajo y acaban haciendo estrip tease en un club y a mujeres que privilegian su carrera profesional sobre cualquier compromiso sentimental o familiar, lo que termina en una combinación armónica, pero inquietante, en la que confluyen sexo, amistad, maldad e inocencia.
Alicia Giménez cuenta que la grave crisis económica en España fue el detonante que disparó la escritura de Hombres desnudos: “Leí en un periódico que había aumentado la prostitución masculina para mujeres en un 30 por ciento desde que esa crisis comenzó. Quedé sorprendida porque ni siquiera sabía que existía una prostitución masculina lo suficientemente obvia como para ser contabilizada por un periódico”.
De esta manera, se lanzó a investigar y a atestiguar el fenómeno desnudista en el mero corazón de los acontecimientos, los clubes nocturnos para mujeres.
“Acudí a los tres grandes clubes de estrip tease, de baile, que hay en España, uno en Madrid, otro en Barcelona y otro en Zaragoza, y observé todo aquello. Era más festivo que sórdido, las mujeres se divertían, eran grupos de chicas jóvenes que festejaban un cumpleaños, señoras mayores que celebraban un divorcio, era todo muy festivo”.
Sin embargo, añade, de inmediato supuso que detrás de aquellas fiestas femeninas podría haber un mundo demasiado serio y grave: “Por medio de una amiga, que me presentó gente, fui descubriendo que hay un tejido importante de chicos de compañía, por llamarlo de alguna manera, que usan mujeres muchas veces exitosas en su trabajo, muchas veces ricas —casi siempre—, y que están cansadas de fracasos sentimentales o de búsquedas de relaciones estables. Hartas ya, optan por ser acompañadas por un muchacho guapo, a lo mejor a una fiesta, a una cena, y después hay sexo o no, pero lo hacen de una manera completamente fuera de una relación amorosa. Me pareció un tema lo suficientemente impactante como para intentar escribir una novela sobre ello”.
Además de escritora, Giménez Bartlett es experta en filología española y doctora en literatura. “Me divertí extraordinariamente con la creación de los personajes y su lenguaje. Es lo que me divirtió más, el jugar con los registros de cada una de las clases sociales y las personalidades. Para crear a Iván, un chico de la calle, un canalla, aparte de que los españoles tenemos un acervo de tacos [palabrotas] considerable, de palabras malsonantes, que utilizamos con toda habitualidad, estuve visitando discotecas, barrios, bares, viajando en colectivo, para ver cómo se reflejaban, de qué hablaban esos chicos. Me encantó porque es una lengua pobre, plagada de malas palabras, pero que llega a expresarse con fuerza, de una manera muy contundente y a veces graciosa”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias
—¿Qué elementos requiere un autor, Alicia, para satirizar una realidad incómoda como la crisis española?
—Empezar por satirizarse a sí mismo. La ironía y el humor, si no empiezan por uno mismo, nunca te hacen sonreír. A mí no me divierten las sátiras de colectivos, en donde uno se queda fuera y mira con superioridad, no. Eso es básico. Y luego ser muy descarnado, no creerte mucho nada, ver las cosas como son. A lo mejor estás en una gran ceremonia y eres capaz de desnudar a todos los personajes que hay ahí y verlos en su humanidad, entonces rápidamente surge la sátira, porque el ser humano, uno a uno, es un gran misterio, una gran tragedia o una gran alegría, pero en sociedad, siempre, sobre todo si es una relación institucional, se convierte en satirizable inmediatamente: hay elementos que te hacen sonreír porque se guardan unas formas que alguien ha inventado, pero que no emanan de nada natural.
—¿Pero al gobierno español le gusta que un escritor cuente que ha aumentado la prostitución masculina por culpa de la mala economía?
—No le hará ninguna gracia. Es un libro incómodo, pero me pregunto entonces por qué lo premiaron con el Planeta, yo no lo esperaba. Siempre prensaba: no, el Planeta es un tema neutro, algo que puedas regalar a tu abuelita de 90 años y que ella no se sienta ofendida. Sin embargo, este es un libro incómodo que satiriza también las relaciones de poder y que evidencia que eso de que estamos saliendo de la crisis y que somos un gran país hay que tomarlo con moderación. Ha sido una época de bonanza económica y de repente ha explotado el globo y la gente la ha pasado y la está pasando muy mal; los inmigrantes, la gente más pobre, nadie está haciendo nada por ellos.
—En otro sentido, ¿hasta qué punto esta obra es un reclamo y un reconocimiento a la igualdad de género?
—Eso es muy discutible. El libro plantea la pregunta qué es antes, la lucha de clases o la lucha de géneros. Yo creo que el libro no podría dar una respuesta fácil, aquí es prioritaria la lucha interclasista, el cómo el poderoso siempre lleva la voz cantante y el débil siempre debe ceder. Sin embargo, las mujeres, es obvio, han avanzado. He recibido críticas de mujeres feministas en España que me dicen que las mujeres de este libro salen mal paradas, el retrato no es bueno, pero son mujeres de una determinada clase social y con poca sensibilidad hacia los demás. La literatura no es panfleto, la literatura no debe ser militante; puede militar el autor, pero creo que no a través de sus libros.
—No obstante, si un libro obtiene un premio como el Planeta siempre será motivo de observación…
—Creo ser irresponsable por naturaleza. Es una distinción a un libro, eso lo tengo muy claro: no es a mí, ni esto son las olimpiadas ni me pone el listón un poquito más alto para que salte, no. Yo voy a seguir haciendo lo que he hecho siempre: enfrentarme al reto del ordenador que parpadea y dice: dame, dame… Y procurar hacerlo no mal, pero no me siento investida de ningún tipo de responsabilidad extra. Es un premio a un libro que sucede un año, es mucho dinero, es mucha publicidad, pero pasado ese año hay otro ganador, y yo continuaré siendo una escritora como lo he sido siempre.
