Brexit: la prohibida soledad

KATE FOX, una excéntrica y respetada antropóloga británica, consagró un par de años de su vida a realizar una radiografía sobre el carácter de sus coterráneos. Su intención era escudriñarlos e interpretarlos.

Sus principales hallazgos: el humor británico —negro, satírico e ingenioso— es uno de los tres reflejos básicos de la población. A este se suman la moderación y la tendencia a la hipocresía.

Entre las virtudes de los británicos está jugar limpio, ser modestos y corteses. Pero adolecen de una capacidad espontánea para relacionarse con los demás. “La mitad de nosotros —documentado científicamente— suele esconderse, o demorarse al entrar o salir de un inmueble, con tal de no toparse con un vecino. Nos molesta cualquier tipo de contacto innecesario y detestamos cualquier tipo de intrusión”, dejó asentado la antropóloga.

Fox, quien es pieza clave del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad de Oxford, publicó todas estas conclusiones en 2005 en un libro llamado Observando a los ingleses: las reglas no escritas de su comportamiento, un texto que también extendió su mirada a los galeses y los escoceses.

Y las afirmaciones de la antropóloga quedarían en mera anécdota si no fuese porque ya entonces, a modo de disculpa premonitoria, expresó que el perfil británico explica por qué sus compatriotas jamás se han sentido europeos.

El pasado 23 de junio, el mundo estuvo en vilo aguardando el desenlace del Bretain exit (brexit), el referéndum que determinó que el Reino Unido partirá de la Unión Europea (UE) porque así lo pidió el 52 por ciento de los electores.

Los vecinos resultaban incómodos y era la ocasión de deshacerse de ellos. Sin embargo, las primeras semanas posteriores a la decisión probarán que tener compañía no era tan malo como parecía.

PROFUNDA ESCISIÓN

Los británicos están divididos a partes casi idénticas. Décimas más, décimas menos, uno de cada dos electores votó por permanecer en la UE, y el otro, por partir.

Los jóvenes apostaron por una Europa unida (es lo que conocen), y esto les abría las puertas educativas y laborales de otros 27 Estados más. Los mayores de 60 años, en contrapartida, votaron por la nostálgica visión de los “tiempos pasados siempre fueron mejores”.

No todos son xenófobos, hay que decirlo, algunos simplemente eran ignorantes de lo que vendría o deseaban recuperar la nación en la que fueron criados, la que cedió soberanía estratégica —en materia de política y seguridad— a Bruselas. Sin embargo, mientras este último grupo vivirá una media de 15 años en el Reino Unido que está por construirse, los jóvenes tendrán entre 50 y 60 años frente a sí.

Los partidarios del brexit no midieron que el país que rememoran basaba su crecimiento en la evolución de su propia economía, no en el comercio exterior, que es hoy el principal motor de la economía británica.

Ahora pensemos en la distribución geográfica de los votos. De las cuatro naciones constitutivas del Reino Unido, Inglaterra (con excepción de Londres) y Gales apoyaron el brexit, mientras Irlanda y Escocia apostaron por mantenerse en la Unión Europea.

Y de los territorios de ultramar, Gibraltar, por ejemplo, registró un apabullante 96 por ciento de votos en contra del brexit. Esto explica que Escocia y Gibraltar conversen de forma preliminar para hallar estrategias comunes para intentar quedarse en la UE.

La xenofobia y la cerrazón fueron el combustible de muchos de estos votos.

Pero hoy, paradojas, es la cohesión del Reino Unido la que está en juego tras el resultado del referéndum.

LOS INCÓMODOS VECINOS

La convivencia del Reino Unido con otros europeos en el mismo predio político y económico coincidió con una generosa llegada de extranjeros. Es verdad. Y muchos de los simpatizantes del “leave”, sin importar su edad o región, comparten un rechazo por los inmigrantes.

Los registros demográficos actuales confirman que 13 por ciento de la población británica nació en otro país. Ciertamente, muchas de estas personas han cobrado alguna vez ayudas sociales —prima de desempleo, apoyos para costear la vivienda o han gozado de servicios de salud gratuitos—, pero aquí hay dos mitos por derribar.

A) Los nocivos advenedizos: quienes afirman que la población extranjera ha “robado” parte de la riqueza del Reino Unido se equivocan. Este grupo poblacional aportó el equivalente a 25 000 millones de libras esterlinas a la economía británica entre 2001 y 2015. Simplemente, el Reino Unido no podría ser la quinta economía más grande del mundo sin la aportación de los extranjeros.

B) Asentamiento masivo de europeos: afirmar que la existencia de la UE se tradujo también en décadas de llegadas de europeos ávidos de establecerse en territorio británico también es impreciso. De los 8.5 millones de habitantes de otra nacionalidad que tiene el país, sólo 20 por ciento proviene de la Europa unida (el grueso de los inmigrantes de Reino Unido son originarios de países como Pakistán, Bangladés, Nigeria o Sri Lanka).

Por lo tanto, el resultado del referéndum impondrá barreras a la libre circulación de europeos, pero dejará intacta la realidad que rechazaban los más retrógradas.

ESTRAGOS INMEDIATOS

Las bondades que aguardan a los británicos tras el brexit no son claras y, si las hubiera, tomarán años en materializarse. Los costos negativos, en cambio, han sido inmediatos.

En los mercados, siempre volátiles, los títulos del Eurotunel, o de bancos como Barclays, RBS o Lloyds, perdieron una quinta parte de su valor en unos cuantos días. La libra esterlina se desplomó a niveles inferiores a los de 1985.

Habrá rebotes puntuales, de esta forma funcionan tradicionalmente los mercados. Pero la volatilidad será una constante durante los dos años que tomará el desprendimiento total del Reino Unido —según los tiempos previstos por el Tratado de Lisboa—, ya que ni Reino Unido ni la UE contaban con una hoja de ruta si triunfaba el brexit.

No obstante, con su decisión, el Reino Unido ha aceptado tácitamente que debe renegociar más de 50 acuerdos comerciales y su parlamento tendrá, además, que analizar los 8000 textos legislativos que tiene vigentes actualmente con Bruselas.

Estamos por observar largos procesos de negociación que incrementarán los costos operativos de las empresas y de las entidades financieras británicas, al tiempo que los corporativos internacionales que hoy tienen su sede en Londres considerarán seriamente una mudanza. El intríngulis detonado supondrá una fuga de tiempo, recursos y oportunidades para el Reino Unido que también afectará a Bruselas.

¿ALTO POPULISMO EXACERBADO?

La primera Cumbre Europea posterior al brexit tuvo lugar la semana pasada.

Su celebración era vital porque el mundo aguardaba señales. Los principales líderes de la UE se reunieron con un David Cameron abatido. El primer ministro saliente del Reino Unido fue el origen del referéndum y durante la cumbre recibió un mensaje claro por parte de los seis fundadores de la actual UE (Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo e Italia): Bruselas presionará para que la partida sea lo más rápida posible.

Francia y Alemania, en particular, hablaron fuerte. Dejaron claro que no habrá más concesiones económico-comerciales para los británicos. El acceso al mercado común europeo sólo es un privilegio de aquellos que aceptan las cuatro libertades fundamentales que rigen a la UE: libre circulación de personas, de bienes, de servicios y de capitales.

La canciller alemana, Ángela Merkel, y el presidente francés, Francois Hollande, también transmitieron un mensaje expedito a los partidos de ultraderecha que ganan adeptos día tras día en Europa: “el resto de los populistas saben a qué se exponen exactamente si proponen a sus simpatizantes abandonar la UE”.

Hasta ahora —excepto en el ámbito cambiario—, México está observando la partida del Reino Unido desde una suerte de mirador. La relación económica con dicho Estado es marginal —representa menos de 1 por ciento de nuestro comercio exterior—; pero nuestra divisa siempre será vulnerable.

El peso es la moneda emergente más líquida del mundo en el presente, es decir, la más comerciada en el mercado mundial de cambios, lo que aumenta su fragilidad ante los embates externos de volatilidad. La temida paridad de 20 pesos por dólar es cada vez más cercana en un escenario en el que Europa improvisa su futuro.

Los huidizos británicos se cansaron de la UE en un momento equivocado. Y quizá la pregunta que ronda hoy la mente de la antropóloga Kate Fox es cómo harán ella y sus compatriotas para vivir sin vecinos en un mundo globalizado que ha prohibido la soledad.