Los adolescentes son difíciles de tratar, y ellos se sienten por
completo incomprendidos; situación que complica reconocer si sólo pasan por los
típicos ajustes hormonales que les ‘amargan’ el carácter o si padecen depresión
juvenil.
Aproximadamente 8%
de los jóvenes sufren depresión durante su adolescencia, más las niñas (13%)
que los niños (4.6%).En casa los adolescentes son irritables, huraños y desconfiados; con los
amigos, se ríen, bromean, se divierten. Hay que encender la alarma si no es así, si
el mal humor y el desgano se arrastran en todos los escenarios.
Ojo, es algo muy diferente de la tristeza pueril o de las ganas enormes
de llamar la atención. El ánimo es controlado por el sistema nervioso; diversos
circuitos neuronales del cerebro se encargan de regular las emociones, los
trastornos afectivos provocan la incapacidad de funcionar de manera adaptativa
con el entorno y consigo mismo.
En la depresión, la percepción del mundo cambia; todo parece sombrío,
lento y amenazador, lo que lleva al aislamiento, a la ansiedad, la falta de
concentración y la disminución de la capacidad de atención; baja la confianza
en sí mismo, se siente culpable y tiende a hacerse reproches. Se apoderan de su
pensamiento ideas pesimistas, de enfermedad, de muerte y de suicidio. Hay
marcado desinterés por cosas que antes le eran atractivas, pierde la capacidad
de disfrutar; abandona su cuidado personal, y se dedica a rumiar ideas
pesimistas. Es frecuente que sus movimientos se vuelvan lentos y torpes.
El diagnóstico de la depresión es eminentemente
clínico; historia médica completa, con los
síntomas, su duración y el registro de uso de drogas, alcohol o si el paciente
ha pensado en el suicidio o la muerte. Influyenantecedentes familiares; si uno de los padres la
sufre, el riesgo para los hijos es de 28%, mientras que para la población
general es del 5%. Es una enfermedad que se trata con especialistas
(psiquiatras, psicólogos) y se cura con terapia y medicación; la mezcla y la
dosis será asunto del doctor a cargo.