¿A dónde nos vamos si gana Trump?, se preguntan en EE.UU.

En las últimas décadas, se ha vuelto habitual en la política estadounidense que la gente diga: “Bueno, si fulano resulta electo, ¡me voy del país!”.

La mayoría sabe que esto no es más que una manera dramática de manifestar la oposición personal a un candidato particularmente repelente, pero en el mundo inmaduro de la política partidista, este tipo de declaraciones a veces causa problemas. Recordemos, por ejemplo, la controversia que provocó el actor Alec Baldwin en el año 2000.

En mi reciente gira de conferencias por Australia y Nueva Zelanda, durante la cual describí al público el proceso electoral y la política económica de Estados Unidos, recurrí a una expresión similar: “Si Donald Trump gana las elecciones, ¡les puedo asegurar que en mi próxima visita a este país no compraré el boleto de regreso!”.

Fue un momento de frivolidad esperable, cuyo mensaje obvio es que percibo a Trump como un candidato fundamentalmente peligroso, si bien mis anfitriones no corren peligro de tener que recibirme en su habitación de invitados.

Hace dos semanas, escribí una columna donde explicaba por qué considero que Trump no es un mero candidato inaceptable en el sentido convencional: su atractivo demagógico apunta peligrosamente en la dirección que socava la democracia constitucional. En la columna de seguimiento, publicada en Veredict, explico por qué ni siquiera la derrota de Trump en noviembre pondrá un final seguro y permanente a su amenaza para la estabilidad política de Estados Unidos.

Uno de los temas que menciono en esas dos columnas –y que también he citado con frecuencia al escribir sobre los peligros políticos de la era post-Gran Recesión- es que los peligros del extremismo anti-constitucional pueden encontrarse doquiera que exista estrés económico.

Y eso significa, sin duda, que muchos de los países económica y políticamente más avanzados del mundo corren el mismo riesgo de ser dominados por movimientos políticos represivos y hasta violentos.

Lo cual plantea una pregunta interesante: si la gente de veras quisiera mudarse de Estados Unidos, como reacción a las tendencias que han convertido a Trump en una de las dos opciones presidenciales de los partidos principales (e incluso si perdiera, debido a las inquietudes a largo plazo que he identificado), ¿a dónde se irían?

¿Cuáles son las opciones, tomando como punto de partida los países donde el inglés es el idioma más común, y cuyas sociedades y economías son más parecidas a la estadounidense?

Incluso las personas sin raíces británicas directas encontrarían que el Reino Unido es una opción atractiva. Londres tiene sus problemas, uno de los cuales es la escalada de los precios en bienes raíces, debido a los oligarcas que estacionan su dinero en una zona segura (algo parecido al centro de Manhattan), mas no deja de ser un lugar maravilloso.

Otras ciudades británicas importantes no experimentan el mismo auge de Londres, pero eso no es mala cosa, necesariamente. Y Edimburgo es una de mis ciudades favoritas en todo el mundo.

No obstante, como hace poco me señaló un inglés que trabaja en Estados Unidos y conserva una residencia familiar centenaria en la Inglaterra rural, el debate Brexit revela ciertas cosas muy negativas sobre el estado actual de la política británica.

El gobierno conservador está dividido en el asunto Brexit, lo que significa que elestablishment no ha perdido por completo el control del partido (a diferencia de los republicanos), pero el ex alcalde de Londres, Boris Johnson, sin duda es un digno rival de Trump en términos de mezquindad política. Y si Brexit llegara a cristalizar, la depresión económica resultante podría inflamar aún más a los xenófobos rabiosos del Reino Unido.

¿Qué tal Australia? A principios de este año, el Sydney Morning Herald publicó un artículo de opinión de un analista, quien afirma que “Donald Trump nunca llegaría a la cima en Australia”.

Durante mi visita, los australianos estaban enfrascados en su propia campaña electoral, y quedé gratamente sorprendido al descubrir que había contenidos políticos reales en la cobertura noticiosa y en los debates políticos.

Por otro lado, mis distintos anfitriones señalaron que el sistema político nacional ha estado imitando las tendencias de Estados Unidos, y de hecho, una persona describió a uno de los últimos primeros ministros como “una versión beta de Trump” (lee, por ejemplo, este artículo argumentando que Trump tiene “el factor Tony Abbott”).

A los estadounidenses les encanta decir que van a mudarse a Canadá. Y la elección de Justin Trudeau como primer ministro, así como la admirable acogida canadiense de los refugiados sirios son dignas de encomio.

Sin embargo, en Canadá hay un individuo llamado Kevin O’Leary que está haciendo olas en sus círculos políticos, pavoneándose en escena en algo que parece “un acto Trump”. El gobierno de derecha, que perdió ante Trudeau, se ha convertido en una operación muy parecida al Tea Party, de manera que ni siquiera Canadá está a salvo de que uno de sus partidos políticos de corriente principal caiga en manos de extremistas.

Por motivos de brevedad, no analizaré las opciones más pequeñas, como Nueva Zelanda o Irlanda. Con todo, señalaré que los países de Europa donde podemos arreglárnoslas en inglés también están coqueteando peligrosamente con la política de extrema derecha.

En Austria hay un partido nativista emergente que estuvo a punto de ganar una elección nacional el mes pasado. Suecia está experimentando casos de violencia política contra los refugiados. Y hasta Alemania se encuentra bajo grandes tensiones.

En otras palabras, en el mundo existen lugares que tal vez son más saludables, políticamente, que Estados Unidos, mas todas las tendencias mundiales siguen la dirección equivocada.

También hay muchas razones para que la gente de buena voluntad decida quedarse y luchar contra las crecientes amenazas para el estado de derecho.

De nueva cuenta, no se trata de un planteamiento grave; o al menos, no lo es en una escala importante. En definitiva, puedo imaginar que unos cuantos miles de personas volverán la mirada hacia Estados Unidos –con su escalamiento en la violencia armada, y su falta de voluntad política para hacer algo al respecto- y decidirán que ha llegado el momento de partir.

Mas no hablamos de una perspectiva seria de que, por ejemplo, los 4.5 millones de habitantes de Nueva Zelanda se vean invadidos de exiliados estadounidenses.

Y para quienes nos quedemos, ¿cuán malas podrían ponerse las cosas? Trump ya dejó claro que no tiene respeto alguno por los medios de comunicación independientes ni por la Primera Enmienda.

Para enfocarnos un momento en mis inquietudes profesionales más directas, desde hace años que los republicanos no muestran el menor recato a la hora de atacar los profesores universitarios, afirmando rutinariamente que estamos lavado de cerebro de sus hijos. La libertad académica está siendo atacada en todas partes (incluida Canadá, por cierto).

No veo razón alguna por la que Trump o aquellos cuyas futuras candidaturas sean engendradas por su campaña fallida se abstuvieran de tratar de poner fin a la investigación intelectual libre.

El problema es que tal vez no sabremos cuán mala será la situación hasta que sea demasiado tarde. La historia está plagada de ejemplos de individuos que fueron subestimados, y quienes después abusaron de un poder que fue demasiado fácil de tomar.

Pero insisto, no obstante el ciclo diario de la cobertura noticiosa en política estadounidense, todos los principios básicos apuntan a que Trump perderá de manera contundente en noviembre. Sin embargo, la historia no terminará allí, a menos que el ambiente económico y social de Estados Unidos mejore drásticamente y muy pronto.