El referendo en el Reino Unido sobre su
permanencia en la Unión Europea constituye un paso más en la larga y complicada
historia de ese país con sus vecinos europeos. Divorcio o no, Europa seguirá
teniendo una enorme influencia en la política y la sociedad británicas; la
historia tiene varias lecciones a ese respecto.
Europa hizo al Reino Unido. El surgimiento de
Inglaterra como un estado nación fue producto de las presiones europeas que la
obligaron a defenderse contra las incursiones vikingas. Lo mismo ocurrió con la
formación del Reino Unido, que unió a Inglaterra y Escocia contra la Francia de
Luis XIV.
Además, Europa casi siempre ha sido más
importante para los británicos que el resto del mundo. Por ejemplo, el filósofo
y estadista del siglo XVIII, Edmund Burke, habló acerca de una “Comunidad de
Naciones de Europa” mucho tiempo antes de que la Comunidad Británica de Naciones
siquiera hubiera sido concebida.
La naturaleza del desafío europeo varió en
gran medida con el paso del tiempo. Siempre fue de carácter estratégico. En la
Edad Media, el principal enemigo era Francia. En el siglo XVI y principios del
XVII fue España. Desde finales del siglo XVII hasta principios del XIX, fue
Francia de nuevo; desde mediados hasta finales del siglo XIX fue la Rusia
zarista. Luego, a principios y mediados del siglo XX, primero fue el káiser y
después la Alemania de Hitler; después Rusia de nuevo, con una breve
interrupción tras la caída del muro de Berlín, desde el fin de la Segunda
Guerra Mundial hasta el presente.
Con mucha frecuencia, en peligro también era
ideológico. Desde las herejías continentales en la Edad Media y la
contrarreforma católica (que también se convirtió en sinónimo del absolutismo y
de la tiranía continental) en los siglos
XVI y XVII, el jacobinismo francés a finales del siglo XVIII y los
totalitarismos de izquierda y derecha en el siglo XX, hasta los terroristas
islamistas de la actualidad que llegan de Europa como refugiados.

Sentimiento antijacobino en los periódicos
británicos del siglo XVIII. Foto: BIBLIOTECA DEL CONGRESO
Además, Europa ha dado forma profundamente a
la política interna del Reino Unido. Esto ha sido tema de discusiones sin fin
durante cientos de años. En los siglos XVI y XVII, se produjeron furiosos
debates sobre cuál era la mejor manera de proteger el protestantismo y las
libertades parlamentarias en una Europa en la que ambos elementos se encontraban
bajo fuertes ataques.
A partir del siglo XVIII, los británicos
manifestaron su desacuerdo sobre la mejor estrategia para mantener el
equilibrio de poder en Europa. La ortodoxia preponderante en uno de los bandos
del parlamento (los Whigs) buscaba alianzas y ejércitos en el continente. Por
otro lado, los Tories pedían un mayor control y un mayor énfasis en el poder
naval y colonial del país. En estos debates, algunas personas argumentaron a
favor de la intervención militar en el continente y de interferir en la
política interna de los estados soberanos, mientras que otros exigieron con
igual pasión que el Reino Unido se mantuviera al margen, por razones de
pragmatismo, así como de principios. Ambos puntos de vista están adecuadamente
representados en los dos principales partidos políticos de la actualidad.
Cada uno es producto del
otro
Si Europa hizo al Reino Unido, entonces el
Reino Unido también hizo a Europa. Los británicos dieron forma a Europa en
cuanto a sus intereses y, cada vez más, también en cuanto a su imagen. Su presencia
militar y su reputación en el continente eran usualmente formidables, desde las
icónicas victorias en Agincourt, Dunkerke, Blenheim, Dettingen, Waterloo, así
como en Crimea y durante las dos guerras mundiales, hasta los procesos de
disuasión en Europa bajo la OTAN. Lejos de verse disminuida, Europa creció
gracias al hecho de que muchos de sus triunfos fueron obtenidos con la ayuda de
coaliciones.
El Reino Unido desempeñó una función
importante y con frecuencia decisiva en la mayoría de los acuerdos europeos
desde finales del siglo XVII: el tratado de Utrecht, que consagró el principio
del “equilibrio de poder” hasta el Congreso de Viena, en el que se remodeló a
Europa después de las guerras revolucionarias y napoleónicas hasta los tratados
de la Unión Europea que tenemos en la actualidad.
Además, el Reino Unido vio y dio realidad a
su seguridad mediante el poder de la ideología. Esto comenzó con la defensa de
los intereses del protestantismo en los siglos XVI y XVII, la protección de las
“libertades” europeas en el siglo XVIII, la promoción del liberalismo en el
siglo XIX y la difusión de la democracia en los siglos XX y XXI.

El euroescepticismo y la participación tienen
una larga historia. En la imagen: El mapa más reciente Europa desde el punto de
vista francés. Gran Bretaña, aislada, llena de furia, casi olvida a Irlanda.
España, fumando, se apoya en el pobre Portugal. Francia combate a la invasora
Prusia, que extiende una mano hacia Holanda y la otra hacia Austria. Italia le
dice a Bismark, “quita el pie”. Córcega y Cerdeña son un pequeño bufón que se
ríe de todo. Dinamarca perdió sus piernas en Holstein, esperando poder
recuperarlas. La parte europea de Turquía bosteza y se despierta. La parte
asiática fuma su pipa. Suecia salta como una pantera y Rusia recuerda a un
ropavejero esperando la oportunidad de llenar su canasta.
Foto: BIBLIOTECA DEL CONGRESO DE
ESTADOS UNIDOS
Por todo ello, el Reino Unido ha sido
distintivo en Europa. Su historia europea no es sólo individual e igual a la
del continente, sino fundamentalmente distinta y más benigna. Los británicos
fueron pioneros en dos formas innovadoras de organización política: el estado
nación, representado en el parlamento, y el concepto de una unión multinacional
basada en una combinación parlamentaria de Escocia e Inglaterra.
En contraste, durante los últimos 500 años,
los europeos han explorado la insatisfacción política en muchas formas
diferentes. Estas han ido desde el absolutismo, el jacobinismo, la tiranía
napoleónica, Hitler y el comunismo soviético hasta la bienintencionada pero
poco apoyada Unión Europea de la actualidad.
En pocas palabras, la Europa continental ha
fallado antes de 1935 e incluso ahora, la Unión Europea no ha hecho más que
fallar más gravemente. A diferencia de prácticamente todos los demás estados
europeos que en un momento u otro han sido ocupados y desmembrados, con
frecuencia repetidamente, Inglaterra y el Reino Unido han sido en gran medida,
con excepciones muy breves, el sujeto de políticas europeas, y nunca un objeto
de las mismas.
Este no debería ser una ocasión para
manifestar el triunfalismo británico. Por el contrario, cualquiera que sea el
resultado del referendo sobre su pertenencia, la Unión
Europea no es el enemigo del Reino Unido. El fracaso del proyecto europeo y la
caída del orden continental actual no sólo sería un golpe catastrófico a las
poblaciones que se encuentran al otro lado del canal, sino también para el
Reino Unido, que estará expuesto directamente a las tormentas resultantes, como
siempre lo ha estado.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation
Brendan Simms, catedrático de Historia de las
Relaciones Internacionales, Universidad de Cambridge
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Publicado en colaboración con Newsweek / Published in colaboration with Newsweek