El 3 de enero de 2014, fue un día trascendental para la industria de la impresión en 3-D. las acciones de dos de sus principales compañías, 3D Systems y Stratasys, alcanzaron su punto máximo después de 30 años en el negocio, y las esperanzas eran altas para la tecnología. La mayoría pensaba que democratizaría la fabricación, permitiendo a los clientes producir artículos a la medida desde sus hogares. Ya no tendrían sentido las tiendas al menudeo; los clientes más bien iniciarían sesión en los sitios web de sus marcas favoritas, descargarían archivos personalizados de productos y los imprimirían en pocos minutos. El precio de los artículos se recortaría, los déficits comerciales internacionales se revertirían, las cadenas de abastecimiento éticamente sospechosas se volverían innecesarias y el ambiente se libraría de cantidades incalculables de degradación. Sería la siguiente revolución industrial.
Pero el 3 de enero de 2014 también fue el comienzo de una caída de dos años que vio a las acciones de 3D Systems perder más del 92 por ciento de su valor y a las de Stratasys perder más del 86 por ciento. Las expectativas también se desplomaron; la impresión 3-D se convirtió de salvadora en artilugio. Los analistas e investigadores de la industria ahora están de acuerdo en que el bombo publicitario superó con mucho a las aplicaciones prácticas.
La fabricación aditiva —el término original y menos sexy de la impresión 3-D— ha estado por aquí desde la década de 1980. La estereolitografía, que usa láseres ultravioleta para solidificar una resina plástica sensible a la luz construida en capas para producir objetos tridimensionales, llevó a la formación de 3D Systems en 1986. Stratasys fue fundada en 1989 con otra técnica: el modelado por deposición fundida, que usa calor para derretir un filamento de plástico que luego es construido en capas. La mayoría del negocio temprano de 3D Systems y Stratasys era con clientes industriales que necesitaban soluciones rápidas de prototipos y podían pagar impresoras que cuestan por lo menos cinco cifras.
El precio de las impresoras 3-D empezó a caer en 2005, con el lanzamiento de RepRap, un proyecto de código abierto que buscaba desarrollar una impresora de bajo costo capaz de producir sus propias partes. Cientos de desarrolladores alrededor del mundo se basaron en patentes recientemente expiradas y mantuvieron sus diseños nuevos disponibles libremente a otros, haciendo el progreso rápido y barato. Como resultado, el costo de la impresión 3-D cayó “en un factor de alrededor de 100”, dice Adrian Bowyer, fundador de RepRap. En 2009, MakerBot empezó a vender equipos de impresión por $750 dólares y la demanda superó la capacidad de producción interna de MakerBot. La compañía tuvo que solicitar a los clientes que ya habían recibido sus impresoras 3-D que ayudaran en producir partes para satisfacer las nuevas órdenes. Ese tipo de demanda atrae inversionistas. En 2011, MakerBot recaudó $10 millones de dólares en capital de riesgo, y en junio de 2013 Stratasys adquirió la compañía.
El entusiasmo que fluía por toda la industria creó un golfo entre las expectativas y las realidades. Make Mode, un estudio de diseño y fabricación digital, probó dos máquinas de bajo costo —primero la Replicator 2 de $2,500 dólares de MakerBot, luego la Form 1 de $3,000 dólares de Formlab— pero ambas se averiaban constantemente, dice Blair Gardner, cofundador de Make Mode. Así, Make Mode no tuvo más opción que actualizarse a la uPrint SE de Stratasys y la ProJet 660 de 3D Systems, las cuales cuestan respectivamente $22,000 y $65,000 dólares, de vuelta al rango de cinco cifras.
Make Mode no fue el único que tuvo problemas con las impresoras 3-D de bajo costo. En febrero de 2015, se presentó una demanda colectiva en contra de Stratasys alegando que apresuró intencionadamente impresoras MakerBot defectuosas en el mercado. A lo largo de 2015, MakerBot despidió personal y cerró oficinas y las acciones de Stratasys se desplomaron. Y aun cuando 3D Systems había intentado de construir su propia línea de impresoras de bajo costo, parece que la ha retirado a causa del naufragio de Stratasys, con sus acciones llegando a su máximo el mismo día, para luego caer aún más rápido.
Los analistas se mantienen optimistas. En 2013, Wohlers Associates, una consultora especializada en impresión 3-D, predijo que el sector crecería hasta $10,800 millones de dólares para 2021. A pesar de los horrores de 2015, la firma ahora predice un crecimiento aún mayor, con la industria alcanzando los $21,200 millones de dólares en 2020. Aun cuando la firma es escéptica con respecto al valor de las impresoras de calidad inferior y orientadas al consumidor —“Sólo puedes hacer cierta cantidad de cabezas de Yoda verde lima antes de que te aburras un poco y te preguntes: ¿Por qué compré esta impresora 3-D?”, dice Tim Caffrey, alto consultor de Wohlers—, los resultados de sus sondeos sugieren que más y más clientes industriales comprarán impresoras 3-D de calidad superior y costosas.
Por ejemplo, las impresoras capaces de trabajar con metales ahora son integradas en las líneas de producción. Incluso están produciendo partes por su cuenta propia, como en el contrato de Stratasys con Airbus para producir más de 1,000 componentes para una línea de aeronaves. Stratasys y 3D Systems describen ramales en otras verticales, como la automotriz, la médica y la dental. 3D Systems ha abandonado el mercado de consumidor, descontinuando su línea de impresoras de calidad inferior en diciembre de 2015.
En MakerBot, la esperanza es convencer a las escuelas desde nivel primaria hasta universidades de que las impresoras 3-D pueden ser herramientas de aprendizaje; hasta ahora, MakerBot tiene impresoras en 5,000 instituciones educativas, incluida toda escuela pública en Montclair, Nueva Jersey. La compañía también cree que puede llenar un vacío en el mercado de prototipos.
Pero ¿qué hay de la nueva revolución industrial que nos permitiría imprimir artículos a la medida en casa? “Creo en ese mundo”, dice Jonathan Jaglom, director ejecutivo de MakerBot. “Mi opinión es que estamos a cinco años de ello”. Él tiene confianza en los retos —como la fiabilidad y la falta de opciones de material de impresión (al momento, en realidad sólo se puede imprimir con plástico en casa)— se salvarán. En abril de 2016, Jaglom anunció que Thingiverse, el sitio web de la marca para diseños de productos de código abierto, se abriría a los desarrolladores, creando una interfaz de programación de aplicaciones (API, por sus siglas en inglés) en la que las aplicaciones podrían conectar a software con hardware, diseñadores con impresoras, y usuarios con servicios. Jaglom cree que este esquema reducirá la barrera para entrar, así como la AppStore ayudó a impulsar el iPhone.
Pero la inauguración de la API de Thingiverse parece haber hecho poco para tranquilizar a los inversionistas. El 25 de abril, MakerBot despidió a la mayoría de sus trabajadores fabriles restantes, eligiendo subcontratar la producción de sus impresoras. Durante el mes siguiente, las acciones de Stratasys cayeron casi 14 por ciento, y las acciones de 3D Systems se tambalearon el doble. Los inversionistas tal vez se han percatado de que si la industria de la impresión 3-D necesita depender de la fabricación tradicional para producir sus mercancías, no habrá revolución.