Varios terribles hechos ocurridos la semana pasada han hecho que muchas personas se hagan una pregunta similar: ¿cómo calificar al odio que produjo el asesinato de cincuenta personas en un club nocturno LGBT en Orlando, perpetrado por Omar Mateen, o el asesinato de la parlamentaria laborista Jo Cox, supuestamente cometido por Thomas Mair, en Inglaterra?
En el primer caso, Donald Trump insistió en que el presidente Barack Obama y la virtual nominada demócrata en la contienda presidencial Hillary Clinton lo denominaran “islamismo radical.” Obama se negó categóricamente con base en que implicar a toda una religión no evitará ataques futuros. Puede decirse que el rechazo de Clinton fue más tibio, pero coincidió con el de Obama.
En el segundo caso, hay cada vez más pruebas de que Mair tenía “una larga historia de nacionalismo blanco,” de acuerdo con el Centro Sureño de Leyes contra la Pobreza. No obstante, pocos observadores lo han calificado como terrorismo de derecha, a pesar de las protestas de muchas personas que afirman que existe un doble rasero.
En ambos casos, podemos ver signos de que una tragedia arraigada en el odio puede servir a intereses políticos. El Reino Unido se encuentra en medio de un agrio debate sobre un referendo a realizarse esta semana sobre la salida de ese país de la Unión Europea (Cox apoyaba incondicionalmente la permanencia del Reino Unido en la Unión). Los defensores del referendo han comenzado a especular que el asesinato de Cox será utilizado para revertir las encuestas que demuestran que los opositores a abandonar la Unión Europea actualmente son minoría.
En cuanto a Trump, su arco narrativo sobre Orlando se ha expandido ahora desde su “sugerencia” de prohibir la entrada a los musulmanes a Estados Unidos hasta incluir la culpabilidad por asociación de sus hijos nacidos en Estados Unidos. Esta explotación ha sido tan gratuita que muchos republicanos se rehúsan a hablar en absoluto del lenguaje de Trump, esquivando a los medios en cada ocasión.
Esta distracción no le hace ningún favor a las víctimas de ninguna de las dos tragedias, ni tampoco al combate contra las ideologías que apoyan la violencia extremista. Así como todos debemos reconocer la violencia extremista cuando la vemos, debemos comenzar a reconocer el lenguaje que alimenta una atmósfera extremista en la que esta mentalidad se transmite libremente a los individuos inestables.
Las personas a favor de una mentalidad de “ellos y nosotros”. Las que utilizan un lenguaje violento o apocalíptico para describir el estado del mundo. Las que transmiten una sensación de desesperación. Cada vez más, vemos un lenguaje que refleja estos puntos de vista y la correlación es clara. Con el paso del tiempo, este discurso se vuelve normal y, aunque no es directamente responsable de la violencia, ciertamente no ha ayudado a cambiarla.
Si tenemos la paciencia y el valor, un análisis de buena fe de la naturaleza de estas amenazas no sólo es posible sino necesario. Existen importantes análisis que se deben hacer acerca de la función del islam en la radicalización de Mateen o de la influencia que los grupos de derecha pudieron haber tenido en Mair. En ambos casos, también existen claros indicios de problemas de salud mental que hasta ahora, no han sido tomados en serio. Hay una fórmula para la violencia impulsada en parte por mentalidades totalitarias, la cual necesitamos comenzar a resolver.
Mi temor es que los intereses políticos continúen eclipsando la disciplina y la objetividad que se requiere para comprender este creciente fenómeno. ¿Se trata de islamismo radical? ¿Es terrorismo de derecha? Quizás. Discutir sobre semántica no significa que no podamos avanzar sobre lo que se oculta a plena luz del día, una amenaza insidiosa y creciente a los valores que son tan queridos y por los que ambos países han luchado tanto: la libertad individual, la tolerancia, la democracia y el imperio de la ley.
Las muchas víctimas en Orlando habrían luchado por esos principios. Jo Cox también luchó por ellos durante su breve carrera política. No permitamos que la semántica nos impida a nosotros luchar por ellos.
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Publicado en cooperación con Newsweek /Published in cooperation with Newsweek