El periodista que le corrigió la plana a su bisabuelo

Una noche de junio de 2009, el periodista argentino Javier Sinay recibió un correo electrónico de su padre que llevaba por asunto “Tu bisabuelo”. El mensaje contenía un enlace a un artículo periodístico de 1947, titulado “Las primeras víctimas judías de Moisés Ville”. La firma pertenecía a Mijl Hacohen Sinay.

El artículo era espeluznante: hablaba de una serie de 22 asesinatos cometidos entre 1889 y 1906 por gauchos criollos contra inmigrantes judíos llegados a Moisés Ville, una zona de la provincia argentina de Santa Fe, desde Ucrania, huyendo de los pogroms del imperio zarista.

A partir de ese correo electrónico, Javier Sinay comenzó a reconstruir la historia de su bisabuelo y la de ese pequeño pueblo santafesino, hasta dar con un aspecto poco conocido y complejo de la relación entre gauchos y judíos por aquellos años. Dicha historia se cuenta en su más reciente obra, Los crímenes de Moisés Ville, publicada bajo el sello de la casa editorial Tusquets.

“Estos crímenes se dan en el contexto de una Argentina de la segunda mitad del siglo XIX que está modernizando su sistema de producción agrícola y con gobiernos liberales que quieren correr al gaucho, al criollo y al indio, y poblar el campo con europeos”, explica Sinay en entrevista con Newsweek en Español.

El gaucho, aclara, era un trabajador no disciplinado, una especie de vaquero libre que iba y venía y trabajaba por épocas, por lo que los gobiernos liberales tenían que disciplinarlo y convertirlo en un peón de estancia con horarios y con patrón o terminaría por convertirse en un forastero o en un bandido.

Al mismo tiempo, añade, estos gobiernos parcelaban los campos a través de empresarios colonizadores y los vendían en cuotas muy baratas y a plazos de muchos años a inmigrantes europeos que arribaban a los campos y formaban colonias agrícolas.

“La gente llegaba de todos lados. Venían de Italia, Suiza, Francia, Alemania, y también del imperio zarista, judíos, rusos. Empresarios colonizadores compraban tierra al Estado argentino y se la vendían a los inmigrantes muy baratas”.

En aquellos tiempos en Argentina no había judíos. “Llegados estos inmigrantes al campo se instalan en Moisés Ville, que hoy es un pueblo de 2500 habitantes, y comienzan a trabajar y son parte del sistema de colonia. Lo que sucedía con los gauchos que habían sido expulsados del sistema era que tenían un cierto resentimiento por sus puestos y cierta lucha por el territorio, por lo que cometían muchos robos que terminaban en homicidios. Pasaban, robaban, mataban y se iba, pero no solamente en Moisés Ville, sino en todas las colonias”.

Para investigar estos crímenes, Sinay consultó periódicos de la época y de la provincia de Santa Fe y de otras colonias. También aprendió ídish para descifrar documentos antiquísimos, contrató un detective y viajó repetidas veces a la tierra de los asesinatos.

“Lo que quiero dejar en claro es que no eran crímenes antisemitas ni tenían un componente de xenofobia o de exclusión social con respecto al gaucho. En ese sentido, no es un libro liberal, es un libro que trata de hacer un retrato social de la época, donde hay muy poco entendimiento entre las partes y donde el Estado argentino todavía no actuaba con una presencia completa y vigorosa en la zona”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias

—¿Qué lazos, Javier, unen a tu familia con Moisés Ville?

—Mi familia fue de las primeras en llegar a Moisés Ville, fueron pobladores que salieron del imperio zarista. Mi tatarabuelo era el jefe del grupo familiar, era rabino y era un inmigrante, un funcionario cuya misión era fundar la escuela. Cinco años después de la fundación de Moisés Ville seguía llevando o trasladando gente y ya con las casas construidas se pusieron a crear un poco de cultura, una escuela, una biblioteca y demás.

—¿Cómo resolviste los desafíos que representa investigar un hecho sucedido hace más de 100 años?

—El mayor desafío fue el de las fuentes policiales. Soy un fetichista de los expedientes y de las fuentes judiciales, y sé que no puedes hacer periodismo —para mí este libro es periodismo— sin las fuentes; se necesita un papel, aunque puede ser una mentira lo que está escrito ahí, pero hay que buscarlo, encontrarlo y usarlo o rebatirlo. En este caso no había nada porque habían pasado 120 años, y aunque algunos expedientes de la época sí se conservaban en archivos y en museos, los de estos 22 crímenes no.

“¿Entonces de dónde obtuve el relato de esos crímenes? De otras fuentes escritas, crónicas de la época, artículos o memorias de pobladores de la época que con el paso del tiempo luego escribieron. Me interesó mucho hablar con las familias de las víctimas, con los descendientes, y 120 años después ver cuál era el relato de esos crímenes, qué había quedado en la memoria familiar. Pude hablar con una señora que era nieta de una víctima, los otros ya eran bisnietos, esta señora tenía 97 años y tenía un relato que era muy diferente al de los otros relatos”.

—¿Era muy diferente al relato que escribió Mijl Hacohen Sinay, tu bisabuelo?

—El propio texto de mi bisabuelo estaba lleno de errores y yo lo reescribí discutiéndolo, le corregí la página a mi bisabuelo. Al principio dije: claro, mi propio bisabuelo escribió este texto 50 años después, él estuvo ahí, era muy joven. Pero este texto lo escribió ya viejo, es una memoria, no es una noticia, es un texto largo que cuenta los 22 homicidios, uno por uno. Muchos de esos homicidios tenían tales errores de datos que yo pensaba: claro, 50 años después no hay internet, los datos no están tan sistematizados ni archivados, entonces es fácil que tuviera errores.

“Pero había otros errores que eran muy notables, exageraciones demasiado grandes en algunos casos. Por ejemplo, había un crimen en el que un hombre había sido asesinado de dos o tres puñaladas; se le habían perdido unos caballos, había salido a buscarlos y no había vuelto; lo que pasó es que un gaucho bandido lo encontró en medio del camino, le robó todo, le dio tres puñaladas y lo mató. Pero mi bisabuelo contaba que le había arrancado los ojos de las cuencas, que estaba completamente desfigurado, macheteado y hecho un colador. Había mucha exageración”.

—¿Por qué habría de exagerar sus relatos?

—Encontré muchos escritos de mi bisabuelo —que siempre fue periodista, escribió mucho y recortó sus artículos y los guardó—, y vi cómo fue cambiando en su vida sus intereses. Ese artículo se publicó en 1947, cuando Argentina estaba llena de judíos, especialmente por la Segunda Guerra Mundial. Mi propia idea es que en ese momento, cuando él ya estaba viejo y se había convertido en un cronista y pionero de la vida judía en la Argentina, escribió ese texto influido por el clima de dolor colectivo. Es mi hipótesis, es incomprobable porque sólo él sabe por qué lo escribió. No lo sé, pero para mí resuelve el enigma de por qué esperó 50 años para escribirlo, por eso creo que consciente o inconscientemente hay momentos en los que exagera tanto el pandemonio de un crimen que lo convierte en una cosa que no fue.