LOS RESULTADOS de las elecciones para gobernadores del pasado 5 de junio son inéditos en al menos tres sentidos. Primero, porque nunca antes había perdido tanto el PRI. De 12 estados en disputa ganó sólo en 5. Segundo, porque nunca antes había gobernado menos de la mitad de las 32 entidades federativas. Ahora gobernará sólo en 15. Y tercero, porque nunca antes había conocido la derrota en Durango, Quintana Roo, Tamaulipas y Veracruz. A 27 años del primer triunfo de un candidato a gobernador no priista, ya sólo quedan cuatro estados que aún no han experimentado la alternancia: Campeche, Coahuila, Colima y Estado de México.
De los 12 estados en los que hubo elecciones, el PRI gobernaba en 9 y perdió en 6. También perdió en Puebla, donde el PAN (en alianza con el PT, el PANAL y otros dos partidos locales) volvió a ganar la gubernatura. De ese total de siete elecciones en las que perdió el PRI, además, en cuatro de ellas su derrota fue por un margen mayor al 8 por ciento: en Tamaulipas, por 14.1 por ciento; en Puebla, por 11.8 por ciento; en Quintana Roo, por 10 por ciento; y en Chihuahua, por 8.3 por ciento. No hay mucha materia para los matices. Por donde se le vea, el PRI perdió y perdió en serio.
Tal vez el único atenuante está en los márgenes con los que logró sus escasas victorias. En Hidalgo, por un 16.7 por ciento; en Sinaloa, por 14.8 por ciento; en Zacatecas, por 10.1 por ciento; y en Oaxaca, por 7.1 por ciento. En otras palabras, ganó poco pero donde ganó el PRI ganó con cierta comodidad —la salvedad fue Tlaxcala, donde su ventaja sobre la alianza PRD-PT fue de apenas 3.6 por ciento. Con todo, se trata de un atenuante muy modesto frente a la magnitud de su derrota.
El gran pescador en el río revuelto de la debacle priista fue, sin duda, el PAN. Sin aliados, solito, gana en tres estados: en Aguascalientes y Chihuahua, donde ya había gobernado con anterioridad; y en Tamaulipas, donde llega al poder por primera vez. En coalición con el PRD, aunque en ningún caso con candidato perredista, el PAN gana a su vez en Durango, Quintana Roo y Veracruz. Y en Puebla, ya se dijo, refrenda con tranquilidad su gubernatura.
Por si fuera poco, las derrotas del PAN en Oaxaca, Tlaxcala y Zacatecas no son suyas, pues los verdaderos perdedores en esos estados son los partidos de izquierda (PRD, Morena, PT y MC), que dividieron su voto al competir por separado. En Hidalgo, a diferencia de hace seis años, no tenía ni la menor oportunidad de ganar. Y aunque en Sinaloa también perdió, su derrota es igualmente relativa ya que en ese estado el PAN nunca fue realmente gobierno.
En las izquierdas el saldo no es muy alentador. El PRD confirma que ya no es un partido grande. Cuando compite solo no solamente pierde sino que ni siquiera llega al segundo lugar. Y cuando gana, sólo lo hace cuando no postula cuadros propios y va en coalición con el PAN. Morena no gana pero sigue creciendo y sin necesidad de recurrir a las alianzas. En Zacatecas, Veracruz y Oaxaca, por ejemplo, logra más del 20 por ciento de los votos; mientras que en Puebla, Sinaloa y Tamaulipas no tiene un desempeño tan sobresaliente pero ya rebasa al PRD. El PT alcanza resultados aceptables en Oaxaca, Zacatecas y Durango; no llega ni al dos por ciento en Veracruz, Quintana Roo, Sinaloa y Tamaulipas; pero es capaz de ir en alianza con el PRI en Aguascalientes y Chihuahua; con el PRD en Tlaxcala; y con el PAN en Puebla.
En resumen, el PRD parece ya muy encaminado a convertirse en un partido satélite; Morena ahí la lleva pero todavía le falta mucho, y el PT trata de sobrevivir como sea.

Independientes, un fiasco
El mayor fiasco en esta tanda de elecciones a gobernador fueron los candidatos independientes. En Hidalgo, Oaxaca, Quintana Roo y Tamaulipas ni siquiera los hubo; en Zacatecas hubo dos que juntos no sumaron ni el dos por ciento. Y en el resto de los estados ninguno alcanzó más del 4 por ciento. La excepción fue Chihuahua, en donde José Luis “Chacho” Barraza quedó en tercer lugar con un 18.2 por ciento. El éxito de Jaime “el Bronco” Rodríguez el año pasado en Nuevo León no luce nada fácil de replicar.
Más allá de los ganadores y perdedores, el contraste entre los resultados de 2010 y 2016 arroja un par de datos interesantes. Uno es el relativo al porcentaje de votación que obtuvieron los ganadores: todos los candidatos que ganaron este año lo hicieron con un porcentaje de votos menor al de los candidatos que ganaron en sus respectivos estados hace seis años. Si en 2010 el promedio de votos de los ganadores fue 50 por ciento, en 2016 fue 41.3 por ciento. El otro dato se refiere a la distancia entre el primero y el segundo lugar: en la mayoría de los estados dicha distancia fue menor este año que hace seis. En 2010, la diferencia entre el primer y el segundo lugar promediaba 11.6 por ciento; en 2016, esa diferencia bajó a 8.9 por ciento. Lo primero quiere decir que el umbral para la victoria está bajando; lo segundo, que las elecciones están más competidas. Haría falta estudiarlo con más detalle, pero sería posible que ambos fenómenos fueran consecuencia de una gradual fragmentación del voto, es decir, de que los partidos grandes estén ganando un porcentaje cada vez menor de los votos y los partidos chicos o nuevos un porcentaje cada vez mayor.
Constitución local, ilegítima
En la elección de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México el saldo es inaceptable. Como resultado de la decisión de someter a elección popular al 60 por ciento de los diputados, pero de imponer por designación directa de la Cámara de Senadores, la Cámara de Diputados, el Jefe de Gobierno y el Presidente de la República al otro 40 por ciento, la relación entre el porcentaje de votos y el número de asientos obtenidos por los partidos está sesgada. Morena, que obtuvo el 32.9 por ciento de los votos, tendrá 22 asientos (todos por elección, ninguno por designación). El PAN, que consiguió el 10.3 por ciento de la votación, ocupará 14 asientos (por elección, 7 por designación). Y la alianza PRI-PVEM-PANAL, con el 12.4 por ciento de los votos, contará con 27 asientos (8 por elección, 19 por designación). No hay lógica democrática que pueda avalar semejante aberración. La nueva Constitución de la capital nace ilegítima.
La mayor noticia de este proceso electoral es la derrota del PRI. Si el otrora partidazo quiere ser competitivo en 2018, tendrá que habérselas no sólo con la mala reputación de varios de sus gobernadores sino también con ese costo electoral en el que se ha convertido la impopularidad del presidente Enrique Peña Nieto. El PAN y Morena, por lo pronto, ya huelen la sangre tricolor.