Aun cuando las noticias alrededor del agresor sexual convicto Brock Turner se han vuelto mundiales en días recientes, a los lectores en otras partes del mundo se les podría perdonar si sienten que hay algo muy estadounidense en esa historia. El escenario de fiesta de fraternidad, la obsesión con las capacidades atléticas del perpetrador, la fotografía de él con apariencia honesta que se ha usado ampliamente en vez de la foto de prontuario que se hizo pública con retraso. Estos de talles se sienten poco familiares para quienes vivimos fuera de EE. UU., y en contraste con lo poco que sabemos del trato menos favorable que a menudo se les da a las víctimas negras de violencia (ya no digamos a los perpetradores) en los medios de comunicación y el sistema de justicia estadounidenses.
Pero ¿en verdad pensamos que la llamada “cultura de violación” dentro de la cual se da la violencia sexual, o el privilegio del varón blanco que contribuye al trato indulgente de sus perpetradores, son exclusivos de EE UU?
Es difícil saber el alcance verdadero de la violencia sexual en los campus universitarios del Reino Unido, principalmente porque, como con toda la violencia sexual, no siempre se denuncia. En 2013, el gobierno calculó que sólo 10 por ciento de quienes son violadas o abusadas sexualmente finalmente lo denuncia a la policía; a lo largo de nuestros 40 años de experiencia en proveer servicios de apoyos especializados e independientes a estas sobrevivientes, nosotros en Rape Crisis sabemos que muchas de las razones de que esto suceda se han mantenido inalteradas por décadas. Las sobrevivientes hablan con nosotros de sus sentimientos de vergüenza y culpa por lo que les pasó, o se culpan a sí mismas por no comportarse de forma diferente, de no tomar decisiones diferentes, de no tratar de gritar más fuerte o contraatacar. Ellas hablan de su miedo a que no les crean, de ser juzgadas o culpadas por otros, de volver a ser traumadas por el sistema de justicia penal, de provocarles a sus familias y amistades un sufrimiento innecesario.
No podemos fingir que una cultura más amplia de culpar a la víctima, de minimizar tanto las experiencias de las sobrevivientes de violencia sexual y la culpabilidad de los perpetradores, no contribuye a esta gama de sentimientos que las sobrevivientes tan a menudo tienen que enfrentar además del trauma de ser violadas, atacadas o abusadas sexualmente. Tampoco podemos eludir el hecho de que esta cultura está arraigada en el sexismo. Esto ni por un segundo quiere decir que los hombres y niños no sean violados y abusados sexualmente o que los impactos de estas experiencias en las vidas de hombres y niños son menos severos o de amplio espectro o que las mujeres nunca perpetran violencia sexual. Pero el género es innegablemente significativo en la violencia sexual y en los mitos y estereotipos que apoyan y permiten a los perpetradores. Nuestros medios de comunicación, publicidad y cultura popular nos bombardean con mensajes, con grados variables de sutilidad, sobre, por ejemplo, las sexualidades diferentes de mujeres y hombres.
En una cultura donde las mujeres son deshumanizadas rutinariamente, perduran mitos como aquel arcaico pero duradero de que las mujeres dicen “no” cuando quieren decir “sí”, al igual que la idea de que puedes decir lo que ella quiere por la forma en que se viste, por ejemplo. En esta cultura, la idea de preguntarle explícitamente a una mujer si quiere tener sexo, confirmar con ella para asegurarse de que está cómoda con lo que está sucediendo, parece novedoso o galante.
Al mismo tiempo, como nuestra cultura está saturada de mitos sobre que los deseos y la sexualidad de los hombres son literalmente incontrolables, incluso si se piensa que se han “pasado de la raya” a menudo reciben simpatía porque estaban excitados y su mismísima virilidad los hizo menos responsables de sus acciones. Incluso cuando se acepta que la conducta predadora o abusiva de un hombre es criminal, nuestra cultura todavía halla maneras de culpar a aquella contra quien esa conducta es perpetrada; ella debería saber que no está bien salir a correr sola de noche, o subir a un taxi informal en la calle, o confiar en que su marido o pareja o amigo o colega no la violará en su propio hogar o lugar de trabajo, o emborracharse.
Esta cultura sin duda contribuye a la negación del padre de Brock Turner a aceptar cuán malas y dañinas fueron las acciones de su hijo. Es palpable en la decisión del juez para dar una sentencia tan poco severa. Y si quiere saber cuál es el resultado de dicha cultura, le recomiendo que lea la declaración increíblemente conmovedora de 7000 palabras de la sobreviviente. Por supuesto que es desgarradora pero vaya que vale su tiempo. Desbroza los mitos y estereotipos y nos dice lo que necesitamos saber:
El consentimiento es un “sí” entusiasta que se da libremente por alguien que está en capacidad de darlo, nada menos.
Nadie jamás invita a la violencia sexual contra sí mismas o debería ser culpada por ella; el 100 por ciento de la responsabilidad radica en el perpetrador.
La violencia sexual puede y tiene impactos profundos, muy duraderos en las vidas de las sobrevivientes, sus amistades y familias.
Si esto te ha pasado, no fue tu culpa, no estás sola.