La
cobertura de la campaña de la elección presidencial ha comenzado, y ya me
siento desalentado, aunque no sorprendido. Cubrir objetivamente una contienda
presidencial en la que participe Donald Trump parece prácticamente imposible.
Por
motivos de precisión, justicia y temor al sesgo político, las principales
organizaciones de medios de comunicación están fuertemente comprometidas a
contar “ambos lados de la historia” de una forma tan equilibrada como sea
posible. Si los dos lados de la historia no son comparables en cuanto a su
verosimilitud o su veracidad, el objetivo es encontrar una manera de
equilibrarlos.
Una
de las formas favoritas de hacerlo es centrarse en las estrategias de campaña y
especular sobre sus probabilidades de éxito o de fracaso. Otra consiste en
imputar una falsa equivalencia entre ambos lados y tratarlos de manera
equilibrada.
Una
más consiste en permitir que ambos bandos o, en este caso ambos candidatos,
hablen por ellos mismos (dejar correr los videos) sin imponer ningún juicio de
valor en lo que han dicho. (Esto es para los moradores de etiqueta de la
sección de Vida y Estilo o para los aficionados a revisar datos en las redes
sociales.)
La
vasta producción de notas e intercambios verbales embrutecedores e impulsados
por encuestas acerca del juego de pelota interno de las campañas en las semanas
recientes revela que éste es, una vez más, el método preferido por los
periodistas para mantener la neutralidad y lograr el equilibrio en los medios.
Pero
en un cercano segundo puesto está el viejo favorito de la falsa equivalencia.
Las encuestas revelan que Hillary Clinton y Donald Trump son impopulares y poco
dignos de confianza (por razones muy distintas, pero ese es otro tema).
Es
perfecto. Ya es posible ver cómo la equivalencia asienta sus reales en las más
respetadas organizaciones noticiosas de Estados Unidos. Trump podría ser el
nominado presidencial menos calificado y emocionalmente menos adecuado
propuesto por un partido importante en toda la historia de Estados Unidos, y
posiblemente, una amenaza a la estabilidad de la democracia estadounidense, sin
embargo, “los votantes simplemente no confían en Hillary.” (Conclusión: ambos
son poco dignos de confianza; es mejor considerar simétricamente las fuentes y
las consecuencias de la desconfianza pública hacia cada candidato.)
Ni
Trump, con su nacionalismo intransigente, ni Clinton, con “un remolino de
escándalo que rodea a su candidatura”, satisfacen a un electorado cada vez más
desencantado con la clase política. (Conclusión: dos males igualmente
equilibrados).
El
tercer enfoque de la prensa para contar ambos lados de la historia, que consiste
en permitir que los candidatos hablen por ellos mismos, siempre está listo para
ser utilizado.
Sabemos,
a partir de la temporada de elecciones primarias, que Trump es todo un experto
en atraer cobertura en vivo a cualquier cosa que le pase por la cabeza. Su
narrativa siempre atrae más vistas y clics. Eso es bueno para el negocio.
Además, él siempre está disponible para la prensa, mientras que Clinton
restringe el acceso y evita las conferencias de prensa en toda regla.
Asimismo,
todo el mundo piensa que sus discursos son muy aburridos. Esta
ventaja para Trump podría resultarle contraproducente, como vimos en la
cobertura de su conferencia de prensa en la que defendió su generosidad
personal con los veteranos. Sin embargo, dudo que él la considere un fracaso.
Sólo
pasaron unas cuantas semanas para que la candidatura de Trump, considerado
ampliamente como lunático y peligroso, quedara normalizada en la prensa común y
que fuera manejada en una forma semejante a la campaña de Clinton y su servidor
de correo electrónico privado. Hay mucho periodismo honesto y revelador en las páginas de opinión, medios y blogs de
periodismo explicativo. Michael Gerson, Robert Kagan Adam Gopnikr y Jonathan
Weisman son excelentes ejemplos.
El
problema es la banalidad, la falsa equivalencia y la amoralidad de la cobertura
diaria de la campaña.
Es
posible que la cobertura periodística no haga ni la más mínima diferencia. Trump
bien podría ahogarse con sus propias palabras, fantásticas y llenas de odio.
Pero las bases de la elección apuntan a una contienda muy cerrada, y el
relativo atractivo (o la falta de él) de ambos candidatos podría resultar
determinante.
Desde
el punto de vista del bienestar de la democracia estadounidense, no pienso que ni
siquiera esté cerca. Sin embargo, este no es un tema con probabilidades de
encabezar la cobertura que los medios hacen a esta elección. Es una pena para
la prensa y para Estados Unidos.
Ahora,
volvamos al servidor privado de correo electrónico de Hillary.
Thomas E.
Mann es miembro de alto rango de estudios sobre gobernanza de Brookings
Institution. Su libro más reciente, coescrito con Norman J.
Ornstein, esIt’s Even Worse Than It Looks: How the American
Constitutional System Collided With the New Politics of Extremism (Es peor de lo que parece: Como el sistema
constitucional estadounidense, con las nuevas políticas del extremismo).
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Publicado en colaboración con Newsweek / Published un colaboration with Newsweek