La prensa ha dicho que Rodolfo Rodríguez “El Pana” perdió la
suerte el 2 de mayo: estaba en un ruedo en una plaza de Durango cuando Pan
francés, el segundo toro que lidiaba, lo embistió de manera tan violenta que el
torero se estrelló de cabeza contra el albero.
“Las lesiones son irreversibles, no hay curación posible”, dijo
el director de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Civil de
Guadalajara, Francisco Martín Preciado Figueroa. Se refería a una lesión
cervical con fractura de tres cuerpos vertebrales.
Entonces El Pana, de 64 años, fue sometido a una
traqueotomía. Y tetrapléjico, sin poder hablar debido a la respiración asistida,
le ha pedido a su familia y a los médicos que lo dejen morir.
“Actuaremos con criterio ético y no iremos más allá de lo
necesario”, aseguró el doctor Preciado, “es muy posible que sobrevengan
situaciones que se ajusten a su voluntad. Ahora mismo, su esperanza de vida se
mide por turnos”.
Hijo de un policía judicial asesinado, El Pana nació en Apizaco, Tlaxcala, y se lanzó al
ruedo por necesidad en 1978. Antes de ser torero, vendió gelatinas, trabajó de
sepulturero y de panadero (de ahí su sobrenombre).
Los reportes médicos señalan que su estado es estable, aunque su corazón late cada vez
más lento y la fiebre no baja. Sin querer comunicarse, el torero mantiene los ojos
cerrados.
Y en espera de lo que ocurra con la vida del matador con más
años en las plazas de México, la prensa recuerda el falso acento andaluz que
caracterizó a quien también fue “embestido” por el alcohol y que varias veces
amenazó con retirarse del ruedo para siempre.
En una de esas falsas despedidas, en la Monumental Plaza de
Toros de México, El Pana dijo ante miles de aficionados: “Brindo por las
damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas,
las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi
sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus
muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto”.