Ruth Gates salta de la plataforma y señala una masa de corales que relucen cual espectros bajo las aguas cristalinas, como a un metro de la costa. “Ese coral blanco y aquel de allá, cubierto de algas. Están muertos”, informa. “El coral pardo que crece entre las separaciones sigue vivo”.
Hemos llegado a Moku o Lo’e (Isla Coconut), sitio del laboratorio marino de la Universidad de Hawái, donde Gates y su equipo utilizan lo último en tecnología para averiguar por qué algunos animales coralinos sobreviven al blanqueamiento —evento en que un disparador ambiental, como el agua caliente, hace que los corales se pongan completamente blancos y dejen de crecer—, mientras que otros, a pocos centímetros de distancia, mueren.
No es una mera pesquisa académica. Gates pretende usar los resultados para reproducir —e introducir, eventualmente— un “supercoral” adaptado al clima que permita recuperar los arrecifes enfermos de todo el mundo. “Gran parte de nuestro campo se ha limitado a observar la defunción de los arrecifes”, dice. “Es hora de pensar en soluciones. No tenemos mucho tiempo”.
Esa urgencia ha llevado al equipo de Gates a asociarse con Madeleine van Oppen, ecóloga marina de Australia, en un proyecto a cinco años financiado por el cofundador de Microsoft, Paul Allen (cuya compañía, Vulcan, patrocina proyectos dirigidos a promover la salud y conservación del mar), y cuya finalidad es la “evolución asistida por el hombre”. Dicho objetivo no es muy distinto de lo que hemos hecho a lo largo de los milenos con los cultivos; es decir, realizar cruzas para obtener las variedades de mayor rendimiento para producir las frutas, los granos y las verduras que consumimos en la actualidad. No obstante, el objetivo de reproducir corales, como si fueran trigo o tomates, ha causado controversia.
“¡No son [organismos genéticamente modificados], entiendan!”, aseguró Gates a un público adinerado en la Escuela Punahou de Honolulu, arrancando algunas risitas. Convocó a la conferencia para generar apoyo para un enfoque que alarma a quienes creen que el ser humano jamás debe interferir con la naturaleza, sobre todo cuando la manipulación implica genes, los bloques de construcción de la vida. La bióloga coralina responde a sus críticos diciendo que nuestra civilización generadora de carbono ya ha interferido, y de una manera descomunal; así que, ¿por qué no utilizar nuestra mejor ciencia para reparar el daño? “¿Debemos actuar ahora? Digo que sí”, espetó Gates mientras caminaba arriba y abajo por el escenario. “El ritmo del cambio ambiental es más acelerado que la capacidad de adaptación del organismo. ¡Así de simple!”.
Sin embargo, nada de simple tiene la ambición de resembrar los arrecifes amenazados del mundo, donde la situación ha pasado de mala a gravísima. Sólo en los últimos meses, 93 por ciento de la enorme Gran Barrera de Coral de Australia ha sido dañada por el blanqueamiento, según investigadores de la Universidad James Cook de Australia. Y la destrucción de algunas áreas es, posiblemente, irreparable. El culpable es el sistema climático El Niño, que ha generado una masa de agua caliente peripatética —apodada “la mancha”—, la cual ha avanzado progresivamente por el Pacífico cocinando a su paso miles de millones de frágiles animales coralinos.
DECADENCIA Y DESCONOCIMIENTO
Los corales han estado en decadencia desde hace mucho debido al desarrollo costero, la contaminación industrial e, incluso, las lociones solares que los nadadores untan en sus cuerpos. Gates inició su movimiento de rescate en 1985, cuando un barco destruyó un arrecife que estaba estudiando en Jamaica. Fue una “experiencia horrible, emocionalmente”, recuerda. “Una estructura vibrante, espectacularmente hermosa, como una catedral, creada a lo largo de miles de años, y reducida a escombros”. En ese instante decidió encontrar la manera de rescatar los arrecifes.
Los terrenos de prueba de Gates yacen en Bahía Kane’ohe, donde se encuentra la Isla Coconut. Rodeada por los rugosos acantilados verdes de la Cordillera Ko’olau, en Oahu, y la península de Mokapu, al norte, las aguas de la bahía son de un perfecto color turquesa. Mas las colonias de coral, que cubren 70 por ciento de las áreas someras de la bahía, padecen a consecuencia de una serie de eventos sucesivos de blanqueamiento registrados en los últimos tres años.
El coral que aún sobrevive en la Bahía Kane’ohe es casi milagroso. Desde hace décadas, una gran comunidad de residentes transitorios establecida en las playas de Honolulu permitió que el drenaje y el escurrimiento de tormentas contaminara el mar, precipitando el crecimiento de algas burbuja que casi sofocaron las colonias de coral bajo sus apestosos mantos verdes. Cuando una protesta pública puso fin a esa destructiva práctica, a fines de la década de 1970, los corales se recuperaron gradualmente demostrando el argumento central de Gates, de que los arrecifes pueden rescatarse si se les da una oportunidad. “Los corales tienen una diversidad increíble, en la forma de alimentarse, reproducirse, en su respuesta a la temperatura y la acidez del agua”, asegura Gates. “Me molesta que esta historia enorme y compleja se traduzca en ‘todos los corales habrán muerto en 50 años’. Hay mucho que todavía no entendemos sobre su capacidad de resiliencia”.
El reto ahora es descubrir los mecanismos biológicos que permiten que algunos corales se desarrollen mejor que otros. El equipo de la Universidad de Hawái secuenciará los genomas de las cinco especies principales de corales de la bahía para identificar los genes que les permitan resistir mejor los rigores del cambio climático. Sin embargo, otro factor importante, dice Gates, es la naturaleza de la simbiosis entre los alargados pólipos coralinos y las algas fotosintéticas de los que dependen dichos pólipos para alimentarse.
Los corales se blanquean cuando las algas, llamadas dinoflagelados, son expulsadas de las células tisulares que componen el pólipo coralino. Esto ocurre cuando la temperatura del agua excede cierto punto, aunque no se sabe cuál es ese punto, exactamente. “Todavía no sabemos si las plantas deciden salir —dice Gates—, o si los animales las expulsan”. En cualquier caso, cuando ocurre la expulsión, los corales mueren de hambre.

LA APUESTA POR CAMBIOS EPIGENÉTICOS
En un laboratorio de la Universidad de Hawái, la bióloga molecular Amy Eggers dirige las lentes de un microscopio confocal láser de barrido, el cual permite hacer reconstrucciones tridimensionales de objetos complejos; en este caso, un corte de coral vivo que yace en un minúsculo pozo de agua salada en la platina del microscopio. En la pantalla, la imagen superaumentada del pólipo de coral parece la de un monstruo marino con la boca abierta, y tentáculos que se agitan.
El coral es extrañamente multicolor bajo la luz ultravioleta. “Esos puntos rojos brillantes son las algas dentro del coral”, explica Eggers. Una serie de partículas rojas se aleja lentamente del pólipo. “Puedes ver cómo está ocurriendo el blanqueamiento”, informa Eggers, fríamente, y añade que el blanqueamiento es un proceso gradual: no todos los dinoflagelados salen al mismo tiempo. Y esto explica por qué, en algunos casos, un arrecife puede “blanquearse” y restituirse después. Si algunas algas permanecen dentro de las células, el coral puede recuperarse.
Las células de las distintas especies de coral pueden contener cientos de especies de algas, informa Gates. El inconveniente es que las especies de algas que producen los azúcares que mejor nutren a los corales son las que menos resisten la creciente acidez y temperatura del agua. Sin embargo, si se logra la mezcla correcta de algas y pólipo, el coral podría tener una posibilidad real de sobrevivir, señala Gates. Por ello, su equipo experimentará formando parejas, inyectando pólipos coralinos con nuevas especies de algas para descubrir cuáles mejoran la capacidad de supervivencia del animal.
Con el principio de que “lo que no te mata, te fortalece”, también expondrán el coral a episodios sucesivos de agua más caliente y ácida en tanques experimentales. Para ello, insuflarán burbujas de dióxido de carbono en el agua marina circulante entre fragmentos de coral vivo del tamaño de un puño, simulando así las condiciones oceánicas futuras. Gates, quien se describe como deportista y maestra de artes marciales, compara esto con el entrenamiento atlético: “Es como correr un maratón. Cuando entrenas por primera vez es una agonía, algo completamente ajeno a tu zona de confort. Pero la segunda vez que entrenas, recuperas tu condición de maratonista rápidamente. Tienes memoria muscular, así que no es tan difícil”.
El coral que haya pasado por ese entrenamiento será trasplantado a un arrecife para ver si se desempeña mejor en la naturaleza después de fortalecerse en el laboratorio. El equipo también está haciendo pruebas para determinar si las ventajas del “entrenamiento” pueden heredarse a los descendientes de esos corales. Hollie Putnam, asistente de investigaciones, ha estado estudiando la nueva y revolucionaria ciencia de la epigenética: cómo se transmite la experiencia a través de las generaciones fuera de los canales convencionales de la herencia genética. “Ya hemos descubierto que los retoños de corales que han sido expuestos al estrés resisten mejor las condiciones difíciles que los descendientes de corales que no fueron expuestos al estrés”, dice Putnam.
“Aún no sabemos cuánto tiempo se transmiten estas instrucciones epigenéticas”, agrega Putnam. “Puede ser una generación o varias generaciones”. En todo caso, confía en que al imitar las condiciones oceánicas esperadas con el avance del cambio climático, los investigadores puedan inducir cambios epigenéticos en los corales de laboratorio que permitan que sus descendientes sobrevivan mejor en las aguas más templadas y ácidas del futuro.
A la larga, el objetivo es acelerar los procesos naturales de adaptación coralina para responder al ritmo actual del cambio climático. “La interrogante crítica es: ¿cuán rápido podrán hacerlo?”, cuestiona Paul Jokiel, ecólogo de arrecifes quien descubrió el fenómeno de blanqueamiento en la década de 1970, mientras estudiaba un coral expuesto a las fugas calientes de una planta eléctrica cerca de Pearl Harbor. “Los corales se adaptan a lo largo de cientos y miles de años. Pero casi todos los arrecifes de la actualidad podrían morir si el mar aumentara sólo dos grados centígrados. Si no modificamos nuestras acciones de inmediato, rebasaremos el límite letal muy pronto”.
¿La intervención humana serviría de algo? “Tal vez en algunos arrecifes, a corto plazo”, dice Jokiel. “Pero sólo da un vistazo a las proyecciones para 2030 y 2040. No importa qué hagas, tu trabajo se perderá a la larga”. Y luego está el problema de la magnitud. Si bien Jokiel aplaude la ciencia de punta de Gates, considera increíblemente difícil producir en el laboratorio suficientes semillas coralinas adaptadas para marcar una diferencia en los cientos de especies de coral amenazadas en todo el mundo. “Es mejor invertir nuestra energía y nuestros recursos en algo que seguramente hará una diferencia: reducir el carbono”, dice Jokiel, quien teme que enfocarse en rescatar los arrecifes pueda desviar la atención del esfuerzo real de combatir el calentamiento global.
Gates concuerda en que frenar el cambio climático es la única manera de salvar los arrecifes del mundo, pero dice que también necesitamos ayudar a los corales durante los años difíciles que se avecinan. “El riesgo de no hacer nada —sentencia— es la desaparición de los arrecifes de coral de todo el mundo”.
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Publicado en cooperación con Newsweek /