Donde la guerra es inodora, incolora e insípida

MATEO MARTÍNEZ aprieta el entrecejo y cuatroarrugas cruzan de un extremo a otro su frente morena como surcos en el campo: “Necesito al F1. Busco al fontanero que estaba en Pozo 4”, exclama con su radio Kenwood RS-20 pegada a la oreja y se levanta de su escritorio, como si dar órdenes de pie le garantizara la obediencia de sus subalternos. El hombre de pelo cano habla mirando al piso y da pasos de un lado a otro. Voltea hacia seis empleadas que en la oficina capturan datos con velocidad robótica, pasa junto a un cuadro que indica “El agua es un derecho, no una mercancía” y, antes de acabar el enlace, pide: “Que por favor el F1 me llame”. Pronuncia esa frase no como un servidor público de austera camisa café y pantalón acrílico, sino como un agente secreto, con severidad, como si de sus acciones dependiera la supervivencia de alguien. No se confunde: la vida de los 30 000 habitantes de este pueblo del Estado de México sería muy distinta sin el Sistema de Agua Potable de Tecámac (Saptemac) del que es presidente.

Esta mañana Mateo no tiene tregua: ahora, en su ruta de salida de su despacho del Palacio Municipal, atiende su celular y oye la voz de un enfermo: “Compre Binotal en la farmacia y tome una cápsula cada seis horas”, le responde. La llamada concluye. Baja las escaleras y camina apurado por la plaza del megaurbanizado municipio mexiquense donde nació hace 60 años, cuando las calles aún eran de tierra, las vallas de verdes órganos espinosos y el agua la obtenían, una de dos: si eras un animal, del jagüey Tlatepingo; y si eras persona, del jagüey Milpa, como les decían a los cuerpos de agua de las familias campesinas.

“Hola, doc”, le dice una señora de mandil. “Doctor, muy buenos días”, lo saludan desde la pizzería Casa de la Abuela. “Buenas, doctor”, le sueltan tres policías de Proximidad que vigilan la calle principal. “Días, todavía, doctor”, se ríe un anciano desdentado que baja de su bici para extenderle la mano al médico cirujano. Mateo se detiene, alza el brazo y sonríe discreto a cada uno de sus vecinos: no parece tomarse en serio ese aire de celebridad que lo ha ido envolviendo desde 2011. Como un león, ese año comenzó a luchar para que el agua del acuífero Cuautitlán-Pachuca —que abastece al pueblo— fuera extraída, distribuida y comercializada por los propios habitantes de Tecámac y no por el gobierno municipal que controla desde 1997 Aarón Urbina Bedolla, líder local del PRI que en las últimas dos décadas ha gobernado Tecámac en cuatro periodos. “El jefe” o “cacique” de cabeza rapada que presume en redes una foto abrazando al presidente Enrique Peña Nieto y al gobernador Eruviel Ávila, ordenó construir un reloj monumental en medio de la plaza central. Quizás estaba harto de que su gobierno careciera del dominio del agua en la cabecera municipal. La estructura gris, tosco Big Ben mexiquense, debía ocupar exactamente el mismo lugar del Pozo 1, perforado con faenas sociales en 1953, controlado casi siempre por el pueblo, arrebatado algunas veces por los gobernantes y símbolo de la histórica lucha por el agua que desde entonces calienta en esta tierra del centro del país la relación políticos-población.

Presionado por la gente, el priista no pudo desaparecer ese símbolo. “Míralo”, me pide Mateo y me señala un punto en lo alto. Con un fondo de cielo azul veo una estructura de hierro coronada por un tanque blanco. A su lado, como amenazado por un ogro con manecillas que reclama el trono, la parte superior del pozo logró sobrevivir en las alturas. “Es una reliquia: Urbina quería sustituir el pozo con su reloj, aspiraba a borrar nuestra historia. Ganamos: ahí sigue”, celebra y hago un esfuerzo por leer la inscripción azul que rodea al tanque: “Por la defensa del agua, la tierra y el lugar en que vivimos”, recita Mateo por si mi vista no alcanza, y continúa el camino a su cuartel general, su consultorio. Ahí combate a dos enemigos: las enfermedades de los habitantes de Tecámac y la sucesiva avidez de los gobiernos federal y estatal para que se aprueben normas con diferentes nombres (Ley del Agua para el Estado de México y Municipios, Ley General de Agua o “Ley Korenfeld”, Ley General de Aguas), pero que comparten un mismo anhelo: privatizar el líquido. “Es un crimen: estamos acabando con la Cuenca del Valle de México —dice—. La tierra se vende, se crean fraccionamientos y hay dos efectos: sobreexplotación de mantos e interrupción del ciclo del agua porque se impermeabiliza con chapopote y cemento. La lluvia se pierde porque no consigue filtrarse”, lamenta. Habla del agua como de un animal que se retuerce moribundo.

A pie, avanza por su pueblo con seguridad, como el alerta líder de un movimiento revolucionario. Y sí, aquí hay una larga guerra que, jura el padre de siete hijos, le ha significado estar preso, recibir amenazas de muerte y sufrir múltiples ofensas. Al soldado del agua eso no le importa.


“Con el agua se hacen negocios incalculables. Perder el sistema de agua es perder los negocios de los fraccionamientos”: Mateo Martínez, presidente del Saptemac. FOTO: Antonio Cruz/NW Noticias

ESTADO CRÍTICO

Las bardas del pueblo son fuego cruzado. Mateo tirano, traidor, acaparador, anticonstitucional, lanzan aquí y allá las consignas con fondo blanco. La tipografía colorida está muy cuidada y es impecable la ortografía. “Nada debo, nada temo”, dice desde su camioneta sin dar valor a todos esos ataques sembrados en calles, avenidas, callejones, con la firma del llamado Comité pro Defensa del Agua Tecámac. “¿Quién escribe eso?”, pregunto al hombre que hace minutos recibía las reverencias de sus vecinos. “Gente enviada por el presidente municipal Urbina”, afirma (la oficina de Urbina rechazó dar una entrevista a Newsweek en Españolpara saber su versión). Mateo ha respondido a esas ofensivas con más artillería de letras: “El pueblo de Tecámac no da agua a fraccionadores”, sentencia el muro exterior del Pozo 3 La Nopalera. “El agua no es mercancía ni tiene dueño. No a su privatización, no agua a fraccionadores”, se lee aquí y allá en otros pozos dominados por el organismo popular Saptemac.

—¿Por qué tendría interés el presidente municipal en controlar el agua?

—Con el agua se hacen negocios incalculables. Perder el sistema de agua es perder los negocios de los fraccionamientos. Urbina ha recibido dinero (de los fraccionadores), está comprometido con ellos y no poder darles agua le molesta.

—¿Usted tiene pruebas de que Urbina recibió dinero?

—No —reconoce.

De la vorágine del fraccionamiento, es decir, del cambio del uso de suelo de la tierra agrícola para viviendas de lujo o interés social que absorben volúmenes descomunales de agua, sí hay pruebas. Basta recorrer el municipio y ver la urbanización en Los Héroes Tecámac, Villas del Real, Real del Cid, Real del Bosque, Real del Sol, Real Granada, Santa Cruz, Rancho La Luz, San Nicolás La Redonda, Paseos del Bosque, Galaxias Tecámac y decenas más. Fraccionamientos construidos sobre al acuífero, que extraen agua las 24 horas de todos los días del año para abastecer a 400 000 habitantes del municipio y 9.5 millones del Estado de México e Hidalgo.

Según el Saptemac, para abastecer a industria y habitantes se sacan 500 por ciento más de litros del límite máximo. Es decir, mantener el nivel óptimo del manto implicaría cinco veces la lluvia que cae, el origen de su recarga.

Pero la oficina de Mateo es aún una mina del oro líquido. En los últimos años han recibido solicitudes de agua para gasolineras en la Autopista México-Pachuca y otros puntos, y para nuevos fraccionamientos. ¿La respuesta? “No te damos agua”, jura Mateo y enumera los argumentos que les da a los empresarios: “El manto acuífero esta siendo abatido”.

Su visión tiene antagonistas: “Tecámac crece con orden y las inmobiliarias tienen derecho a construir. Si presentan sus requisitos el municipio respeta sus derechos”, contrasta Omar Romero, vocero del gobierno municipal.

Si el furor del fraccionamiento es puro orden, cerca crece un monstruo. En septiembre de 2015 las cuadrillas del Saptemac pasaban por el rancho Las Memelas y detectaron a trabajadores en acción. Se acercaron y descubrieron que seis personas perforaban un pozo. Hoy, ocho meses después, alrededor de ese pozo se alza una majestuosa planta gris con galpones, oficinas, talleres. La veloz construcción de la planta de la refresquera Peñafiel la encabezan grúas, camiones de redilas, retroexcavadoras, motoniveladoras y cientos de peones de amarillo que cargan materiales y maniobran.

Mateo y su gente se acercaron a pedir razones a la Comisión Nacional del Agua (Conagua). Leopoldo Hernández, subgerente de Atención a Usuarios, les probó que Peñafiel recibió todos los permisos. La empresa cuenta con aval municipal, estatal y federal. Según Mateo, Peñafiel está autorizado a extraer con ese pozo “777 600 metros cúbicos anuales, que equivalen a 60 litros por segundo. Ese único pozo de la refresquera sacará tanta agua al día como la suma de los cincos pozos en activo del pueblo. La cifra asusta, y para que lo imagines te lo pongo así: los pueblos de Tecámac sacamos agua con popote. Peñafiel, con manguera. Es legal, pero no es legítimo”.

—¿Se va a afectar al abastecimiento de la población? Sesenta litros por segundo.

—Definitivo. Los pozos de la planta pueden abatir el acuífero.

Newsweek en Español buscó a funcionarios de la Conagua para saber quién y con qué argumentos autorizó la planta. El director de la Conagua en el Estado de México, Epifanio Gómez, declaró: “No tengo atribuciones en ese municipio para emitir concesiones de agua subterránea; no salió de aquí el permiso e imagino que fue responsabilidad del Organismo de Cuenca (Aguas del Valle de México), cuyo director es Fernando González Cáñez”. Vía su secretaria, González Cáñez negó tener algo que ver con el permiso para extracción de agua a Peñafiel e informó que el área responsable es la Subdirección General de Administración del Agua, hoy a cargo de David Pérez Carreño, quien hasta el cierre de esta edición no había aceptado una entrevista.

Esta revista obtuvo copia del oficio B00.801.02.02 emitido por la Dirección de Administración del Agua de la Conagua, donde se indica que el 28 de julio de 2015 la dependencia otorgó a “Manantiales Peñafiel S. A. de C. V. la autorización para la relocalización de un pozo de su título de Concesión 13MEX101167/26FMDA11, toda vez que se cumplió con los requisitos y trámites señalados en la Ley de Aguas Nacionales y su Reglamento”. La autorización ampara a Peñafiel para “la sustitución de su pozo, y no la extracción de un nuevo o mayor volumen de agua”, dice el documento firmado por el director de Administración del Agua, Francisco Villarreal, quien tampoco respondió, al cierre de esta edición, a una solicitud de entrevista.

La Conagua autorizó que un pozo de otro lugar —quizá sin problemas hídricos— se reubicara en un municipio con graves carencias. En un lugar donde la población tiene escasa agua en sus hogares, Peñafiel extraerá inmensos volúmenes para hacer refresco.

Liliana Pedroza, coordinadora de Asuntos Corporativos de Grupo Peñafiel, tampoco respondió a una solicitud de información para saber por qué la compañía obtuvo los permisos para extraer ese volumen de agua.

Romero, vocero del gobierno municipal, aceptó que el presidente Urbina facilitó a la refresquera su instalación. “En permisos municipales —admitió—, el presidente dio la apertura a que Peñafiel invirtiera y solicitó que los empleos sean para jóvenes egresados de nuestras tres universidades públicas”.

—Aquí el tema no es si Peñafiel dará empleo —le digo—, sino la sobreexplotación de los mantos que Urbina estaría promoviendo.

—Entiendo tu función como periodista —señaló el vocero—, pero Tecámac no tiene problemas de agua.

Su opinión contrasta con la del propio gobierno federal que ya ha hecho público que el acuífero Cuautitlán-Pachuca —de 2850 kilómetros cuadrados y principal abastecedor del líquido en el norte del valle de México— está siendo sobreexplotado dramáticamente.

De hecho, el 20 de abril de 2015, la Conagua y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales publicaron las cifras de la crisis en el Diario Oficial de la Federación.El acuífero, que se nutre del agua de lluvia, tiene una recarga de 356.7 millones de metros cúbicos al año y se le extraen vía concesiones legales, en ese lapso, 415.07 millones de metros cúbicos. Es decir, pierde cada 12 meses 58.37 millones de metros cúbicos: más del 10 por ciento de su recarga, según el “Acuerdo por el que se actualiza la disponibilidad media anual de agua subterránea de los 653 acuíferos de los Estados Unidos Mexicanos”. No hace falta ser matemático para concebir el desastre por venir.

Dicho documento concluye que “no existe volumen disponible para nuevas concesiones”. La realidad, sin embargo, es que la población de esa zona del valle de México crece exponencialmente en nuevos fraccionamientos. Es decir, un volumen cada vez menor de agua debe repartirse a miles más. Ergo: cuando un ciudadano abre el grifo obtiene el eructo de una cañería seca.


“Con el palo de una escoba, hace 60 años rascabas esta misma tierra y a 30 centímetros hallabas agua”: Héctor Islas. FOTO: Antonio Cruz/NW Noticias


EMPEZARON A SECAR

Los pobladores viven otra realidad. Sus bigotes de Dalí se mojan en cada sorbo de su botella de Gatorade. Héctor Islas enrosca su mano venosa como si agarrara algo: “Con el palo de una escoba, hace 60 años rascabas esta misma tierra y a 30 centímetros hallabas agua”. La gente cavaba pozos (o norias) de cuatro metros de profundidad, y surgía el agua que subían con cubeta, polea y lazo. Desde principios de siglo pasado tradicionales fuentes del líquido, las norias eran además lugar de reunión de amigos.

Antes de la llegada de los españoles en esta tierra se encontraba Ameyalco, en náhuatl “donde mana el agua”. Más tarde, ahí mismo se creó la Hacienda Ojo de Agua: buen nombre porque el líquido seguía brotando puro, abundante. Pero en la década de 1970 el aumento población del Valle de México empujó a la gente hacia el norte. Y entonces en la hacienda Ojo de Agua comenzó a construirse el fraccionamiento Ojo de Agua. Mal nombre porque para existir y dar cabida a decenas de miles de personas el ojo de agua fue tapado con cemento. “Y entonces empezaron a secar todo”, añade don Héctor, de 73 años. Aunque en su frase no es visible el sujeto, su “empezaron a secar todo” refiere a los personajes que desde hace medio siglo urbanizaron Tecámac: Asunción, Chonita, Urbina y familia, Pedro Mendoza, Guillermo Bojórquez, Francisco Urbina, Salvador Islas. Los jagüeyes se taparon con piedra, tabique y cemento y sólo quedaron los pozos. Cuando a cuatro metros ya tampoco hubo una gota de agua —a inicios de la década de 1950—, la gente dijo: bastará con cavar más profundo. Sorpresa: ya no había líquido, sino roca. “Y esa roca había que mandarla a cohetear con dinamita para que saliera el agua a 30 o 40 metros”, dice don Roberto Luna, entonces un campesino.

Ya desde esos tiempos, el pueblo de Tecámac no quería saber nada del gobierno si de agua se trataba. El viejo Ojo de Agua y sus alrededores estaban cada vez más secos, y como la tendencia de los poderosos era obtener dinero vendiendo el líquido, la población dijo “esto es nuestro” y formó la Junta Rural de Agua. El organismo creó el primer pozo en 1953 frente a la presidencia y comenzó a tender redes subterráneas hasta las casas. “Tecámac se sobrepobló en cuanto hubo agua y luz. La gente vendió sus terrenos a contratistas que revendieron a fraccionadores”, agrega Roberto, comerciante de 91 años con sombrero de alas, hebilla de alacrán y destartalados tenis sin lengüeta. Ha llenado de plantas su altar del Santo Niño de Atocha para que atraiga fortuna a su austero negocio de jaladores, espantamoscas, regaderas, cucharas y vasos polvorientos. Hoy, el viudo gasta el tiempo vendiendo sus productos baratos y leyendo lo que se le pase enfrente —nos muestra la Guía Familiar de Homeopatía— pero durante 37 años fue el líder hídrico de Tecámac, en su cargo de presidente de la Junta Rural del Agua. Al abandonar sus funciones administrativas hace ocho años, el pueblo de Tecámac ya sumaba cinco pozos activos. Agua considerable para la gente, pero nada para aliviar su propia tragedia: el amplio campo de atrás de su casa, donde pacían sus 17 vacas, se volvió un laberinto de casas de tabique. Desprovistos de pastos, los animales se fueron replegando hasta que se le juntaron todos en su patio. “Ya no hubo donde pastorear. Llegó un cliente y me dijo: quiero una vaca. Le respondí: si te llevas una te las llevas todas. Se las llevó. De mis 17 vacas sólo me queda la pileta donde tomaban agua”, dice Roberto, que si bien ya no tiene ganado está atrapado en otra era de vida campesina: “¡De agricultura, en la radio no hablan nada! Dígale a la Sagarpa que regule los precios de semillas y forrajes —exige—, y que le pase el dato a las radios en las que puro deporte y de agricultura nada!”.

En la radio, deporte y deporte. En Tecámac, viviendas y viviendas. El apabullante paisaje gris sería inofensivo si el agua sobrara. No es el caso.

El patio de la familia de Yadira Orihuela y su hermana se ha vuelto un depósito de cubetas donde hay que andar a tientas, casi de puntitas, como un laberinto multicolor que con cualquier paso en falso podría derramarse. Por más ruegos que hace en el sistema de aguas, sólo tiene sentido abrir el grifo de 9 a 12 p. m., único momento en que brota un chorro que abastecerá para el consumo de ellas, sus tres bebés y sus padres: “El agua casi no llega, y la única ‘solución’ que nos dan cuando reclamamos en la oficina es: ‘¿Sólo tiene servicio tres horas? Su caso es raro’. Y pues ahí estamos, con la vida entre cubetas y garrafones”, dice Yadira.

El enemigo de San Martín Azcatepec y Ejidos de Tecámac, dos humildes colonias, es un encanto con delicadas fachadas beige, jardines con riego por aspersión, techos de tejas, perros de raza y autos de lujo: la colonia vecina Villa de Real. María Hernández, abuela de 45 años con familia de nueve, sabe que la zona residencial alzada junto a su casa chupa tanta agua que es imposible creer en milagros. El agua sale a las 12 del día y se despide a las tres horas. En cuanto surge el chorro, ambas colonias son un show. “Todos corriendo para llenar tambos porque a las tres, olvídese: secos”.

Aunque popular y antigubernamental, el Saptemac es una asociación civil que lleva agua a 4000 tomas domiciliarias, y tiene 25 empleados entre administrativos, ingenieros, fontaneros, albañiles, un experto en sistemas y una cuadrilla de técnicos que resuelven fugas, colocan cajas antirrobo, instalan tomas, amplían la red. Cobran en promedio 100 pesos bimestrales a cada familia que no consuma más de 20 metros cúbicos y su pago a la Comisión Federal de Electricidad por la energía de bombas, cloradores y arrancadores es de 200 000 pesos al mes. Recibe un promedio de dos millones bimestrales por los pagos de los colonos. En la cuenta bancaria del sistema de aguas, dice Mateo, hay un “colchón” de un millón de pesos para gastos extraordinarios como cambio de viejas tuberías de asbesto por otras de PVC o mantenimiento de bombas. El mejor sueldo, dice, es el suyo: 10 000 pesos al mes.

—Suena muy bajo.

—Lo es, pero soy médico cirujano y ejerzo desde 1980. De ahí mis ingresos.

El vocero de la presidencia municipal, Omar Romero, acusó a Mateo de usar el agua como negocio personal. “Más que someter al presidente municipal al escrutinio público, Mateo debería entregar cuentas muy claras de su quehacer en el sistema del agua, que muchas veces utiliza como negocios personales y familiares (sic). Quiere utilizar (a Urbina) como cortina de humo”.

—Eso que usted refiere se llama corrupción —le digo al funcionario—. ¿Tiene estados de cuenta, transferencias, pruebas de que ese dinero va a los bolsillos Mateo?

—No me toca ese papel.

—Usted dijo que son “negocios personales y familiares”.

Romero guarda silencio.

De regreso con Mateo, lo cuestiono sobre el manejo del dinero.

—Lo acusan en el gobierno de que el Saptemac es su negocio personal.

—Hablar es fácil.

—Ustedes, al no ser funcionarios públicos, se mantienen ajenos a los nuevos sistemas de transparencia —le digo—. ¿Cómo transparentan?

—Declaramos a (la Secretaría de) Hacienda y nadie recibe dinero de mano.

—No parece suficiente.

De pronto, la secretaria general del organismo, Carmen Balleza, se une a la conversación. “¿Cómo hacen para evitar dudas?”, pregunto a ella.

—Somos un comité autogestivo sin fines de lucro para autoabasto de la cabecera —explica—. Ningún nivel de gobierno da apoyo económico. En el momento que la asamblea del Saptemac lo decida puede revisar lo pertinente; incluso auditarnos.

—Que la asamblea decida revisar las cuentas parece remoto. ¿No deberían plegarse a los sistemas de transparencia?

—No estamos negados a la posibilidad —responde Balleza.

En sus casi 20 años de existencia como AC, el sistema de aguas ha sido auditado sólo una vez.

Mateo, apoyado por la asamblea, ha fijado una política controvertida: en honor a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, cada miércoles los cinco pozos se apagan y dejan de abastecer un día a la semana. Así, dice, exigen la aparición de los jóvenes y crean conciencia: “Vienen tiempos de una grave crisis de agua —aclara— y cerrar un día sirve para crear una cultura del ahorro y la reutilización”.

Con grandes letras, como para que quien camine por ahí no lo deje de ver, el muro exterior del Pozo 4 muestra la siguiente consigna: “Vive la experiencia de no tener nada tuyo porque todo es de todos, de tener poco y que nada te falte”.

—Pero aquí falta agua en las casas. Nos lo dijeron los pobladores —le cuento a Mateo.

—Falta por dos factores: la construcción incontrolable de fraccionamientos y la época de estiaje; aumenta el consumo y baja nuestra capacidad para dotar a zonas altas. El subsuelo está cada vez más abatido. No hay más agua —dice.

Aunque las perforaciones de los pozos bajan hasta 150 metros, pues en la superficie la roca está seca, en esas profundidades el agua también va desapareciendo.

De 1990 a 2010, la población del municipio pasó de 123 000 a 365 000. Así como su población se triplicó, su fuente de agua siguió siendo la misma. El acuífero exprimido pronto podría entregar las últimas gotas de su tesoro. “El acuífero se encuentra en un estado crítico”, advierte el estudio “Evaluación de la sustentabilidad del acuífero Cuautitlán-Pachuca” del Colegio de Postgraduados.


“Tecámac se sobrepobló en cuanto hubo agua y luz. La gente vendió sus terrenos a contratistas que revendieron a fraccionadores”: Roberto Luna. FOTO: Antonio Cruz/NW Noticias


AMENAZA DE MUERTE

De niño, el segundo de siete hermanos ayudaba a su padre, vendedor de semillas, y a su madre, ama de casa, cargando agua con cubetas desde el jagüey Tlatepingo hasta casa. Cuando Mateo cumplió 13 años, la ayuda fue el peso que la Junta Rural del Agua le daba por cada medidor al que tomaba lectura en casas y establos que desde 1966 recibían agua entubada. El agua lo adoptó, y fue contratado como empleado por la junta cuando era un joven que desde su pueblo viajaba hasta CU para estudiar medicina. En 2000, ya con 43 años, 103 de 106 dueños de tomas domiciliarias que había en su calle, la 16 de Septiembre, lo eligieron como su representante ante el naciente Saptemac, del que pronto obtuvo un alto cargo: presidente del Consejo Consultivo. Y entonces, la guerra. Urbina, presidente municipal desde 1997, comenzó a luchar para adueñarse del servicio de agua: “Sabía que al no tener el sistema de agua perdía control en el municipio y el negocio de los fraccionamientos”. Los miembros del sistema de aguas, herederos de una organización comunal que data de mediados del siglo XX, comenzaron a marchar hasta Toluca para que las autoridades estatales entendieran que en Tecámac el agua, además de un elemento de la naturaleza, es símbolo de la voluntad social, resorte de la acción ciudadana y recurso que no servirá al negocio inmobiliario.

Aunque el sistema de aguas mantuvo sus oficinas en el palacio municipal y siguió con el servicio a los habitantes, la tensión creció. Urbina y Mateo eran, abiertamente, enemigos. El político blandió la espada con un documento, el Plan Municipal de Desarrollo Urbano 2003, donde Tecámac, por contar con población que trabaja en Ecatepec, Coacalco, Tlalnepantla y la Ciudad de México, pasaba a ser “municipio dormitorio”. Es decir, su función sería permitir fraccionamientos en masa: “El ayuntamiento quería sembrarnos hasta un millón de viviendas con el control de todos los sistemas de agua. Dijimos —recuerda Mateo—: Esto una locura: estamos a 2300 metros sobre el nivel del mar, no hay ríos ni lagos que nos abastezcan y dependemos de un acuífero que sirve a 21 municipios del Estado de México —incluido Ecatepec, el más grande y poblado de Latinoamérica— y 13 de Hidalgo”.

El Saptemac rechazó el plan, y en la guerra se desató la violencia.

Entre el 28 febrero y el 1 de marzo de 2005, vecinos aliados a Urbina, policías y personal de la Dirección de Gobernación de Tecámac se hicieron del control de los pozos e irrumpieron en las oficinas del sistema de aguas hasta por las ventanas para apoderarse del mobiliario, la documentación y las computadoras. “Nos despojaron de todo-todo-todo”, dice Mateo, cuya organización fue sustituida por el gubernamental Organismo Prestador de los Servicios de Agua Potable, Drenaje y Tratamiento de Aguas Residuales del Sector Social del Pueblo de Tecámac, que empezó a recaudar dinero. La movilización del pueblo incluyó marchas, plantones en la plaza central, mítines en Toluca (sede del Organismo Descentralizado de Agua Potable, Alcantarillado y Saneamiento que le da servicio al resto del Estado de México) y una estrategia legal que rindió frutos a los siete meses: el Tribunal de lo Contencioso y Administrativo ordenó al gobierno local, el 22 de septiembre de 2005, devolver las oficinas y los cinco pozos a los colonos. Urbina buscó un amparo y no hizo caso a la orden judicial. Los pobladores bloquearon las carreteras de la zona el 21 de enero siguiente y en un cruce de golpes con los granaderos 11 personas fueron detenidas. Cinco meses después, Mateo fue aprehendido por el cargo de sedición. Se le libró auto de formal prisión en el Centro de Readaptación Social de Otumba, del que salió amparado al día siguiente.

Con otra orden del 24 de febrero de 2006, el juez José Salinas reiteró al presidente municipal Urbina que debía acatar el fallo de los juicios 1131 y 1191. Dos años y nueve meses después de la ocupación, hasta noviembre de 2007, el Saptemac recuperó sus instalaciones y el control del agua en Tecámac.

Mateo y Urbina mantuvieron una distancia tensa hasta el 18 de marzo de 2009. Ese día, relata el primero, el presidente municipal le declaró “la paz” ofreciéndole la Dirección de Ecología a través de un enviado. “Como no acepté vino la amenaza de muerte”.

—¿Cómo fue?

—Que mi declaración quede así. Sólo te diré que fue en la esquina de 5 de Mayo y San Rafael.

—¿Le dijeron: “Mateo, lo vamos a matar”?

—No quiero ahondar. Fue por defender el agua y parar los fraccionamientos.

Urbina, a través de su vocero, respondió: “Nunca se le ha amenazado. Ejerce sus derechos de manera libre”.

Por primera vez, Mateo fue electo presidente del sistema de aguas por cuatro años en 2011. Ese año, el adeudo de su organismo por energía eléctrica era de casi dos millones de pesos que ya han sido cubiertos. Siete de cada diez usuarios eran morosos. Sus métodos para obtener recursos han sido, por decir lo menos, ásperos. “El agua es un derecho humano y constitucional. Quien no quiera pagar que no pague, pero le vamos a cortar el servicio desde la red. Si quieren agua, que la acarreen del pozo. Por hacer algo drástico ya pagan siete de diez”. Dice todas esas palabras sin gestos, no se cuelan emociones.

El última día de enero pasado, bajo un toldo colocado en la calle La Legua, la asamblea debía votar a un nuevo dirigente del organismo de aguas o reelegir a Mateo por cuatro años más.

—¿Qué ocurrió ese día? —le pregunto.

—Para recuperar el sistema del agua y evitar las denuncias contra la refresquera, el presidente municipal mandó 50 golpeadores y coordinadoras, como llamamos a las mujeres que regalan despensas y apoyos para que la gente vote al PRI. Detectamos que eran infiltrados, pero para evitar violencia les dijimos: pasen. A las personas del presídium nos aventaron botellas, tierra, tiraron nuestros documentos, voltearon mesas, nos apagaron el sonido y hubo golpes. A la secretaria general (Balleza) le dieron puñetazos y la hicieron rodar —relata.

La asamblea reaccionó al grito de “reelección, reelección”. Atemorizados por la conducta furiosa de la gente, los 50 agresores se fueron.

El vocero del municipio niega con un “para nada” que Urbina los haya enviado.

Mateo sale de la presidencia municipal donde labora a unos metros del presidente municipal, su histórico adversario. Es mediodía y en este momento le toca ser médico.

En la tarde, como el pueblo se lo ordenó hasta el 2020, volverá a su agua.

Muy serio en su camino a un pozo, observa en su camioneta las bardas del pueblo con pintas anónimas contra él. “Es la guerra sucia —exclama desde su enorme altura—. Con los fraccionamientos acaban con nuestro entorno. Crecen la delincuencia, el desempleo. ¡Espérate!”, exclama con su voz potente, resuelto como el soldado que va a la guerra dispuesto a todo.


FOTO: Antonio Cruz/NW Noticias