¿Qué pasaría si rociaras laca para el pelo o aromatizante de ambiente directamente en la llama de un encendedor? Cualquier adulto racional diría: “Nada bueno”. Pero si fueras un adolescente, podrías pensar: “¡Chido!”.
Desde mediados de marzo, las redes sociales se han visto inundadas con videos de jóvenes que encienden llamaradas gigantes poniendo fuego en contacto con líquidos inflamables (casi siempre en interiores). Todo empezó con un usuario adolescente de Instagram que hizo la prueba y publicó la videograbación como #FireSprayChallenge.
El desafío en línea se diseminó rápidamente, y ahora hay más de 4000 publicaciones en Instagram con el hashtag #FireSprayChallenge. La peligrosa proeza es un derivado de #FireChallenge, otra locura de redes sociales muy popular y aún más peligrosa que consiste en cubrirte con líquido inflamable, como alcohol medicinal, y luego prender fuego al torso o las extremidades para luego meterte en la ducha o saltar a la piscina. Ese reto ha resultado en incontables informes médicos de adolescentes con quemaduras de tercero y cuatro grado. El año pasado, un niño británico de 11 años tuvo que someterse a un injerto de piel cuando el desafío salió terriblemente mal. Un quinceañero de Búfalo, Nueva York, murió por las lesiones sufridas al emprender el reto. Las divisiones de seguridad en incendios de varios estados de Estados Unidos han emitido alarmas de emergencia acerca del reto.
Los funcionarios de salud han emitido alertas por otros desafíos de redes sociales muy populares y que ponen en peligro la vida. El #CinnamonChallenge, que consiste en deglutir una cucharada sopera de canela sin agua, puede ocasionar vómito, asfixia y una carrera a la sala de emergencias. El reto se hizo tan popular que en los primeros tres meses de 2012, los centros de intoxicación de todo Estados Unidos recibieron 139 llamadas por sobredosis de canela. La persona que acepte el #EraserChallenge está obligada a tomar un borrador rosado y frotarlo en su brazo mientras dice cada letra del abecedario. Al terminar, algunos tienen quemaduras o cortaduras muy profundas.
La lista de retos que se hacen los adolescentes en las redes sociales es muy larga y variada, y parece un inquietante informe de una cámara de torturas: pide a tu amigo que te empape con agua hirviendo, come un Carolina Reaper (el chile más picante del mundo), vacíate una botella de vodka en un ojo abierto, mastica y traga un cactus completo.
Desde el principio de los tiempos, los progenitores no han podido entender los motivos de la imprudencia y estupidez de sus adolescentes, y muchos expertos consideran que internet sólo ha empeorado la situación. En “los buenos tiempos”, los padres sentían que podían mantener el control de un adolescente descarriado con sólo limitar el tiempo que pasaba con los amigos a quienes consideraban una “mala influencia”. Pero gracias a las redes sociales, gente persuasiva con ideas tontas se ha vuelto omnipresente y se encuentra a la distancia de un clic, un dedazo o un cambio de pantalla. Suma a esto el atractivo de 30 segundos de fama, y algunos adolescentes estarán más que dispuestos a probar lo que sea. Y muchas veces, cuanto más peligroso, mejor.
Con los años, los científicos han estudiado animales jóvenes para explicar la biología subyacente a la conducta de riesgo de nuestros adolescentes. Los primeros experimentos con roedores y primates no humanos ayudaron a precisar los cambios celulares y neuroquímicos críticos del cerebro en desarrollo, los cuales pueden promover conductas que buscan sensaciones y situaciones novedosas. Para la década de 1980, las imágenes por resonancia magnética se hicieron accesibles ampliamente, y debido a su seguridad de uso (no te exponen a radiaciones), los investigadores pudieron usarlas para escanear varias veces los cerebros de jóvenes sanos durante un periodo prolongado. Si bien los datos obtenidos no confirmaron lo que muchos padres suelen afirmar —que sus adolescentes tienen sólo medio cerebro—, revelaron que el desarrollo neurológico crítico ocurre en los años de la adolescencia.
El cerebro se compone de dos tipos de tejido: materia gris y materia blanca. La materia blanca consiste mayormente de fibras nerviosas, las cuales transmiten las señales eléctricas que permiten la comunicación de una región del cerebro con otra. La materia gris está compuesta sobre todo por los cuerpos de las células neuronales y sus dendritas —las partes filamentosas de las neuronas que reciben y envían las señales de las neuronas—, y participa en la memoria y el procesamiento del pensamiento. Hacia los cinco años de edad, el cerebro humano tiene casi 95 por ciento del tamaño que alcanzará en la adultez, pero los escaneos cerebrales han indicado que, en los años siguientes, la materia gris sigue aumentando su volumen, y que ese crecimiento ocurre sobre todo durante la primera etapa de la adolescencia.
Conforme crece la materia gris, lo mismo sucede con la cantidad de células cerebrales y sus interconexiones, y están disparando como locas. Esta activación constante de las sinapsis —los impulsos eléctricos que pasan de una neurona a otra— es fundamental para el aprendizaje y el desarrollo. En los primeros años de la vida, el cerebro adquiere una abundancia de conexiones, más de las que necesita. Luego, mediante el aprendizaje, empieza a eliminar las conexiones más débiles, un proceso que se conoce como poda sináptica. La pubertad marca el inicio de la “especialización”, informa el Dr. Jay Giedd, presidente de psiquiatría infantil y de la adolescencia en la Universidad de California, San Diego. Es en ese momento cuando el cerebro empieza a eliminar las conexiones más débiles que aún quedan. Al mismo tiempo, las conexiones buenas y útiles se fortalecen. Este proceso persiste más allá de los años universitarios.
La poda sináptica es lo que facilita que los jóvenes aprendan cosas nuevas, como idiomas y a conducir un auto. Pero el problema es que todo esto ocurre en la corteza prefrontal, la parte del cerebro que algunos llaman el CEO encefálico, porque es el encargado de las grandes decisiones, de controlar los impulsos y la capacidad de raciocinio (como un adulto racional). “La parte del cerebro que quiere reflexionar las cosas, pensar en las consecuencias, y pensar a largo plazo, sigue construyéndose hasta bien entrados los 20 años”, explica Giedd.

ADOLESCENTES YOUTUBE: “La parte del cerebro que quiere reflexionar las cosas, pensar en las consecuencias, y pensar a largo plazo, sigue construyéndose hasta bien entrados los 20 años”, dice Giedd. Fotos: LEVI JOHNSON/YOUTUBE; CEMEH KOCOROPOB/YOUTUBE; THE LOYAL DUTCHMAN/YOUTUBE; ASHY PINEAPPLEZ/YOUTUBE; MATT 51/YOUTUBE; MURANATU SESAY/YOUTUBE
El cerebro adolescente se siente impelido a buscar nuevas experiencias que le ayuden a aprender, pero los adolescentes aún no tienen las herramientas necesarias para tomar decisiones racionales. Por eso, los expertos señalan que los accidentes, el abuso de drogas, el sexo sin protección y otras conductas de riesgos son comunes en los jóvenes. Según los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, las muertes accidentales aumentan drásticamente al inicio y al final de la adolescencia. La tasa de muerte por lesiones es casi seis veces más alta entre adolescentes de 15 a 19 años, respecto a los niños de 10 a 14 años.
Al mismo tiempo, está ocurriendo algo más que ocasiona que los jóvenes se metan en problemas: la pubertad. Conforme el cuerpo se prepara para los cambios que acompañan la madurez sexual, incrementa la producción de hormonas, incluida la dopamina: el neurotransmisor de “bienestar” que aumenta cuando se activa el sistema de recompensa cerebral. No importa si la recompensa es comida, sexo, dinero, drogas, retuits, seguidores o likes en Instagram, la dopamina actúa de la misma manera. La necesidad biológica de bienestar hace que la persona se comporte de una forma que produzca estímulo y recompensa. Las investigaciones han demostrado que, a fin de que el cerebro registre algo en la memoria, la dopamina debe estar presente; en esencia, eso significa que hace falta la hormona para que el cerebro procese información importante como “no te prendas fuego porque vas a quemarte”.
Y como el cerebro adolescente está inundado de dopamina, siente la necesidad constante de buscar estímulos y recompensas, dice Laurence Steinberg, profesor de psicología en la Universidad Temple. “Las cosas gratificantes son aún más gratificantes cuando eres adolescente”, agrega. Por ello, aunque una cucharada de canela en el esófago pueda ser una experiencia espantosa, el adolescente ignora el dolor físico después de publicar el video, gracias a la descarga de dopamina que desatan las visitas a su página, los likes y los “favoritos”. “La combinación de un centro de recompensa fácilmente estimulado y un sistema de autorregulación aún inmaduro, es lo que contribuye a gran parte de estas conductas de riesgo”, asegura Steinberg.
Peor aún, el uso de las redes sociales alcanza un clímax justo cuando da inicio la conducta de búsqueda de sensaciones. Según la Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente, más de 60 por ciento de los niños de 13 a 17 años tiene, por lo menos, un perfil en redes sociales. En 2015, el Centro de investigación Pew halló que 92 por ciento de los adolescentes entra en línea diariamente, y que 24 por ciento está conectado “casi constantemente”. Los adolescentes alcanzan la “madurez social” entre los 14 y 16 años, tal es el término académico para referirse a “un niño que está en todas las redes sociales”, incluidas las que los adultos ni siquiera conocen.
Eso amplía mucho la oportunidad de influencia. La investigación de Steinberg demuestra que, tratándose de conductas de búsqueda de sensaciones, los adolescentes son igual de susceptibles a pares desconocidos (como influyentes Instagram) que a sus amigos IRL. En un estudio, publicado en Developmental Science en 2014, Steinberg y un equipo de investigadores dividió 64 adolescentes en dos grupos. Los científicos hicieron a los 64 participantes las mismas preguntas acerca de recompensas en dinero, como: “¿Preferirías tener 500 dólares ahora o 1000 dólares dentro de seis meses?”.
Hicieron que la mitad de los adolescentes pensara que un individuo del mismo género y antecedentes parecidos los estaba observando en un sistema computarizado de circuito cerrado. El equipo de Steinberg halló que los participantes del grupo “observado por pares” se mostraron consistentemente dispuestos a aceptar 15 por ciento menos dinero que quienes no eran “observados”. “Sin embargo, no demostramos ese patrón en adultos”, informa Steinberg.
Amanda Lenhart, veterana de 16 años en Pew, ha establecido que sobresalir es un elemento central de la conducta en línea de los adolescentes. En una encuesta de 2014 que Lenhart ayudó a implementar, 40 por ciento de los adolescentes dijo sentirse presionado a publicar contenidos de redes sociales que recibieran muchos likes y comentarios. No obstante, Lenhart también argumenta que la mala conducta de los adolescentes no es exclusiva de la era digital.
“En mi bachillerato, uno de los retos de Spirit Week se llamaba el desafío Chubby Bunny, donde el objetivo era ver quién se metía más malvaviscos en la boca”, recuerda. Todos participaban, aunque era claramente peligroso. “Cursé el bachillerato antes de que hubiera internet, antes de que las redes sociales fueran tan ampliamente accesibles”.
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Publicado en cooperación con Newsweek /Published in cooperation with Newsweek