Piensa en tu temor más
terrible. Ahora, imagina que piensas en eso todos los días. Y que no solo
piensas en eso, sino que sientes que ese temor puede hacerse realidad; y que,
de hecho, ya es una realidad. Ahora, imagina que tratas de enfrentar la vida
con esta incertidumbre constante. Así es la experiencia del Trastorno Obsesivo
Puro (“O Puro”), una forma del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).
Cuando empezó todo esto, no entendía
qué me pasaba. Tenía poco más de veinte años, una época en que todos vivimos abrumados
por grandes incertidumbres. Y fue justamente esa incertidumbre a la que mi TOC
se aferró y comenzó a utilizar como arma para atacarme. Pensé que estaba
pasando por algún tipo de crisis de identidad. Como soy originaria de Europa
Oriental, donde los problemas de salud mental están profundamente
estigmatizados y son vistos como un signo de debilidad de carácter, me
resultaba muy difícil considerar siquiera la posibilidad de tener un trastorno
mental.
Una vez que empecé a tener
pensamientos y temores obsesivos, me puse a investigarlos en línea, y entonces descubrí
el Trastorno Obsesivo Compulsivo. Lo que me estaba pasando parecía cumplir con
todos los requisitos, particularmente los de O Puro, una entidad donde las
compulsiones pueden permanecer ocultas en vez de manifestarse abiertamente. Las
personas con O Puro suelen experimentar pensamientos obsesivos recurrentes igual
que en las formas más tradicionales de TOC, aun cuando no presenten
compulsiones observables. Pero esos pensamientos intrusivos suelen ser el tipo
de cosas que repelen u horrorizan al sufriente, de suerte que son mucho más
difíciles de tolerar.
Cuando supe que mi problema
podría tener un nombre, tuve un momento casi eufórico: esto es, esto es lo que
me pasa, pueden curarme. Y al menos durante un tiempo, esa idea redujo un poco
mi angustia. Así que me puse a visitar las mismas páginas Web una y otra vez,
para asegurarme de que no estaba volviéndome “loca”, sino que tenía TOC.
Una vez que lo descubrí, no pude
dejar de leer sobre el tema, pero eso solo empeoró la situación. Poco a poco no
pude estar en lugares públicos porque me sentía muy angustiada; lo único que
quería hacer era refugiarme en la lectura de los foros y chats en línea sobre
psicología. En una ocasión, tuve que levantarme y salir de una cena con mis
amigos para volver a casa y revisar mis síntomas. No di explicación alguna,
solo tomé mi bolso de mano, me levanté y salí.
Todos los días leía sobre los
síntomas de TOC y confirmaba, compulsivamente, que los tenía. Los revisaba 50 o
más veces al día. Uno de mis amigos me instó a buscar ayuda profesional e
incluso me hizo una cita, porque tenía mucho miedo de hacerlo por mi cuenta. Me
asustaba hablar con desconocidos sobre mis temores, porque ¿qué pasaría si eran
reales?
Imagina que estás parado en
la plataforma del metro, mirando las vías del tren y piensas: “¿Qué pasa si
empujo a la persona que está a mi lado, por accidente?”. Todos tenemos pensamientos
así, a veces, pero los apartamos de inmediato porque sabemos que son absurdos.
Sin embargo, las personas con
TOC no lo hacen. Se ponen a analizar esos pensamientos hasta que caen en un círculo
vicioso de autocuestionamiento y duda. Y cuando estás en uno de esos círculos
viciosos de TOC, tienes dificultades para distinguir lo que es real y lo que es
un pensamiento nada más. Crees que si tienes esos pensamientos, es porque son
ciertos y existe una razón para que los tengas: debes ser una mala persona.
Cuando caía en esos círculos
viciosos sentía la necesidad constante de que alguien me tranquilizara y
confirmara que yo no era una mala persona. Solía preguntar a mis amigos, a
cualquier persona en línea, a mi terapeuta: “¿Y si en realidad no tengo TOC? ¿Y
si en realidad he inventado todo esto? ¿Y si mis temores son reales?”. Te
prevengo: las afirmaciones de otros no sirven de mucho; solo son un remedio
temporal. Tienes que aprender a vivir con tu angustia exponiéndote a tus
temores gradualmente, paso a paso.
Toqué fondo a fines de 2014,
a pesar de estar en terapia. Cuando regresé a casa durante las vacaciones de la
universidad, no pude salir de mi dormitorio; ni siquiera podía hablar con mis
padres porque cualquier interacción humana me causaba una angustia extrema. ¿Por
qué no estaba funcionando la terapia? Pasé muchos días sentada a solas en mi
cuarto, investigando compulsivamente, tratando de aliviar mi angustia.
El hecho de que ni siquiera
pudiese enfrentar a mis padres me hizo comprender que debía hacer algo. Estaba
dispuesta a lo que fuera para mejorar. Cambié de terapeutas y empecé a trabajar
para aprender a vivir con el sentimiento de incertidumbre y aceptar que TOC es,
simplemente, parte de quien soy.
Mi lucha con TOC hizo que me
diera cuenta de que la estigmatización de los problemas de salud mental no se
limita a Europa Oriental. De hecho, incluso viviendo en el Reino Unido, el
estigma atribuido a la enfermedad mental era una de las razones por las que me
resultaba tan difícil expresar mi situación. La falta de conciencia social
sobre la salud mental y sus complejidades dificultó mucho mi recuperación,
porque la gente que me rodeaba –mi sistema de apoyo- tenía muchos malentendidos
y conceptos erróneos.
La mayoría solo conoce la
parte “compulsiva” de TOC e inmediatamente asocia el trastorno con una persona
que se lava las manos de manera compulsiva o revisa las cerraduras de su puerta
una docena de veces. Eso mismo pensaba yo antes. Quizás los pensamientos
intrusivos no parezcan un problema de salud mental grave; con toda sinceridad,
pueden parecer incluso un poco ficticios. Es más fácil observar las
manifestaciones físicas que entender las obsesiones, los pensamientos y los
temores que las precipitan.
No obstante, las obsesiones
son el aspecto más doloroso y dañino del trastorno. TOC ataca tus temores más
profundos y siniestros, y hace que te obsesiones con ellos. Sientes que son ciertos,
que tus temores están volviéndose realidad. Haces todo lo posible para
demostrarte que no es así, pero los pensamientos son tan invasivos que cualquier
noción tranquilizadora solo alivia temporalmente tu sentimiento de vergüenza y
después, la angustia regresa con una fuerza 10 veces mayor. Entre tanto, la
estigmatización de las enfermedades mentales, como esta, solo hace más difícil
que te abras a otras personas. Y terminas sintiéndote más y más aislado.
Los trastornos mentales no se
curan de pronto; nadie despierta un día sintiéndose mejor milagrosamente. Hace
falta mucha fuerza para sobrellevar esa carga adicional durante toda tu vida;
tienes que aceptarla y entenderla, como un nuevo compañero. Tardé medio año en
reconocer que tenía un problema y otros dos años para aprender a sobrellevarlo.
Cuando pensé en escribir
sobre mi experiencia, mucha gente me dijo que, como cualquier otro tema de
salud, este quizás debía mantenerse en privado. Pero, ¿por qué tenía que ser así? Si hablar de padecimientos de salud mental
contribuye a que otras personas se den cuenta de que no están solas y les da la
fuerza para pedir ayuda, entonces todos debemos hablar. La enfermedad mental no
es una debilidad, y hablar abiertamente del tema no es vergonzoso.