Donald Trump y los demócratas no entienden la deuda de EE. UU.

Siguen las bufonadas en la
Gran Gira “¿Yo dije eso?” de Donald Trump.

En octubre pasado, escribí
una columna en Veredict donde me
negué siquiera a describir las cavilaciones de Trump sobre los impuestos como
un “plan” o una “propuesta”, porque lo que dijo era incluso menos específico
que el plan presupuestal de Paul Ryan, plagado de asteriscos mágicos.

Y como era de esperar, hace
poco Trump empezó a decir que, en vez de apegarse a sus sugerencias originales,
mejor negociará la manera de modificar el sistema fiscal. Y presumiblemente, el
resultado sería hermoso, o “enorme” o algo.

Algunas cosas que oculta
Trump en su saco de ideas fiscales parecen un tanto literales, ya que de hecho
habla de incrementar los impuestos a los ricos. Cuando eso comenzó a provocarle
problemas con los republicanos, Trump hizo lo que siempre hace: cambió de
opinión y modificó el curso.

O en palabras de un titular:
“El plan de Donald Trump para elevar los impuestos a los ricos: solo bromeo”.
Expresarlo en esos términos puede parecer todo un reto para un individuo que no
sabe qué piensa.

Su metedura de pata más
reciente vino inmediatamente después de unos comentarios absurdos que hizo la
semana pasada, tocantes a la deuda federal. En una entrevista con CNBC, le
preguntaron a Trump si le parecía que “había una manera real de renegociar esa
deuda”.

Sin pensarlo dos veces,
respondió: “Sí”. Pero un segundo después, dijo, “No. No quiero renegociar los
bonos”. En mi publicación del martes en Dorf on Law, critiqué su posterior
intento de desdecirse, pero hay algunos aspectos que vale la pena mencionar
sobre la nueva perogrullada de Trump.

De cierta forma, compadezco
al pobre tipo. En medio de su aturdimiento, dijo cosas sobre la inversión a
largo plazo en infraestructura que casi parecieron meritorias. Sin embargo,
como ha notado la mayoría, Trump es increíblemente obtuso; de modo que cuando
dice algo coherente, nunca significa nada.

Fue simplemente que, por
casualidad, escuchó que alguien dijo algo que no era una estupidez, y repitió
como perico la frase tan pronto como se le presentó la oportunidad (fue así
como se las ingenió para señalar que el gobierno de Estados Unidos no puede
incumplir su deuda, porque la deuda se paga en dólares que el gobierno puede
imprimir).

Esa breve incursión económica
durante la entrevista con CNBC también permitió que Trump hablara sobre la
importancia de las bajas tasas de interés a largo plazo. Bien hecho. Pero lo
hizo combinando comentarios como: “Y puedo visualizar renegociaciones a largo
plazo, donde tomamos préstamos a largo plazo con tasas muy bajas”.

Así que, aparentemente, vamos
a renegociar los bonos, pero lo haremos reduciendo las tasas a largo plazo.
¿Correcto?

Recordemos ahora que la cita
más comentada de Trump, en aquella entrevista, fue la siguiente: “Tomaría
préstamos, sabiendo que si la economía colapsa, se puede llegar a un arreglo”.
No obstante, cuando se retractó de esos comentarios lo hizo argumentando una
renegociación frente al incremento de
las tasas. Y cuando la economía colapsa, las tasas caen.

Además, como expliqué en la
publicación del martes, como la idea de Trump de recomprar bonos a precios de
descuento solo funcionaría si las tasas aumentan, estaría reemplazando los
bonos de bajo interés existentes por nuevos bonos de alto interés: “Fija ahora
las tasas de interés, ¡mientras siguen altas!”

Todo esto significa que el
intento de Trump de explicar sus comentarios sobre la deuda nacional es mucho
peor de lo que parecía inicialmente. No se trata solo de que esté apoyándose en
un plan que requiere de tasas de interés más elevadas, sino que su premisa
original se fundamentaba en negociar tasas más bajas para el largo plazo. Así
que su nuevo argumento no encaja, de manera alguna, con su afirmación de que
esto es lo que siempre quiso decir.

En mi columna de ayer en Veredict, uso los extraños argumentos de
Trump sobre la deuda para señalar que, en otros aspectos, no dista mucho de la
tendencia principal republicana en términos de ignorancia en política fiscal.

Sí, claro, la mayoría de los
líderes republicanos tal vez quiera que los miembros del Tea Party jamás
hubieran descubierto el techo de la deuda, y ciertamente no han dicho una
palabra sobre los pasmosos comentarios de Trump sobre la deuda. Pese a ello,
como he escrito desde hace ya muchos años, casi todo el Partido Republicano ha
adoptado una forma de ortodoxia presupuestal que es, simplemente, desinformada.

La columna de ayer en Veredict fue bastante extensa, de modo
que quiero mencionar un punto que enfaticé hacia el final del artículo. Allí
señalo que el presidente de la Cámara de Representantes, Ryan, ha estado
enseñando a otros miembros de su partido a decir cosas verdaderamente
desinformadas sobre déficits y deuda.

Por ejemplo, cuando Marco
Rubio (¿lo recuerdan?) seguía en la carrera presidencial republicana, afirmó
que “la Seguridad Social se irá a la bancarrota y llevará a la bancarrota a
todo el país”, una aseveración que sacó directamente del libro de máximas de
Ryan.

Aunque ya antes tuve que
responder a la aseveración falsa sobre la bancarrota de la Seguridad Social, lo
importante aquí es que las dos afirmaciones en la declaración de Rubio/Ryan se
contradicen mutuamente. Es decir, si les damos el máximo beneficio de la duda,
la afirmación de que la Seguridad Social tendría que significar que los fondos
fideicomisarios del sistema se agotarían muy pronto (y eso no sucederá, por
supuesto, pero sigamos el juego).

Si llegara ese aciago día,
sabemos –o al menos, la suposición por defecto es que- los beneficios de
jubilación se ajustarán a la baja de inmediato, a un nivel en que el ingreso
fiscal entrante pueda cubrir los costos.

Sin embargo, si eso sucede,
entonces no habrá manera de que la Seguridad Social lleve “a la bancarrota a
todo el país”. Ryan ha vivido obsesionado con una crisis de deuda (la cual
tampoco significa una bancarrota), pero si se hace un balance anual de la
Seguridad Social, eso permitiría reducir los empréstitos, en vez de aumentarlos.
Ryan debería pugnar porque el fideicomiso para la Seguridad Social llegara a un
balance de cero, si es que cree que la situación general de la deuda es tan
calamitosa.

A menudo he deplorado el
imperativo mediático de encontrar la manera de criticar a los demócratas cuando
atribuyen culpas a los republicanos. Y en años recientes, no han podido hacerlo
sin distorsionar o exagerar algo que han dicho los demócratas.

Y la verdad, me molestan
mucho los comentaristas liberales “hippie-punch”, como el columnista Nicholas
Kristof del Times, quien el domingo
pasado volvió a las andadas en “Una confesión de intolerancia liberal”, donde
retomó el gastado argumento sobre que la hostilidad de la academia hacia los
conservadores (¿no es encantador que un individuo que no tiene grado académico
alguno se pronuncie en nombre de toda la academia?).

Como sea, a través de los
años, también he sido dolorosamente consciente –y he escrito con frecuencia,
con no poco malestar- de que la tendencia principal demócrata ha mostrado el
deseo autodestructivo de erigirse en defensora de la ortodoxia presupuestal.

Todo inició en la década de
1980, cuando el Partido Demócrata pensó que los “déficits Reagan” fueron un
regalo del cielo. “Ahora”, pensaron, “¡esos republicanos serán desenmascarados
como los hipócritas que son! Nos acusaron de irresponsabilidad fiscal durante
mucho tiempo, y al fin llega nuestro turno”.

Esto es, en buena parte, mi
crítica de los años Clinton, y ha sido la base de mi escepticismo hacia Hillary
Clinton, quien parecía igualmente dispuesta a nutrir la narrativa de que
déficits y deuda siempre son malos.

Lo que nunca han entendido
estos demócratas de tendencia principal es que esa narrativa lesiona su agenda,
mucho más que la de los republicanos. Declarar al pueblo que la deuda es mala
hace muy difícil que los demócratas puedan decir lo que quieren.

Y cuando digo que los
demócratas no han aprendido, estoy haciendo un juicio de los criterios actuales
de los líderes del partido. Hace un mes y medio, Nancy Pelosi, líder de minoría
de la Cámara de Representantes, escribió un editorial santurrón en el cual
criticaba a los republicanos del Congreso por “añadir unos estruendosos 2
billones de dólares al déficit, a lo largo de las próximas dos décadas”.
¡Estruendosos!

¿Por qué 2 billones de
dólares son estruendosos? Al parecer, porque un billón es una cifra muy grande,
y estamos hablando de dos billones. Pero claro, no importa que esa cantidad
represente menos de uno por ciento del producto interno bruto a lo largo de las
próximas dos décadas. ¡Incluso si el crecimiento nominal del PIB permanece
atascado en su marasmo actual!

Por supuesto, esto no
pretende ser una defensa del contenido de los recortes fiscales republicanos.
No obstante, Pelosi nuevamente cae en la trampa de la ortodoxia
anti-deficitaria pensando que, como las motivaciones de los republicanos para
aumentar la deuda son malas, es aceptable dar la impresión de que la deuda es
siempre mala.

Pese a ello, Pelosi no solo
refuerza una retórica negativa. También celebra la elaboración de un
presupuesto tipo “pago por uso”, el cual requiere (excepto en emergencias) que
todos los incrementos de gastos y los recortes fiscales se compensen en la
misma legislación con nuevos ingresos o recortes de gastos.

Lo que esto no toma en cuenta
es que el gasto en la infraestructura que tanto necesitamos –tanto, que hasta
Donald Trump se dio cuenta; bueno, más o menos- puede y debe financiarse con
empréstitos.

Pero Pelosi lo volvería
imposible. Tampoco puede contener sus ganas de celebrar “los cuatro
presupuestos anuales consecutivos que fueron balanceados o tuvieron excedentes”
durante los años Clinton, como si el “pago por uso” fuera la razón de ese logro
(más que la expansión de la economía y la burbuja “punto com”).

Mientras que Trump y Ryan
realmente no parecen entender de déficit y deuda, el error de Pelosi es
estratégico. Lo que hace es socavar la capacidad de su partido para gobernar a
futuro, pensando que puede anotarse puntos políticos fáciles a corto plazo a
expensas de los republicanos.

¿Acaso su editorial impidió
que los republicanos aprobaran su recorte fiscal? Por supuesto que no.

¿Aumentó las probabilidades
de que los electores votaran por los demócratas en 2016? Es difícil saberlo en
este momento.

Sin embargo, lo que hizo fue
poner a sus sucesores en la difícil situación de que, un día, tendrán que
explicar que, en realidad, no son anti-déficit después de todo, y eso solo
reforzará el cinismo de los votantes en cuanto a que “todos los políticos son
deshonestos”.

Esperaba que los demócratas
hubieran aprendido la lección. Parece que no.