Aún cuando la presidenta Dilma Rouseff dijo que lucharía por
su mandato, la mayoría de los senadores se ha pronunciado a favor de su
destitución, anticipando el fin de una era.
La noche del
miércoles, la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia, que reúne el Palacio de
Planalto (sede del Ejecutivo), el Congreso y la Corte Suprema, estaba
completamente vacía, rodeada por una valla policial que impide el acceso.
“El
ambiente es muy triste aquí”, comentó a la agencia AFP una mujer que trabaja en el gabinete
de Rousseff, al ingresar al recinto en el que será probablemente su último día
de trabajo en el gobierno.
“Muchos
de nosotros estamos buscando un nuevo empleo. No queremos trabajar para el
vicepresidente”, dijo en referencia a Michel Temer, quien asumirá las
riendas del gigante sudamericano cuando Rousseff sea suspendida por hasta 180
días, mientras el Senado la somete a un juicio político.
“Hay
una sensación de incertidumbre sobre nuestro futuro”, dijo la mujer, que
pidió el anonimato, a la agencia AFP.
Un
responsable de la presidencia dijo al mismo medio que la presidenta Rousseff ya
ha retirado sus objetos personales de su despacho.
Dilma debate si
retirarse de Planalto de la manera más discreta posible o con la actitud
guerrera que siempre la ha caracterizado, rodeada de simpatizantes, dijo la
misma fuente.
En tanto, dentro
del Congreso, el ambiente era de frenesí: los senadores han expuesto sus
argumentos en favor y en contra de la destitución de Rousseff, tanto en el
hemiciclo como en los pasillos.
Todo indica
que la oposición supera con creces los votos necesarios para suspender a la
presidenta, acusada de maquillar las cuentas públicas para disfrazar el déficit
del país, lo que según ellos agravó la profunda recesión económica que
atraviesa Brasil.