La gran muralla de arena

No fue una coincidencia que la filtración se diera justo una semana antes de que el secretario de defensa de Estados Unidos, Ashton Carter, se pusiera en camino en abril para un viaje de alto perfil a Asia, el cual incluiría un vuelo en helicóptero a un portaaviones de Estados Unidos que navega por las aguas disputadas en el Mar de la China Meridional. Según un recuento detallado en el Navy Times, el jefe del Comando de Estados Unidos en el Pacífico, acuartelado en Honolulu, se ha agitado cada vez más y no sólo por la audacia de China de montar instalaciones militares en islas que ha construido en el Mar de la China Meridional —en aguas reclamadas por otros países—, sino también por lo que el comandante percibe como una respuesta totalmente inadecuada de Washington al comportamiento de Pekín.

Según el artículo —que no fue negado por nadie subsecuentemente—, el comandante, almirante Harry Harris, ha propuesto “patrullas más enérgicas y frecuentes” dentro de los 20 kilómetros de islas que Pekín ha construido lejos de sus fronteras, lo que Harris ha llamado “la Gran Muralla de Arena”. Según el artículo, Harris quiere hacer esto antes de que Pekín construya otra isla a tan sólo 225 kilómetros de la costa de Filipinas, un atolón conocido como Bajo de Masinloc que está muy adentro de la zona filipina de exclusión económica de 320 kilómetros.

El viaje de Carter estaba pensado para tranquilizar a los países más pequeños de la región —en especial Filipinas— sobre que Estados Unidos estaba atento. Él marcó el final de 11 días de ejercicios militares conjuntos con Manila al anunciar que tanto la armada como la fuerza aérea de Washington comenzarían patrullas conjuntas en la región, y dijo que su nación añadiría una fuerza duradera de alrededor de 200 efectivos, así como seis aeronaves nuevas y tres helicópteros, a las islas.

No está para nada claro si Carter hizo mucho para impulsar la meta de Washington de tranquilizar a sus aliados. Pekín también ha dejado en claro en semanas recientes su determinación de no retroceder en el Mar de la China Meridional. Durante la cumbre nuclear en Washington a finales de marzo, el presidente Xi Jinping dijo al presidente Barack Obama que no permitiría ningún desafío a la soberanía china en la región. Y poco antes del viaje de Carter, el oficial uniformado de más alto rango entre los militares chinos, general Fan Changlong, visitó las islas Spratly, un archipiélago difuso no muy alejado de Filipinas, y partes del cual son reclamadas por Manila, Vietnam, Taiwán, Malasia y Brunéi.

El miedo en la región, nunca declarado públicamente, es que Pekín, en los meses finales de la administración de Obama, aumentará el ritmo de su concentración militar en la región, segura en el entendimiento de que es poco probable que la confronten. Fuentes diplomáticas y de defensa en dos países dijeron que aun cuando el viaje de Carter fue importante, la respuesta de la armada de Estados Unidos a Pekín ha sido hasta ahora “un poco confusa”, como lo dice una de ellas. Las patrullas que a la fecha han entrado a 20 kilómetros de las islas de Pekín recientemente construidas (o sea, en opinión de Pekín, dentro de sus aguas territoriales) lo han llevado a cabo, como lo señaló el artículo del Navy Times, bajo la doctrina de “paso inocente”, la cual descarta el uso de aeronaves, armamento o sistemas antiaéreos durante un viaje. Lejos de enviarle una señal a Pekín de que Washington está confrontando a China, la preocupación en la región es que tales patrullas sólo han reafirmado la opinión de que China sí tiene soberanía sobre las islas recientemente construidas.

Por lo que se cree como buenas razones, la Casa Blanca se ha resistido a los llamados de Harris de una respuesta más sólida. Busca una cooperación con Pekín en una serie de asuntos que son importantes para Obama, desde el cambio climático y el comercio hasta lidiar con lo que Washington ve como un cada vez más impredecible Kim Jong Un en Corea del Norte. Intensificar la tensión en el Mar de la China Meridional pondría en riesgo la cooperación en estos y otros asuntos, dicen funcionarios de la administración.

Este ha sido el dilema de la administración desde el principio: en cuanto anunció su llamado giro hacia Asia, en el que Estados Unidos se retiraría de Oriente Medio y desplegaría recursos militares y diplomáticos a una región que decidió como más importante para los intereses estadounidenses, le ha asegurado a Pekín que la medida no se trataba de “contener” a China. Pero para cualquiera en la región con ojos y oídos, está a la vista que, en parte, el llamado “giro” sí se trataba de contener a China. ¿Cómo podía no serlo?

Precisamente porque Xi ha montado una muestra de fuerza en la región, los países más pequeños ya muy adentro de la órbita económica de China han mirado cada vez más hacia Washington. La insistencia de Pekín en que su mapa del Mar de la China Meridional —conocido como la “línea de nueve rayas”, el cual básicamente pinta una soberanía de China sobre casi toda la región— sea atendido por todos ha provocado un susto de muerte a países con inclinación a ser amistosos con China (Singapur, por ejemplo), así como a aquellos que históricamente han desconfiado (Vietnam).

Hay un consenso generalizado entre diplomáticos y analistas en la región de que Pekín ha jugado mal su mano; que ha provocado preocupaciones reales donde no era necesario, y que con su puro peso económico estaba llevando a la región en la dirección que quería, o sea, en su esfera de influencia. Pero a Pekín, para alarma de algunos que hasta entonces no se preocupaban por su ascenso, no parece importarle lo que piensen los demás. Y ello podría significar más problemas por venir.

Por ejemplo, se espera que este julio la Corte Permanente de Arbitraje en La Haya dictamine en el caso que presentó Manila contra las reclamaciones de China en el Mar de la China Meridional. Si, como parece posible, Manila se impone, las tensiones en la región se intensificarán. “China seguramente no cederá a la presión que se suscite por el juicio final del tribunal”, escribieron recientemente Kang Lin y Jiang Zongqiang, investigadores del Instituto Nacional de China para Estudios del Mar de la China Meridional, en Haikou. Primero, es posible que trate de resolver las disputas territoriales bilateralmente, lo cual significa, hablando prácticamente, que tratará de sobornar o coaccionar para obtener lo que quiere: reconocimiento de facto de sus reclamos regionales en expansión.

Pero no está claro si sus vecinos le seguirán la corriente. Se habla un poco de que otras naciones podrían presentar reclamos similares si el dictamen es favorable a Manila. Si eso sucede, la respuesta de Pekín es impredecible. Y una vez más, los países más pequeños en la región mirarán hacia Washington en busca de más tranquilidad de la que han recibido hasta ahora. Al Pentágono, según sabemos ahora, le encantaría darla, pero es difícil creer que la administración, ansiosa por salir por la puerta sin tener que lidiar con otra crisis de política exterior, aceptará cualquier cosa que aumente seriamente las tensiones con Pekín. Va a ser un verano muy tenso en Asia Oriental.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek