Luchita es una niña de dedos gorditos con los que juega cuando no sabe qué contestar, los encima y ve de reojo buscando complicidades para evadir las preguntas. Ríe y mete sus manos a las bolsas del delantal amarillo con blanco mientras se sienta en una alta pila de huacales que recién acomodó en la Central de Abastos.
Ella forma parte de un ejército de más de 55 mil hidalguenses de entre cinco y 17 años que tienen ya un trabajo que cumplir, al menos, 36 horas a la semana.
Junto con su mamá, Nica, llegó de la sierra; desde las cuatro de la mañana comienzan su recorrido para ser útiles y ganar dinero para sostener la casa donde las esperan dos pequeños más.
La niña aprendió la lección: “Debe hacer algo para comer, que ayude a ganarse unos centavitos y comprar leche y tortillas”, dice Nica, originaria de Lolotla, quien da gracias Dios de tener una hija comprensiva que la ayuda.
Luchita, de ojos negros y redondos, al igual que 163 mil 854 chiquillos hidalguenses, según Inegi, no recibe ningún sueldo por las labores que realiza, sólo los alimentos que le brinda su propia familia.
A veces canta en náhuatl una que otra tonada que le enseñó una vecina, lo que alegra su corta vida entre diablitos despintados, gritos, chiflidos y mentadas de madre que menudean en ese centro de abastos, considerado el más grande de Pachuca.
Luchita, como le dice cariñosa su madre, mientras le jala una trenza que le forma una especie de corona en la cabeza, no ha podido ser estudiante regular; así como 41 mil 84 niños, no tiene la posibilidad de ir a la escuela.
Ella recoge periódicos de los que traen las papayas y comienza a leer. “Poco sabe, apenas chismea las letras”, dice Nica, quien justifica su atraso académico con el cambio de residencia. “Nos venimos apurados, no teníamos mucho que comer allá y nos siguió”, pero ahora ya va a entrar en septiembre a segundo de nuevo.
En Hidalgo, la condición de los niños que trabajan no es muy diferente a otras entidades. Aquí 16 mil 194 chiquillos sobreviven con menos de 72 pesos al día, dinero que generalmente va directo al hogar.
De acuerdo con las cifras del Inegi, todavía existen 163 mil 854 niños que no reciben ningún tipo de apoyo gubernamental, ya sea becas, uniformes, libretas y útiles escolares, educación, alimentos fríos o calientes.
Juanito y Eliseo son los hermanos de Luchita, juntos completan la familia Hernández Hernández, que vive en La Loma, allá junto con sus tíos que tienen casa “y nos prestaron un cuarto de tiliches, pero pronto tendremos una casita, Eliseo, mi marido, trabaja de albañil en México y guarda dinero”, cuenta ilusionada una joven mujer ajada por el cansancio y las desmañanadas.
Luchita le aprieta la espalda cuando le duele, “carga y se cansa refeo”, dice entre risas mientras se come un pedazo de piña que le regaló la dueña del puesto donde ayudó a barrer junto con su mamá.
Ella no sabe del Día del Niño, “pero ya nos dijeron que nos darán dulces los patrones”, dice Nica sonriente mientras sienta a Luchita en sus piernas.