EN 1996, días antes de que una corte de Pensilvania pudiera sentenciarlo a diez años de prisión por abusar sexualmente de tres niños, Lynn Cozart —un guardia de seguridad de mediana edad— desapareció. Los investigadores lo buscaron durante años, pero el caso se enfrió; hasta 2015, cuando la policía estatal de Pensilvania envió una foto policiaca de Cozart a una unidad nueva del FBI llamada Next Generation Identification (Identificación de Siguiente Generación o NGI, por sus siglas en inglés).
Instigada por el temor de otro ataque tipo 11/9, en 2008 la agencia firmó un contrato de 1000 millones de dólares con el contratista militar Lockheed Martin para desarrollar el NGI. Tres años después, el programa inició un periodo de prueba, y comenzó a operar oficialmente a fines de 2014. Hoy el catálogo digital consultable de “retratos de frente” del FBI ha escalado a cerca de 548 millones de imágenes, la base de datos facial más grande en la historia. Incluye fotos policiacas de criminales; fotos de sospechosos de extremismo violento en el extranjero; y, gracias a un acuerdo con varios gobiernos estatales, licencias de conducir y fotos de identificaciones de estadounidenses que han cometido algún crimen.
Luego de más de una década en fuga, Cozart había envejecido y cambiado su nombre. Pero su rostro no podía mentir. Cuando el FBI corrió una búsqueda, correlacionó la licencia de conducir de un hombre llamado David Stone, residente de Muskogee, Oklahoma, y empleado de un Wal-Mart local. Investigadores de Pensilvania alertaron a la Fuerza de Trabajo de Crímenes Violentos del FBI. En pocas horas, la agencia arrestó al célebre fugitivo. Según Doug Sprouse, analista del programa del FBI, este caso es ejemplo de la manera como las fuerzas de la ley están integrando la tecnología de reconocimiento facial y otros métodos biométricos para aumentar la seguridad en el país. “Después de 19 años”, dice, “[Cozart] fue llevado ante la justicia”.
Agentes federales y policiacos proclaman el programa NGI como un medio futurista para rastrear criminales y extremistas violentos. Pero otros se muestran menos entusiastas. Pese al revuelo del enfrentamiento reciente entre el FBI y Apple por la tecnología de encriptación, los opositores de la vigilancia y los defensores de la privacidad argumentan que los programas de recolección biométrica, como el NGI, son mucho más preocupantes en cuanto a la violación de las libertades civiles. Esos críticos afirman que el programa biométrico del FBI es una extensión de las tecnologías de vigilancia militar más sofisticadas y modernas, que incluyen desde los drones utilizados para vigilancia aérea hasta los StingRays, que interceptan conversaciones en teléfonos celulares.
“Lo que sucede es que están codificando tácticas de contraterrorismo y contrainsurgencia en la vigilancia cotidiana”, acusa Hamid Khan, defensor de la privacidad de Los Ángeles y fundador de un grupo de bases llamado Stop LAPD Spying. “En esencia, todos somos sospechosos”.
Aunque la tecnología de reconocimiento facial evoca imágenes de un salón de control como el de “Minority Report”, la realidad es un poco más prosaica. No hay dos personas que tengan las mismas huellas dactilares, y tampoco hay dos con el mismo rostro. La tecnología del FBI mide distancias minúsculas en la cara de una persona y registra la información. Y aunque los métodos biométricos de la agencia aún están en pañales, funcionarios del FBI aseguran que el programa podría permitir que las fuerzas de la ley localicen e identifiquen a un sospechoso utilizando videos de vigilancia, fotos policiacas, o hasta fotos tomadas de Facebook y Twitter.
Casi un año después del lanzamiento oficial del NGI, la unidad crecía tan rápidamente que necesitó más espacio. Así que, después de Navidad, el NGI se mudó a una instalación más amplia, un edificio de reluciente vidrio con 33 445 metros cuadrados, ubicado en 405 hectáreas de terreno de alta seguridad en las montañas bajas de Clarksburg, Virginia Occidental. El lugar está muy protegido. Para ingresar, los visitantes deben aprobar una verificación federal de antecedentes. Hasta el campus tiene una fuerza policiaca propia, la tercera más grande del estado. Cuando la agencia me dio la rara oportunidad de dar un vistazo, en febrero, Stephen Fischer, veterano de 30 años en el FBI, me sirvió de escolta. Al aproximarnos al nuevo edificio, explicó que fue albergado, deliberadamente, en una propiedad asegurada y apartada casi dos kilómetros de la autopista más cercana, para “que el ciudadano común no tenga idea de lo que pasa aquí”.
El FBI no es la única agencia que almacena datos biométricos en esta instalación. El Departamento de la Defensa también guarda unos seis millones de fotos de combatientes que cumplen su servicio en el extranjero, depositadas en filas y filas de discos duros, almacenados en compartimientos marcados individualmente. Si alguna vez te hicieron una fotografía policiaca, entérate de que tu rostro está guardado en un disco duro en una habitación del tamaño de un campo de fútbol profesional.
El objetivo final del FBI es expandir su antiguo sistema de huellas dactilares para incluir rostros de personas. De modo que, así como un detective busca huellas dactilares en una escena de crimen, la agencia quiere ofrecer a la policía la posibilidad de escanear el rostro de la gente en un video de vigilancia y buscarlo en una base de datos. Para ello, el FBI coteja su base de datos, pero también envía fotos a los departamentos estatales de vehículos automotores participantes (DMV, por sus siglas en inglés). Según donde vivas, cuando firmes para obtener tu licencia, la letra menuda podría autorizar a los agentes de tu estado para que usen tu rostro y cotejen contra los sospechosos en investigaciones activas.
El FBI lanzó su programa biométrico en dos estados —Michigan y Arkansas—, pero otros 16 se han unido desde entonces. Sprouse, el analista de FBI, espera que otra media docena de entidades federales se integren al programa para fines de 2016, lo que añadiría otros millones de fotos al depósito masivo.
La agencia insiste en que sólo realiza búsquedas en bases de datos criminales, pero el uso de fotos DMV es especialmente inquietante para los críticos. Dos de ellos, Electronic Frontier Foundation y Electronic Privacy Information Center —dos de los protectores de la privacidad más importantes de Estados Unidos— han presentado demandas contra NGI para obtener los registros del programa. “Estoy bien seguro de que cuando fuiste a pedir tu licencia de conducir —dice Jeramie Scott, asesor de seguridad nacional en EPIC—, no estabas pensando que esa foto… iba a usarse en búsquedas de reconocimiento facial de gran escala”.
Scott teme que la recolección biométrica pueda derivar, rápidamente, en una invasión diseminada de la privacidad. Por ejemplo, en San Diego algunos policías llevan consigo un dispositivo móvil que les permite escanear tu cara durante un encuentro, sin importar que estés o no bajo arresto, dice. No obstante, la policía de San Digo asegura que la tecnología no se utiliza para recolección de datos. “Sólo sirve para cotejar contra fotos de arrestos existentes en el Departamento del Alguacil”, dijo el teniente Scott Wahl, portavoz de la policía de San Diego, en entrevista con The San Diego Union-Tribune. “No hay un nexo con DMV, ni una base de datos secreta del FBI. Si nunca te han arrestado, si nunca has estado en la cárcel del condado, tu foto jamás aparecerá”.
Con todo, la mayor preocupación de Scott es qué sucede si el software de reconocimiento facial comete un error. Dice que, hasta ahora, no sabe de alguien que haya parado en la cárcel porque el NGI se equivocó; aun así, en 2013 presentó una demanda para obtener documentos internos del programa. Ganó, y lo que descubrió es que el NGI reconoce un margen de error de hasta 20 por ciento.
El FBI dice que su programa está mejorando, pero la tecnología de reconocimiento facial puede cometer —y de hecho, ha cometido— errores, con consecuencias perturbadoras. Tomemos el caso de John Gass, camionero de Boston de 46 años, quien demandó a la ciudad en 2011 después de que recibió una carta que le informaba que el Registro de Vehículos Automotores de Massachusetts había revocado su licencia. Su abogado, William Spallina, dice que el DMV estatal utilizó la tecnología de reconocimiento facial antiterrorista. Cuando escaneó el rostro de Gass, el sistema arrojó dos nombres. Como el algoritmo estaba configurado para disparar una alerta de fraude al producir dos rostros idénticos con distinto nombre, el estado dijo que eso, por sí solo, era evidencia de fraude.
El resultado: DMV revocó la licencia de Gass, dependiendo del fallo de una audiencia. Gass se quedó sin empleo durante dos semanas y demandó a la ciudad. Gass perdió el caso, pero Spallina dice que es espeluznante que un error del sistema pueda causar tantos problemas. “Fue absurdo”, agrega. “No puedes hacer algo así sin siquiera una audiencia”.
El FBI asegura que toma muy en serio las inquietudes sobre privacidad e insiste en que su programa de reconocimiento facial no ha conducido (ni conducirá) a arrestos falsos. Dice que agentes policiacos y del FBI jamás meterían a una persona en la cárcel basándose sólo en la información proporcionada por el software. “Nadie llamará a tu puerta y hará un arresto basado en la información que proporcionamos”, dice Sprouse. “Debe haber información de apoyo”.
Stephen Morris, veterano del FBI que supervisa la unidad NGI, dice lo mismo. “Todo lo que se hace aquí se hace pensando en la privacidad”, afirma. Y cuando la agencia utiliza la biométrica, agrega, “el nivel de certidumbre de que hemos hallado a la persona correcta aumenta exponencialmente”.
Eso ocurrió en el caso de Cozart, pero cuando pedí al FBI que me diera otro ejemplo del uso de reconocimiento facial para localizar a un criminal o extremista violento, la agencia no pudo proporcionarlo. Tal vez por eso los opositores como Khan dicen que el programa NGI de la agencia es otro ejemplo de inversión federal en una tecnología que —aunque ideada para ayudar a las fuerzas de la ley— terminará convirtiéndose en otra versión, costosa y cuestionable, de vigilancia orwelliana.
“Con todas estas herramientas, ya hay una sobrecarga de información”, asegura Khan. “Nuestro dinero se destina a todas estas cosas, al complejo de vigilancia industrial”. Y el presupuesto para esos programas, agrega, es “el infinito, porque la guerra contra el terror no tiene fin”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek