“Permítame hacerle una descripción del vecindario”, dice
Leroy Patton mientras estaciona su automóvil a un lado de Lawson Road. Se
retira el palillo de la boca y lo usa para señalar a una casa vacía, con una
muñeca abandonada boca abajo sobre la hierba que crece en la parte frontal. El
matrimonio Lawson solía vivir aquí, señala Patton; la calle fue bautizada así
en honor a ellos. “Murieron de cáncer y ataque al corazón”.
Señala hacia otra propiedad. “Aquí vive Pat. Sus padres
murieron de cáncer ahí, y ahora su esposo también está enfermo”. Voltea para
mirar un largo camino bordeado de árboles y automóviles inservibles. “Y esta de
aquí es mi casa. Sólo quedamos yo y mi anciana esposa. Todos han muerto mi
familia excepto yo. Todos murieron de cáncer”.
La familia Patton ha vivido en Lawson Road en Crossett,
Arkansas, por tres generaciones. Al igual que la mayor parte del pueblo, los
Patton se ganaban la vida en el aserradero y la fábrica de papel cercanos. En
1962, cuando Patton tenía 20 años, Georgia-Pacific, una empresa maderera y
fabricante de productos de papel de rápido crecimiento, compró la fábrica y la
convirtió en una planta productora de papel, productos químicos y madera
contrachapada. La producción aumentó enormemente. Patton vio como la fábrica
prosperaba y llevaba prosperidad a su pueblo: 1200 empleos, 6.7 millones de dólares
en ingresos fiscales, un zoológico, una impresora 3-D para la biblioteca. Pero
también vio cómo sus padres, vecinos y amigos de la preparatoria iban muriendo
uno a uno.
A menos de 1.6 kilómetros, Penn Road cuenta una historia
similar. En 15 hogares, 11 personas han muerto de cáncer. “Mira aquí,” dice
Patton, señalando a la nube permanente que se eleva por encima de la fábrica de
Georgia-Pacific. “Mira lo cerca que estás de la fábrica.” Esta última funciona
las 24 horas del día, 365 días al año, y emite más de 680 388 kilogramos de
productos químicos tóxicos cada año, de acuerdo con el Inventario de Emisiones
Tóxicas del Organismo de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus
siglas en inglés), que se basa en cálculos informados por la propia empresa.
Entre las emisiones se incluyen carcinógenos conocidos, como el formaldehído,
las dioxinas y el cloroformo.
La planta también emite un flujo continuo de sulfuro de
hidrógeno, tanto en el aire como en las corrientes de su sistema de tratamiento
de aguas. Una de estas corrientes, a la que los residentes llaman “Stink Creek”
(Arroyo Pestilente), corre a través de la parte trasera de las tierras de
Patton. Cuando el viento sopla en la dirección equivocada, transporta un fuerte
aroma metálico a las casas de los residentes cercanos. Un intenso olorcillo
produce picor en la nariz y ardor en la garganta y los pulmones.
Los residentes comenzaron a quejarse en la década de 1990.
Además de los molestos olores, estaban los químicos que se filtraban a través
de las unidades de aire acondicionado y el cableado de cobre. Georgia-Pacific
respondió yendo de puerta en puerta, entregando cheques a cambio de formularios
firmados de descargo de responsabilidades en los que se absolvía a la empresa
de cualquier responsabilidad por daños en las propiedades o en la salud de los
residentes. “Un hombre vino a mi casa”, señala Patton. “Traía una chequera, me
dijo que iba a entregarme un cheque. Hice que se fuera”.
Pero otras personas firmaron: Marion y Lila Thurman de
Thurman Road recibieron 158 000 dólares. David y Barbara Bouie de Penn Road
recibieron 34 000. A cambio, acordaron absolver a Georgia-Pacific “de cualquier
lesión física y personal o muerte pasada, presente o futura, conocida o
desconocida, prevista o imprevista”.
Cuando se le preguntó acerca de los formularios de
descargo de responsabilidad, Georgia-Pacific respondió que los enunciados
acerca de las lesiones personales y muerte no eran más que “una práctica legal
estándar” y que no reflejan la posibilidad de que la fábrica pudiera ser
responsable de las enfermedades de los residentes.
EL RÍO PESTILENTE
El río Ouachita comienza en el lago Ouachita en el centro
de Arkansas, donde su color es azul brillante. Cuando llega a Monroe,
Louisiana, 80 km después de pasar por la fábrica de Georgia-Pacific, su color
es marrón oscuro. “La mayoría de las personas de Monroe y West Monroe ignoran
que el color del río es anormal, pues es el único color que han visto”, dice
Cheryl Slavant. “Pero así es. Recuerdo cuando nuestro río era azul y hermoso”.
Slavant también recuerda cuando se sentaba en el muelle
cuando era niña y veía los espectáculos de esquí acuático. Su marido recuerda
cuando pescaba en él y cómo freía su pesca para cenar. Pero a finales de la
década de 1950, el río comenzó a cambiar. No fue sólo que el agua se volviera
marrón. El departamento de salud local advirtió a los residentes que limitaran
la cantidad de peces que consumían debido a las altas concentraciones de
mercurio. Ya no hay más competencias de esquí acuático porque los residentes
temen nadar en esas aguas. Algunos días, dicen los residentes, el río despide
un olor pestilente.
En 2007, Slavant puso en marcha Ouachita Riverkeeper, un
grupo que trabaja para limpiar y proteger el río Ouachita. Slavant y su patrulla
voluntaria apenas había comenzado a investigar la causa de la contaminación en
2009 cuando recibió una llamada de Crossett. Los residentes de esa localidad
habían escuchado acerca de su trabajo y dijeron saber la causa por la que el
río se había vuelto marrón y creían que estaba enfermándolos a todos. Así que
Slavant se reunió con varios residentes y los ayudó a formar una organización
llamada Crossett Concerned Citizens for Environmental Justice (Ciudadanos de
Crossett Preocupados por la Justicia Ambiental), la cual creció rápidamente. En
un momento dado, Slavant contó a más de 700 miembros, más de 10 por ciento de
la población de esa ciudad. En sus reuniones, ella escuchó historias acerca del
Arroyo Pestilente y cómo acarreaba las descargas de la fábrica a través de la
ciudad hacia las cuencas de tratamiento y de ahí hacia el río Ouachita.
Georgia-Pacific afirma que su sistema de tratamiento de
aguas es meticuloso, se supervisa cuidadosamente y cumple plenamente con las
leyes de acuerdo con parámetros establecidos en el permiso concedido por el
Departamento de Calidad Ambiental de Arkansas (ADEQ, por sus siglas en inglés).
La empresa también señala que el Arroyo Pestilente es una parte legal y
necesaria de ese proceso. Barry Sulkin, científico ambiental de la organización
Empleados Públicos a Favor de la Responsabilidad Ambiental (PEER, por sus
siglas en inglés), no está de acuerdo. El Arroyo Pestilente, señala, no debería
ser un canal de tratamiento de aguas. En realidad es una corriente llamada Arroyo
Café, un cuerpo de agua natural anterior a la construcción de la fábrica, y
está protegido por la Ley Federal de Aguas Limpias.

CIUDAD TÓXICA: Un mapa en el que se muestran los niveles
de concentración de sulfuro de hidrógeno en los vecindarios de Crossett alentó
a los residentes para exigir una investigación a la fábrica de Georgia-Pacific.
FOTO: NICOLAUS CZARNECKI/ZUMA/ALAMY
El Servicio Geológico de Estados Unidos ha explorado la
región desde 1934, tres años antes de que la planta comenzara a producir papel
y décadas antes de que Georgia-Pacific adquiriera la fábrica. Los primeros
mapas muestran que el Arroyo Café comienza dentro de lo que después sería el
complejo de Georgia-Pacific y corre hacia el lago Mossy antes de continuar
hacia el río Ouachita; en mapas trazados posteriormente, se muestra que el
arroyo comienza dentro del complejo. La ley de Aguas Limpias, aprobada en 1972,
exige que cualesquier contaminantes descargados en cuerpos de agua sean lo
suficientemente limpios como para no perturbar las actividades en dichas aguas,
como la pesca, el consumo humano y el apoyo de la vida silvestre. La ley
concede a los reguladores estatales, como ADEQ, el poder para determinar cuáles
son esas actividades y cuáles deben ser los límites establecidos a los
contaminantes. En este caso, ADEQ determinó que el Arroyo Café y el lago Mossy,
a través del cual corre, no tienen ningún “uso de pesca/nado o de suministro
doméstico de aguas”.
Sin embargo, en un análisis de asequibilidad de uso (UAA,
por sus siglas en inglés) realizado en 2007 y publicado por EPA, el organismo
encontró que, “además de las comunidades de peces y macroinvertebrados que usan
el Arroyo Café y el lago Mossy, otras especies silvestres viven o tienen
contacto frecuente con ese cuerpo acuático. Se sabe que las ratas almizcleras,
castores, nutrias, tortugas y patos usan el Arroyo Café y el lago Mossy, en
ocasiones, en cantidades muy elevadas”. Concluyó que “las aguas del Arroyo Café
y del lago Mossy tienen el potencial de apoyar la vida acuática característica
de las corrientes de agua de esa región ecológica”.
Estos hallazgos podrían haber afectado seriamente los
parámetros del permiso de Georgia-Pacific si se hubiera exigido a la ADEQ que
los tuviera en cuenta. Pero la empresa envió una carta a la EPA (con copia a varios congresistas y
senadores de Arkansas y Louisiana) en la que acusaba al organismo regulador de
actuar sin su conocimiento, y exigía la oportunidad de rehacer el estudio
empleando a un contratista de su elección. La EPA estuvo de acuerdo, el UAA de
2007 se dejó de lado, y las aguas residuales de Georgia-Pacific continuaron
fluyendo. Mientras tanto, Georgia-Pacific contrató a la empresa de ingeniería
ambiental Aquaeter para que llevara a cabo un estudio. Realizó un borrador de UAA
en 2013 pero no ha finalizado ni publicado ningún hallazgo.
Slavant afirma que todo se reduce a cuestiones políticas.
La EPA es financiada por el Congreso, y los miembros del Congreso son
financiados por las empresas. Los miembros del Congreso también responden ante
quienes los eligieron, y estas personas desean tener empleos. Georgia-Pacific
proporciona 1200 de ellos a la zona del sur de Arkansas y nadie, ni el estado
de Arkansas, ni sus representantes ni los residentes de Crossett pueden darse
el lujo de poner en riesgo esos empleos.
Para Tim Toler, presidente de la Cámara de Comercio de
Crossett, estos empleos son más que eso, son lo que da vida a Crossett. “Estos
empleos proporcionan un excelente estándar de vida a nuestra ciudad,
proporcionan planes de retiro para las personas… y proporcionan atención
sanitaria a los empleados,” afirma. “Y, desde luego, estos empleos permiten que
las personas compren en nuestra ciudad, coman en nuestros restaurantes y
adquieran bienes y servicios. Nuestra ciudad no existiría [sin la fábrica]”. Y
esta es la razón por la que, aunque a muchos ciudadanos les preocupa
profundamente que las emisiones de la fábrica pudieran estar enfermándolos, los
habitantes del pueblo están lejos de comenzar a afilar sus cuchillos. Por el contrario,
la mayoría de los residentes defienden ferozmente a la fábrica y descartan
completamente la posibilidad de que ésta pudiera estar dañándoles.
Ben Walsh, médico familiar de Crossett, rechaza las
afirmaciones de que Crossett padezca cualesquier problemas de salud anormales.
“Debemos recurrir a la ciencia, y la ciencia dice que no existe un incremento
en los índices de cáncer en el Condado de Ashley”, afirma Walsh. Tiene razón.
El registro de casos de cáncer del Departamento de Salud de Arkansas muestra
que el índice de muertes por cáncer en ese condado está ligeramente por debajo
del promedio estatal. Entonces, ¿qué piensa Walsh acerca de lugares como Penn o
Lawson Road? “Es necesario tener en cuenta todas las variables, por ejemplo, si
esas personas eran fumadoras u obesas”, afirma.
O bien, podríamos analizar qué tan cerca están esas
personas de la corriente de aguas residuales, señala Slavant. Para ella, las
cantidades de personas afectadas que se concentran en el área hacen que sea
improbable considerar cualquier otra causa. Asimismo, le es muy difícil olvidar
los formularios de descargo de responsabilidad de Georgia-Pacific, con los
enunciados “daños personales o muerte… pasados presentes o futuros”.
La química y consultora ambiental Wilma Subra está segura
de que las emisiones son las culpables de las enfermedades respiratorias que se
producen en esa ciudad. En 2012, la Red de Acción Ambiental de Louisiana
solicitó a Subra que estableciera estaciones de monitoreo del aire en la ciudad
para tomar muestras de los niveles de sulfuro de hidrógeno, y ella pidió a los
residentes que llenaran informes de síntomas para registrar episodios de mareo,
dolor de cabeza, tos o irritación en los ojos. Descubrió que las
concentraciones de sulfuro de hidrógeno eran mayores cerca de la corriente, y
que una alta concentración correspondía con un mayor índice de síntomas más
graves entre los residentes.
Además de los químicos que informa Georgia-Pacific, podría
haber cualquier cantidad de químicos no informados filtrándose en la atmósfera
en forma “no oficial”. Durante una inspección realizada el año pasado, la EPA
observó la existencia de varias piezas de equipo defectuosas que permitían el
escape de gases no identificados hacia la atmósfera. También observó tanques de
líquidos filtrados y de almacenamiento que habían sido vertidos
intencionadamente en la atmósfera, en lugar de hacerlo a través de un sistema
controlado, como lo exige la Ley para el Aire Limpio. En total, la EPA encontró
33 áreas en las que Georgia-Pacific no cumplía con las leyes federales, y
docenas más de “áreas de preocupación”.
Georgia-Pacific trabaja para hacer frente a las
preocupaciones de la EPA, afirma Jennifer King, directora de asuntos públicos
de la empresa. Sin embargo, mientras tanto, la fábrica sigue funcionando las 24
horas del día.
El permiso de Georgia-Pacific pronto deberá ser renovado,
y si un número suficiente de ciudadanos preocupados presentan sus inquietudes
ante ADEQ, esta vez, el organismo podría verse presionado para modificar el
permiso. “El Estado debe hacer público el borrador para que sea comentado”,
señala Corinne Van Dalen, abogada principal de Ouachita Riverkeeper. “Y si hay
suficientes comentarios públicos, tendrán que realizar una audiencia pública
para analizar el permiso… Después de eso, aún si se aprueba el permiso,
cualquier persona puede apelar la decisión sobre el permiso ante el Consejo de
Apelaciones a los Permisos, y de ahí hasta el tribunal estatal”.
Slavant no desea que la fábrica de Georgia-Pacific cierre;
sólo desea que los organismos reguladores hagan que la fábrica cumpla la ley.
“Es necesario que haya una fábrica de GP aquí, pero es necesario actualizarla.
Tiene que ser reparada”, afirma. “Y es posible hacerlo”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in
cooperation with Newsweek