“Frente al conocimiento no hay machismo que gane”: Sandra Fernández

Una terraza en la calle Presidente Mazaryk, en el barrio de Polanco, alberga un secreto que pocos conocen. La sommelier Sandra Fernández Gaytán nos lleva a un viñedo en la Ciudad de México. El lugar perfecto para hablar íntimamente de lo que significa ser una de las pocas mujeres mexicanas que dedica su vida al conocimiento y la creación del vino.

Tiene más títulos relacionados con el vino que ninguna otra persona en México y ha creado seis etiquetas —dos españolas y cuatro mexicanas— entre las que destacan 3V y 2V de Casa Madero.

“Al inicio éramos cinco mujeres en esta carrera. Ahora han sido más de 16 años de picar piedra, de enfrentarme al mundo del alcohol, un mundo que es de hombres y de mucho trabajo en la noche”, cuenta Fernández frente a una botella de vino original del restaurante.

“Es difícil para el entendimiento de los hombres, pero no de las mujeres, y es complicado porque tienes que lidiar con lo difícil de la profesión y, además, estar en la lucha por tu propio género. Pero ante el conocimiento no hay machismo que gane”, agrega, sonriente y confiada.

Sandra cuenta cómo su primera maestra le enseñó la lección más importante que aprendería nunca. “No sabía usar mi nariz, la usaba para respirar, pero no para oler; el día que olí cambió mi vida”.

Ahora trabaja en distintos proyectos con su despacho SF Estrategias Integrales en Vinos y Destilados, cuyo principal proyecto es hacer eventos, experiencias y sorpresas para promover etiquetas. “Quiero explorar el nuevo nicho, estamos en una época de transición y nos tenemos que preparar para los consumidores del futuro”.

—¿Cuál fue el último vino que descubriste?

—El Chateau Sancerre es una etiqueta de vino francés blanco de la región de Sancerre y la hace la familia Marnier-Lapostolle. Se trata de una familia dedicada al vino y los destilados, los mismos que crearon el Grand Marnier. El suyo es un vino con mucha mineralidad, expresividad, acidez, elegante y era un vino de la misma familia. Ahorita la moda es reposicionar el vermú y los licores. Yo recordaba el Grand Marnier como una botella sentada en el bar de mi casa y me acuerdo de que mi padre lo bebía, pero cuando lo probé de nuevo me di cuenta de lo increíble que es: lo redescubrí; fue un gran reencuentro.


FOTO: ANTONIO CRUZ/NW NOTICIAS

—¿Cuándo fue la última vez que festejaste con un vino?

—Casi todos los días tengo la oportunidad de beber vino, pero ayer celebré un concurso en la universidad CESSA, en donde todas las carreras reciben clases de vino. Los estudiantes tenían que crear en parejas una receta maridada con un vino del Somontano. Ayer se hicieron las 11 recetas finalistas y el jurado calificaba el maridaje, nada más. Salieron unas cosas estupendas.

—¿El último lugar vitivinícola del que te enamoraste?

—Hace dos años, en el Piamonte, en Italia; es de esos lugares que tienen un sentido muy especial en el mundo, en la historia, en la cultura, en la industria y en mi profesión. Nadie puede morirse sin ir antes al Piamonte.

Sandra define los viñedos como lugares de paz en donde “todo fluye bien, hay armonía y, la verdad, yo necesito mi dosis de viñedo de vez en cuando”, asegura mientras ríe. “Ahí hay una armonía perfecta: una lucha de las plantas por madurar, por sobrevivir, y esa lucha contrarrestada con la benevolencia del clima.

“Al final, el propósito de una vid es darte un racimo que es un hijo en su mayor expresión. Y uno como enólogo tiene que saber qué hacer con él”.

Para Sandra Fernández, y para quien se precie de ser un sommelier, el vino está tan vivo como quien lo bebe.