Durante décadas, el Estado mexicano se ha esforzado por asistir y proteger a sus connacionales en el exterior, y de manera significativa en Estados Unidos de América.
A diferencia de otros países, que han enfocado sus esfuerzos diplomáticos y consulares en promover el comercio de sus nacionales en el extranjero o buscar incluso ventajas económicas por este simple hecho, el caso de México ha sido distinto y se puede decir que sui generis respecto a las acciones que sus representantes han desarrollado en la materia.
Esto se debe a las características que a lo largo del tiempo han definido las secuencias de los flujos migratorios hacia el norte. Desde la guerra México-Estados Unidos, hace más de 150 años, la función de nuestros representantes en el exterior se ha enfocado en la protección y asistencia consular; además de generar un vínculo especial con las comunidades mexicanas asentadas en el país de acogida.
La red consular mexicana es la más extensa del mundo, con más de 50 representaciones. La diversificación de sus funciones, tendientes a lograr mejores índices de calidad en la vida de nuestros connacionales, además de los esfuerzos jurídicos y económicos que se realizan, la convierten en un caso emblemático de gran relevancia.
La dinámica consular en el exterior tiene diversas aristas.
Los enlaces que los cónsules concreten con las autoridades locales, organizaciones de la sociedad civil, religiosas, sindicales, deportivas, académicas, empresariales, etcétera, son muy importantes, ya que benefician sin duda a los integrantes de la comunidad. Generar estos vínculos para fortalecer el proceso de cohesión social de nuestras comunidades en el extranjero es una de las vertientes más importantes en el trabajo cotidiano de un consulado.
Por otro lado, el primer elemento que aportan estas representaciones en la protección de nuestros connacionales es la posibilidad de que se puedan identificar plenamente en el país receptor. En este sentido, mantener un sistema eficaz de documentación resulta primordial para que los mexicanos en el exterior puedan tener todos sus papeles en regla.
Habría tan sólo que recordar la extraordinaria labor que realizó don Gilberto Bosques, político multifacético, que le brindó grandes servicios consulares y diplomáticos a nuestro país durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En el conflicto armado, actuando como cónsul en Francia (París y Marsella), se ocupó valiente y eficazmente, entre otras cosas, de entregar pasaportes, visas y salvoconductos a mexicanos y extranjeros (aproximadamente 40 000) para escapar del terror nazi que invadía Europa, con lo que salvó miles de vidas. Así, el proceso de documentación que aportan nuestras representaciones en las distintas ciudades del mundo es un elemento de protección vital.
Sin embargo, dentro de estas aristas, la protección y asistencia consular es la actividad prioritaria para velar por el respeto a los derechos humanos de nuestros connacionales fuera del país. Esta labor ha sido un pilar fundamental de la actividad de la cancillería mexicana prácticamente desde nuestra independencia.
Los cálculos más recientes señalan que aproximadamente 12 millones de personas que viven en Estados Unidos nacieron en México (la minoría más amplia nacida fuera del país vecino), y se calcula que más o menos la mitad de ellos no cuenta todavía con los documentos migratorios adecuados. Esto los coloca en una situación de vulnerabilidad delicada, sobre todo en las zonas donde hay políticas locales represivas, a diferencia de las ciudades conocidas como “santuario” (generalmente más liberales).
Sobre esto hay que considerar que, en total, contando a ciudadanos de segunda y tercera generación, el cálculo asciende a 35 millones de personas de origen mexicano viviendo allá. Es decir, más de un 10 por ciento de la población estadounidense. Claramente los esfuerzos de protección y asistencia consular no benefician a todos, pero sí las importantes acciones para promover el lazo de identidad que se tiene con las comunidades mexicanas (aunque en muchos casos no haya un vínculo jurídico directo).
Con este universo, ya diversos analistas advierten que, ante la polarización de posiciones políticas en la contienda electoral que se está librando en Estados Unidos, es posible que los ánimos se puedan exacerbar respecto a las minorías que componen el mosaico social norteamericano.
Especialmente grave es el hecho de que se engañe a buena parte del electorado con contenidos falaces respecto a las relaciones e incidencia que ha tenido y tiene la migración hispana y, particularmente, la mexicana.
Peor aún es que, ante el ascenso de actores políticos que sostienen este discurso, algunos otros simpatizantes conservadores se sumen inercialmente y apoyen, por no tener otra alternativa competitiva, este tipo de liderazgos.
En términos socioelectorales, resulta interesante observar cómo en ciertas regiones del país vecino estos mensajes tienen eco y resonancia adictiva, sin dejar margen a la duda o al cuestionamiento de fondo sobre las bases de dichas posiciones. Esto resulta sumamente delicado para nuestros connacionales, ya que se genera un ambiente hostil, en el que se pueden llegar a revocar políticas de integración (aceptación de la matrícula consular, acceso a créditos y servicios, etcétera), e incluso llegar a cometerse crímenes de odio.
México y Estados Unidos han avanzado hacia una relación sólida, que no ha estado exenta de facetas difíciles. Al respecto, seguimos construyendo con enormes esfuerzos de comunicación y confianza (no de muros) un área de integración que le genere prosperidad a los ciudadanos de ambas naciones. Somos su tercer socio comercial y el socio internacional más importante de casi la mitad de sus estados.
En los últimos meses se han abierto nuevas vías de comunicación por tren (Brownsville-Matamoros), peatonales (San Isidro-El Chaparral y el cruce aeroportuario de San Diego-Tijuana) y está por concluirse otro vehicular (Tornillo-Guadalupe), además de haberse firmado un nuevo acuerdo de transporte aéreo. Se han impulsado programas de visitantes seguros (Global Entry y Viajero Confiable), así como de intercambios académicos (FOBESII) y de innovación (MUSEIC).
La evolución de este proceso ha generado que hoy nuestra frontera compartida, de más de 3000 kilómetros, sea la de mayor flujo de bienes y personas en todo el mundo. Por sus accesos oficiales anualmente se registran, hacia los dos países, más de 300 millones de cruces personales, así como el de cinco millones de camiones con mercancías y cerca de un millón de contenedores ferroviarios, además de unos 69 millones de cruces vehiculares.
Internamente, la contribución de nuestros connacionales a distintas áreas de la economía estadounidense es indispensable. Los trabajos que desempeñan son cotizados en labores agrícolas, así como en la industria de la construcción, además de emplearse en múltiples áreas de servicios, en la hotelería, restaurantes, transporte, limpieza y muchos más.
La integración de ambas naciones y los beneficios que se tienen en los dos lados de la frontera son francamente tangibles. Los datos duros pueden ser el principal argumento para quienes no tienen la información suficiente que derive en un análisis racional, y enfrente el discurso discriminatorio, distante e hiriente.
La diplomacia pública y la protección preventiva son importantes herramientas en este proceso; para esto, la resonancia de lo que somos y hemos hecho en Estados Unidos, además de todas las cuestiones positivas que tiene y aporta nuestro país en la región, resultan indispensables en múltiples y diversos foros de todas las entidades de la unión americana. Hay que hacer notar que nuestra integración es parte de un modelo exitoso de producción compartida y, al mismo tiempo, ante la posibilidad de una creciente adversidad, hacer de la asistencia y protección consular nuestra máxima prioridad.