El rastro tóxico de Exide

HAY UNA PEQUEÑA NIÑA que tiene un tumor en el riñón y un niño que tiene cáncer en el cerebro. A las personas les da cáncer en todas partes, pero en el sureste del Condado de Los Ángeles, que es el más reciente campo de batalla de la contaminación por plomo en Estados Unidos, las personas hablan acerca del cáncer como si fuera un tornado: esta casa, dos casas más allá, mi madre, mi esposo, mi primo. En ocasiones, todos los anteriores.

Aquí los niños nacen antes de tiempo, y ya padecen enfermedades. Amelia Vallejo tiene seis hijos, todos ellos nacidos prematuramente. Los seis tienen problemas para respirar, al igual que muchos niños de su vecindario, la mayoría de ellos provenientes de familias latinas de clase trabajadora. Los primeros cinco bebés de Vallejo nacieron con relativa facilidad. El más joven, Michael, nació con graves retrasos en el desarrollo. Tiene dificultades para oír y ver. “Mi hijo todavía usa pañales. Tiene cinco años”, dice Vallejo con trágica resignación. Estamos sentados en su limpia sala de South Herbert Avenue. Brillantes juguetes de plástico se amontonan contra las paredes. Algunos de ellos deberían estar afuera, en el patio, explica Vallejo disculpándose, pero los niños ya no juegan ahí, no con concentraciones de plomo en la tierra de más de 1400 partes por millón.

“No les importa”, dice Vallejo. “Ganaban dinero”. Se trata de Exide Technologies, uno de los mayores productores y recicladores de baterías de plomo-ácido para auto. Hasta el año pasado, operaba una planta de reciclado en la cercana Vernon, la célebremente corrupta y contaminada municipalidad que fue el escenario de la segunda temporada de True Detective, de HBO. Aunque los reguladores estatales advirtieron repetidamente a Exide que estaba liberando químicos peligrosos en la atmósfera, no sólo plomo, sino también arsénico, benceno y 1,3-butadieno, dichas advertencias nunca fueron especialmente severas, por lo que Exide nunca les prestó atención hasta que, finalmente, el Departamento de Justicia cerró la planta la primavera pasada (Exide no respondió a nuestras solicitudes de comentarios para la realización de este artículo).

Para muchas de las personas que habitan aquí fue demasiado tarde. Cynthia Harding, directora interina de salud pública del Condado de Los Ángeles, escribió recientemente que en un radio de 2.73 kilómetros de la planta de Exide, la “contaminación afecta potencialmente entre 5000 y 10 000 hogares, y representa un riesgo continuo para decenas de miles de personas que residen o trabajan en esa área”. Algunos de los índices de plomo en la tierra sugieren que los niños que juegan en el jardín frontal de sus casas lo hacen en lo que es, esencialmente, un peligroso vertedero de desechos tóxicos. El arsénico, el benceno y el 1,3-butadieno son carcinógenos conocidos; los residentes del este de Los Ángeles y las comunidades circunvecinas los han estado ingiriendo durante décadas.

El cierre de la planta de Exide en marzo de 2015 no ha dado por terminado lo que Warren Olney, el veterano periodista de radio de Los Ángeles, denomina “uno de los peores casos de contaminación ambiental en Estados Unidos”. Las similitudes con la situación en Flint, Michigan, son tan escalofriantes como deprimentes: personas pobres de color envenenadas con plomo mientras la mayoría de los funcionarios públicos observan con una desesperante falta de preocupación. “No somos lindos como los pingüinos”, dice un activista local en un documental de Los Angeles Times acerca de Exide. “Nadie viene a salvarnos. Tenemos que luchar por nosotros mismos”.

Pero aquí hay un trabajo que está más allá del alcance de los activistas. Recientemente, el gobernador de California, Jerry Brown, asignó 176 millones de dólares a las labores de limpieza, pero esa cantidad es apenas cerca de un tercio de lo que, en opinión de algunas personas, se requiere para garantizar que esas comunidades estén limpias, o al menos no tan contaminadas. En cuanto al costo humano, este es imposible de cuantificar.

Últimamente se ha unido a la lucha Hilda Solis, exsecretaria del trabajo en Estados Unidos que se convirtió en supervisora del condado de Los Ángeles en 2014, representando a un distrito 72 por ciento hispano y donde el ingreso promedio per cápita es de 18 000 dólares. Solis ha asignado 2 millones de dólares en fondos del condado para crear equipos de tres personas que pueden realizar pruebas rápidamente en las casas en busca de plomo; también fue parcialmente responsable de garantizar que las quejas de sus electores fueran atendidas en Sacramento.

Recorrí el distrito con Solis una dolorosamente perfecta tarde del sur de California bajo la cual todo pensamiento acerca de los residuos tóxicos parece obsceno. Visitamos a Nicolasa Ramirez, que vive en una achaparrada casa azul en Commerce, con un jardín frontal que funciona como herbario. También tiene plantas en su jardín trasero, cosa común en el vecindario. Sin embargo, Ramirez sabe que no puede consumir los productos de su jardín. Se han realizado pruebas a la tierra en busca de residuos de plomo, y se ha encontrado más de mil partes por millón. En California, el límite seguro es de 80 partes por millón. Su nieta, Lali, tiene un tumor en el riñón: un dibujo hecho por ella cuelga en la ventana frontal de la casa, mientras que una imagen de bulto de Jesús mira por encima del contaminado jardín. Lali logró recuperarse, pero muchos niños no tuvieron esa suerte.

La comparación con Flint es irresistible, pero Solis piensa que su distrito difiere en una forma muy importante. “Es peor”, dice.


ARSÉNICO Y VIEJAS GLORIAS: La planta de Exide en Vernon, “uno de los peores casos de contaminación ambiental de Estados Unidos”. FOTO: ROBERT GAUTHIER/LOS ANGELES TIMES/GETTY

LA AXILA DE LOS ÁNGELES

Si visitas el sitio web de la Asociación de Recicladores de Baterías podrías pensar que te has topado con una de las industrias más dulces y delicadas, aparte de los criaderos de gatos. Encima de una imagen de un camino que serpentea a través de un paisaje montañoso, el grupo industrial promueve su índice de reciclaje de 99 por ciento en América del Norte, lo cual conduce a la recuperación de 150 millones de baterías cada año, ayudando así a “Hacer que Estados Unidos sea más limpio y más fuerte”.

El reciclaje de baterías es una tarea complicada, cuyo principal propósito no es el altruismo, sino la recuperación del valioso plomo que encierran. Debido a las regulaciones estadounidenses, muchos recicladores han trasladado sus operaciones a México, en ocasiones enviando baterías a ese país de manera ilegal. En una investigación realizada en 2013 por McClatchy Newspapers se encontró que, mientras Estados Unidos tenía 154 hornos de baterías hace cuatro décadas, esta cantidad ha disminuido hasta sólo 14.

Exide fabrica y recicla baterías en Estados Unidos, aunque muchas comunidades se oponen a su presencia. Además del cierre forzado en Vernon por parte del Departamento de Justicia, también cerró recientemente una planta en Frisco, Texas. En una investigación acerca de las plantas de Exide en toda la nación, realizada por el diario Los Angeles Times, se encontró que la empresa “ha dejado un rastro de contaminación y preocupaciones de salud en todo el país”, y que, entre 2010 y 2013, “siete operaciones de Exide han estado relacionadas con concentraciones de plomo en el aire que plantean un riesgo de salud”.

Exide llegó a Los Ángeles en el año 2000, al heredar la planta de Vernon a través de su adquisición de GNB Technologies. El fundido de plomo comenzó a realizarse en el sitio en 1922; en 1949, sus filtros capturaban 128 toneladas de emisiones de plomo. En 1981, el Departamento de Control de Sustancias Tóxicas de California (DTSC, por sus siglas en inglés) concedió a la planta un permiso temporal, de acuerdo con el cual continuó funcionando. En 1999, el DTSC “encontró niveles de plomo de 40 por ciento en el sedimento del fondo del pozo de recolección de aguas pluviales y exigió a los operadores de la planta de Vernon que lo limpiaran”, de acuerdo con la estación de radio pública KPCC. El organismo “sabía claramente que las tuberías de drenaje de aguas pluviales transportaban partículas de plomo hacia el pozo y que había informes de que dichas tuberías estaban ‘perforadas’, por lo que podían provocar derrames intencionados en la tierra”. Durante la siguiente década, la planta continuó funcionando con el mismo desdén por la seguridad pública, aunque activistas locales estaban logrando que les resultara cada vez más difícil hacerlo impunemente. Lo mismo hicieron finalmente los reguladores. En un análisis de la calidad del aire realizado en 2013, se encontró que Exide podía estar aumentando el riesgo de cáncer para 110 000 angelinos; más tarde, en ese mismo año, se calculó que 252 000 personas enfrentaban “riesgos crónicos” derivados de la planta. Hubo un cierre temporal de la planta en 2013, y luego se produjo el cierre permanente, ordenado por el Departamento de Justicia, ocurrido el año pasado.

“Después de más de nueve décadas de contaminación continua por plomo en la ciudad de Vernon, los vecinos pueden comenzar a respirar tranquilamente”, dijo en una declaración Stephanie Yonekura, Procuradora del Distrito Central de California. Se ordenó a Exide que pagara 50 millones de dólares en gastos de limpieza.

“Contaminan y se van”, afirma monseñor John Moretta, de la Iglesia de la Resurrección de Boyle Heights, quien ha sido uno de los principales organizadores de la lucha contra Exide. Moretta no se hace muchas ilusiones con respecto a su vecindario, cuyas calles residenciales decaen hasta convertirse en caminos que llevan hacia almacenes y fábricas: “la axila de Los Ángeles”, lo llama amorosamente. Siendo un hombre fornido con un sardónico sentido del humor, ha pasado años tratando de lograr que Exide rinda cuentas. Este desprecio sin sentido de la salud pública ha puesto a prueba su fe. “En toda la historia de California —señala— no existe nada como esto”.

LIBROS QUE PROVOCAN CÁNCER

A finales de octubre, un viejo pozo de petróleo utilizado para almacenar gas en la comunidad de clase alta de Porter Ranch, en el Valle de San Fernando, en el empinado extremo norte del Condado de Los Ángeles, se reventó. La fuga de metano se convirtió en la peor en la historia de Estados Unidos y, de acuerdo con algunas personas, en el peor desastre ambiental de Estados Unidos desde el derrame de petróleo de Deepwater Horizon en el Golfo de México. El pozo reventado, que fue tapado a finales de febrero, provocó un inmenso daño al ambiente, pero hasta donde sabemos, el metano no es un gas tóxico. A nadie le dio cáncer. Nadie murió.

El 31 de enero, el encabezado de un editorial del diario Los Angeles Times rezaba: “Dos desastres, dos respuestas”, y arremetía contra el gobernador Brown por su falta de atención al desastre de Exide, que comparó con su manejo de la fuga de metano en el Valle. “Es hora de tratar el este de Los Ángeles —dijo el consejo editorial al gobernador— con la misma urgencia que ha mostrado en Porter Ranch”.

Los habitantes del lugar no intentan disfrazar su amargura contra esta discrepancia. Moretta me dice en tono de broma que va a rebautizar su vecindario como “Boyle Heights Ranch” con la esperanza de atraer más atención de los medios de comunicación. Las diferencias son muy sorprendentes: mientras que The New York Times ha publicado cerca de una docena de artículos acerca de Porter Ranch en los últimos meses, nunca ha realizado una cobertura de lo que Exide ha hecho en Vernon. “Somos demasiado morenos como para obtener la atención que Porter Ranch está obteniendo, pero no lo suficientemente como para obtener la atención que Flint, Michigan, está obteniendo”, se quejó un activista local en una audiencia pública.

De manera similar, el DTSC, que es el organismo que pudo haber detenido el vertido de sustancias tóxicas realizado por Exide, parecía tener muy poco interés en ejercer una acción punitiva. En una investigación publicada en el diario Los Angeles Timesy realizada por el reportero Tony Barboza, se encontró que “durante más de 15 años, Exide pagó 869 000 dólares en multas. La mayoría de ellas fueron impuestas en los últimos dos años”, conforme los estudios de salud comenzaron a dejar cada vez más claros los riesgos del fundido de plomo.

Un vocero del DTSC describió la respuesta del Estado en Vernon como “agresiva”.

LOS POBRES PAGAN EL DAÑO

Conduje con Solis y su personal desde Boyle Heights hasta la planta de Exide en Vernon. El recorrido, desde filas de pequeñas y bien arregladas casas suburbanas hasta las vastas extensiones industriales, es penosamente breve. Este es el reverso de la medalla de la Ciudad de Los Ángeles que todo el mundo conoce: las playas de Malibú, las lujosas villas de las colinas de Hollywood. Aquí se encuentran los infernales hornos de la ciudad. Muy cerca hay varias escuelas primarias. Las personas que habitan aquí simplemente aceptan que deben vivir en el tóxico rastro de la industria; es el precio que pagan por ser pobres.

Caminamos por el perímetro de la planta, tratando de echar un vistazo a través de una abertura en la cerca. Del otro lado había una laguna de lo que parecían ser aguas residuales. En la entrada de las instalaciones tomé algunas fotos mientras que un descontento guardia me miraba. Sin embargo, en realidad no había nada que ver: los mejores venenos actúan bajo la capa de la invisibilidad.

El sitio está contaminado debido a años de funcionamiento peligroso; Exide desea poner a funcionar nuevamente algunas de sus calderas para recuperar algo del plomo que queda en los desperdicios, pero los habitantes consideran ridícula la idea de permitir que la planta funcione de nuevo.

Es probable que no haya muchos epidemiólogos en activo entre los residentes del este de Los Ángeles, Boyle Heights y otras comunidades cercanas, pero hay muchos aficionados que han aprendido acerca de acumulaciones de casos de cáncer, bioacumulación y estudios de control de casos.

Le pregunté a Moretta cómo sabría que la crisis de Exide habría terminado. “Cuando camines por la calle —dice—, veas niños jugando en el jardín y no te sientas preocupado por ello”.

Publicado en cooperación con Newsweek /Published in cooperation with Newsweek