Para Ayla Agit, el acuerdo firmado en marzo entre Europa y Turquía para contener el flujo de migrantes y refugiados fue una respuesta a sus rezos. “¡Finalmente tenemos una oportunidad de hacer una nueva vida en Alemania!”, dice Agit, quien fue expulsada de su hogar en octubre pasado por la lucha. El giro: Agit no es una refugiada siria; es ciudadana turca. Su ciudad natal de Cizre fue el escenario de batallas callejeras entre milicianos kurdos y el ejército turco, el año pasado, que dejaron cerca de 200 muertos. Ahora ella y otros miles de kurdos turcos desplazados internamente planean unirse al éxodo a Europa.
Según el acuerdo, a todos los ciudadanos turcos se les otorgarán permisos de viaje sin necesidad de visa, pero no el derecho a trabajar, en las 26 naciones del área europea Schengen sin fronteras. A cambio, Turquía aceptó recibir de vuelta a todos los refugiados que crucen hacia Grecia usando medios irregulares después del 20 de marzo. Por cada persona aceptada de vuelta por Turquía, la UE aceptó admitir un sirio que busque asilo de los campos en el sureste de Turquía. Los europeos también entregarán 6500 millones de euros (7300 millones de dólares) para ayudar a Ankara para lidiar con los alrededor de 2.7 millones de refugiados sirios en su suelo.
El acuerdo significa decepción —o por lo menos un limbo legal— para los miles de sirios, afganos, iraquíes y personas de otras nacionalidades quienes se han apiñado en botes endebles desde el verano pasado para llegar a Grecia. Pero para los cientos de miles de ciudadanos turcos desplazados por una creciente guerra civil entre los separatistas kurdos y las fuerzas de seguridad en el turbulento sureste turco, es una luz verde para una vida nueva en Europa. “Antes no teníamos esperanzas de obtener una visa alemana”, dice Agit, de 43 años, quien ha malvivido en el deteriorado vecindario Bayrampasa de Estambul como limpiadora en un taller clandestino que hace zapatos falsos de diseñador. “La oficina alemana de visas pide que demuestres tu ingreso con dinero en una cuenta bancaria”, añade.
Ahora ella no necesita una visa. Todo lo que Agit, una viuda con cinco hijos, necesita conseguir es la tarifa del avión y un pasaporte biométrico turco. Tan pronto esté en suelo de la UE, ella y todos los kurdos turcos que puedan demostrar persecución política o una amenaza a sus vidas si regresan a sus hogares son elegibles para solicitar asilo político. Es posible que Agit califique, ya que su hermano está en prisión por su membresía en una organización ilegal y la policía ha irrumpido en casa de ella múltiples veces. Y gracias a una industria de turismo deprimida por los bombardeos en Ankara y Estambul, las aerolíneas chárter turcas ofrecen vuelos de ida a Europa por tan poco como 55 dólares.
No es un acuerdo del todo sellado. El primer ministro turco Ahmet Davutoglu, al regresar de la maratónica cumbre UE-Turquía, presumió a los reporteros que había conseguido un “trato Kayseri”, una expresión turca que significa “un acuerdo astuto”. Pero para que el acuerdo libre de visa sea implementado por completo, Turquía todavía necesita aprobar 36 leyes para ponerla más en línea con la legislación de la UE, incluida la insistencia políticamente complicada de que Ankara reconozca el gobierno de Chipre, con el cual ha estado trabado en disputas desde 1974. Y ha habido oposición dentro de la UE, especialmente de Francia, Grecia y Austria, cuya ministra del interior, Johanna Mikl-Leitner, advirtió que la decisión de regresar los nuevos arribos a Grecia arriesgaba a que “la UE tirara sus valores por la borda”. Kenneth Roth, director de Human Rights Watch, denunció el acuerdo como “expulsiones colectivas, las cuales están prohibidas bajo la Convención Europea de Derechos Humanos”, y negó que la Turquía afectada por el conflicto fuera un lugar seguro para migrantes y refugiados. “[Turquía] tiene más posibilidades de ser una trampa mortal que de ser un lugar de asilo”, escribió Roth en una carta a líderes de la UE.
Ya se ha expuesto una falla importante del nuevo acuerdo. La ley turca no reconoce a los ciudadanos de Afganistán e Irak como refugiados, y por lo tanto, la UE no puede enviar legalmente ciudadanos de esos países a Turquía. Cifras del gobierno griego muestran que los afganos e iraquíes sumaban 41 por ciento de las 125 000 personas que han llegado a las islas griegas este año.
Mientras los políticos discuten, los contrabandistas de personas se han ajustado. Si el permiso de viaje sin necesidad de visa para los turcos se da en junio, un documento de viaje turco será casi tan valioso en el mercado negro como uno europeo, y mucho más fácil de obtener. Mehmet, propietario de un café internet en el distrito Aksaray de Estambul (quien, como otros que hablan de las transacciones en el mercado negro, se negó a ser identificado por completo), hace clic con indiferencia en una serie de sitios en la red de anuncios clasificados y páginas de Facebook que ofrecen pasaportes. Un sitio ofrece supuestamente verdaderos pasaportes búlgaros por alrededor de 8950 dólares, pero los turcos están disponibles por sólo 2795 dólares. “Es fácil par Ahmed de Mosul [en Irak] convertirse en Ahmed de Diyarbakir [en Turquía]”, bromea Mehmet.
Por todo Aksaray, las tiendas de transferencias de dinero y cabinas de cambio ofrecen un servicio que le permite a la gente pagar en la cuenta de un tercero, explica Omar, un dependiente de una casa de cambio, y los contrabandistas reciben el dinero tan pronto como sus clientes han llegado a salvo a Grecia. El acuerdo de marzo ha hecho mella en la demanda de pasajes por mar a las islas griegas. Los precios en internet han caído de alrededor de 725 dólares antes del acuerdo a alrededor de 390 dólares ahora. Imágenes televisadas de autoridades turcas mostrando mano dura con los botes que contrabandean personas también han disuadido a algunos. Un video filmado en las costas de Lesbos por activistas a favor de los refugiados el 20 de marzo mostró un largo bote guardacostas turco dando vueltas alrededor de un bote inflable rígido abarrotado de personas (el inflable finalmente llegó a salvo a tierra). El guardacostas turco también abrió fuego contra traficantes de personas que trataban de botar pasajeros en una diminuta isla griega después de que se firmó el acuerdo.
“Los turcos obtuvieron lo que querían de Europa. Así que ahora les disparan a los botes”, dice Abu Malik, un ingeniero civil de Kirkuk en Irak. Malik huyó con su familia en noviembre de 2014. “La ruta [griega] ahora es sólo para tontos. Pero hallaremos otros caminos”. Se espera que algunos recurran a la ruta marina de Italia desde Albania o Libia, aunque el índice de muertes del año pasado en esa ruta fue de casi uno de cada 20, según la Organización Internacional para la Migración, en comparación con menos de uno por cada mil entre Turquía y Grecia. Y según Abdulrahman, un estudiante de Qamishli, Siria, quien llegó a Estambul desde un campo de refugiados cercano a Gaziantep en febrero (y se negó a dar su apellido), se ha abierto un mercado negro para lugares en la “fila” para Europa. Autoridades del campo de refugiados —incluidos la Cruz Roja y la UE— mantienen la lista. Pero hay negociadores profesionales que comprarán el lugar de una familia en la lista de espera y venderlo, junto con sus identificaciones, al más alto postor.
“La gente está desesperada”, dice Abdulrahman encogiéndose de hombros. “Siempre hallarán una manera”.
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Publicado en cooperación con Newsweek /