La yihad se vuelve pop

Cualquier persona que se haya sentido sorprendida por los recientes y mortíferos ataques ocurridos en Bruselas no estaba poniendo atención. Bélgica es el semillero de Europa de jóvenes musulmanes que viajan a Siria para luchar al lado del grupo militante Estado Islámico (EI) para después volver a casa, frecuentemente listos para matar. Pero estos residentes de Europa son un tipo diferente de extremistas. No son el Al-Qaeda del que oíste hablar a tu padre, y ni siquiera son el EI realmente; suponer que lo son implica pasar por alto la realidad de la amenaza y le proporciona al EI un impulso propagandístico que no merece.

Muchos de estos asesinos de la nueva era aún eran niños pequeños cuando el World Trade Center cayó en 2001 y han pasado gran parte de sus vidas observando guerras importantes en Afganistán, Irak y, ahora, en Siria. Su conocimiento del islam es limitado; son más como hipsters yihadistas que islamistas dedicados, o lo que algunos expertos de la comunidad de inteligencia denominan “yihadistas cool”. Ellos celebran lo que el coordinador holandés para la Seguridad y el Antiterrorismo denomina “la yihad pop como un estilo de vida”.

Se trata de jóvenes que se reúnen socialmente, en casas de amigos o en organizaciones como la recientemente desmantelada Sharia4Belgium (Sharia por Bélgica). Conversan en grupos de Facebook a los que sólo puede accederse por invitación. Saben más de Tupac Shakur que de Osama bin Laden; los belgas que viajan a Siria a luchar suelen venerar al difunto rapero estadounidense en las redes sociales, identificándose con sus letras sobre la vida en los barrios pobres de Estados Unidos. Pero estos atacantes también tienen su propio rap, atuendos de moda que son populares entre los jóvenes musulmanes, comercializados por empresas como Urban Ummah y eslóganes semejantes a los que podrían leerse en una calcomanía pegada a un parachoques (“Trabaja mucho, reza mucho”). Sus tuits suelen terminar con hashtags como #BeardLife (#VidaBarbada) y #HijabLife (#VidaHijab). Envían selfies desde Siria a sus amigos, donde aparecen usando kohl, un delineador tradicional en el Oriente Medio.

En otras palabras, no son musulmanes estudiosos con largas barbas y ejemplares del Corán bajo el brazo; el hecho de calificarlos como yihadistas o como islamistas radicales sugiere falsamente que poseen los conocimientos que dicen tener. En otros tiempos o en otras circunstancias, estos jóvenes hubieran sido calificados como perdedores o como vagos narcisistas.

Estos islamistas superficiales han resultado ser todo un desafío para los países europeos que usan un programa tradicional de desradicalización para los musulmanes que se sienten atraídos hacia el mundo de los fundamentalistas radicales: es difícil reeducar a las personas acerca del islam cuando no saben casi nada acerca de él, como los dos musulmanes británicos, ambos de 22 años, que adquirieron ejemplares de Islam for Dummies(El islam para dummies) y de The Koran for Dummies (El Corán para dummies) en agosto de 2014, justo antes de dirigirse a Siria para unirse a los combatientes del Estado Islámico.

La cantidad de jóvenes musulmanes europeos que ha viajado a Siria para luchar junto con el EI es escalofriante. Según cálculos recientes de inteligencia, han sido más de 5000, de los cuales 470 provenían de Bélgica. Aunque esa es la mayor cantidad per cápita en cualquier país de la Unión Europea, Francia es el país líder en números brutos, con 1700 personas que han viajado a Siria.

¿Qué atrae a estos jóvenes hacia la brutal cultura del islam radical? La respuesta, de acuerdo con varios funcionarios de inteligencia, sería risible si no resultara mortífera con tanta frecuencia: la presión de sus colegas y lo que podría denominarse envidia a Rambo. “Para los combatientes extranjeros, el componente religioso del reclutamiento y la radicalización está siendo desplazado por elementos de carácter más social como la presión de los pares y los modelos de rol”, se lee en un informe publicado el 18 de enero por Europol, el organismo de aplicación de la ley de la Unión Europea, que hace frente a redes militantes. “Adicionalmente, la perspectiva romántica de ser parte de un hecho importante y emocionante, además de otras consideraciones más íntimas, podría desempeñar una función”.


SIN PISTAS: Entre memoriales a las víctimas de Bruselas, los funcionarios belgas reconocieron que pasaron por alto numerosas pistas y signos de advertencia sobre la actividad extremista en el país. FOTO: MARTIN MEISSNER/AP

Es aquí donde las cosas siempre se politizan. Para tratar de detener esta conversión de jóvenes musulmanes europeos en atacantes es necesario entender lo que hay debajo de ese cambio. Los fanfarrones políticos, incapaces de diferenciar entre los islamistas radicales comprometidos y los practicantes de la yihad pop se enfurecen diciendo que tratar de hallar formas de intervenir en esa transformación equivale a justificar a los atacantes, un argumento que funciona bien para los ignorantes, pero que deja echando humo a los oficiales de inteligencia. Proclamar “¡Fue el Estado Islámico!”, cuando se trató simplemente de vagos inspirados y entrenados por el grupo, en lugar de actuar bajo sus instrucciones, hace que las personas perciban que la organización tiene poder en todo el mundo, haciéndola parecer más fuerte de lo que realmente es. Esto, a su vez, hace que resulte aún más atractiva para los jóvenes musulmanes en busca de aventuras y atención, que es la razón por la que el Estado Islámico se adjudica ataques que probablemente ni siquiera sabía que iban a producirse.

Dejemos que los fanfarrones alardeen. Esto es lo que necesitamos entender acerca de los funestos practicantes de la “yihad cool”. Con base en entrevistas con musulmanes europeos que regresan de luchar en Siria, los organismos de inteligencia calculan que a cerca de 20 por cierto de ellos se les habían diagnosticado trastornos mentales antes de partir a Oriente Medio. Un gran porcentaje de ellos tienen registros de delitos menores y graves. Y la inmensa mayoría proviene de vecindarios urbanos destrozados por las dificultades económicas.

Los atacantes de Bruselas presentan rasgos de yihadistas pop. Los hermanos identificados como dos de los bombarderos, Ibrahim el-Bakraoui y su hermano menor Khalid, nunca fueron musulmanes particularmente devotos, de acuerdo con sus vecinos. Ambos dirigían un café donde se servía alcohol. Los dos tenían antecedentes penales y crecieron en un rudo vecindario urbano cerca de Bruselas. Una foto de Ibrahim y dos extremistas más, justo antes de colocar bombas en el aeropuerto Zaventem de Bruselas, sugiere que su conocimiento del islam era mínimo. Los tres se mostraban desaliñados; dos de ellos tenían una espesa melena, mientras que al menos uno llevaba un bigote demasiado crecido. Sin embargo, los bombarderos suicidas bien versados en la tradición musulmana, como los secuestradores de los vuelos del 9/1, siempre realizan una purificación ritual como preparación final para sus ataques, recortándose el cabello, la barba y el bigote, afeitándose todo su cuerpo, aseándose meticulosamente e, incluso, cortándose las uñas. Esta es una demostración de pureza personal de manera que, como lo indica el islam, se encuentren limpios cuando vayan al paraíso. Los yihadistas que poseen un conocimiento del islam y que planean dar sus vidas temen que se les prohíba entrar al paraíso si no muestran su respecto a Alá al realizar esta limpieza formal.

Rik Coolsaet, catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Ghent de Bélgica y miembro asociado de alto rango del Instituto Real de Relaciones Internacionales, escribió recientemente acerca del ambiente que ha alimentado en ese país el desarrollo de la subcultura juvenil de extremistas musulmanes con poco conocimiento del islam. Los jóvenes belgas, al enfrentarse con un sombrío mercado laboral, presentan altos índices de suicidio, y una mayor tasa de abandono escolar en el nivel de la educación media, en comparación con la mayoría de los estados miembros de la Unión Europea. “Los representantes de la juventud en Bélgica advirtieron recientemente que muchos jóvenes de uno y otro sexo estaban deprimidos y carecían de esperanzas”, escribió.

Diversos analistas de inteligencia señalan que los musulmanes europeos que se convirtieron en seguidores del Estado Islámico no asumen una postura racional, sino emocional. “Se ha demostrado que las áreas en las que existen grupos muy unidos de jóvenes susceptibles, que con frecuencia carecen de un sentido de propósito o de pertenencia fuera de su propio círculo, generan una oleada de reclutamientos que se extiende a través de los contactos personales de un grupo a otro”, se lee en un informe realizado por el Soufan Group, una empresa privada de análisis de inteligencia y seguridad.

En otras palabras, la atracción hacia el EI entre los musulmanes europeos es como un virus, donde la proximidad con los infectados conduce a la enfermedad. Los lugares donde sus creencias se difunden son tan fáciles de encontrar como los sitios donde surge una enfermedad; en noviembre de 2015, Jan Jambon, ministro del Interior de Bélgica, identificó a Molenbeek, un barrio pobre de inmigrantes en Bruselas, como un semillero de jóvenes musulmanes que viajan a Siria y después vuelven a su país. Por ello, no debería sorprender que en la investigación sobre los ataques de Bruselas se diera seguimiento a los sospechosos de inmediato hacia Molenbeek.

Y esto es lo que resulta tan frustrante con respecto al nuevo yihadismo hipster pop. Los funcionarios de inteligencia saben casi todo acerca de él. Bélgica identificó públicamente el sitio en el que los terroristas potenciales tenían más probabilidades de habitar. El 25 de enero, Europol anunció que la amenaza de un ataque se encontraba en su nivel más alto desde hacía una década, y advirtió que Francia y Bélgica presentaban el mayor riesgo de sufrir un ataque por parte de quienes atacaban blancos fáciles en el corazón de una gran ciudad.

Sin embargo, aun con todo ese conocimiento, impedir un ataque por parte de esta nueva camada de seguidores islámicos, y no de devotos religiosos, es enormemente difícil. Se trata de pequeñas células de jóvenes con las mismas opiniones que cuentan con autonomía operativa y no de una organización de liderazgo vertical, como Al-Qaeda. Muchos de ellos viajan a Siria para aprender tácticas del Estado Islámico antes de volver a casa. Todo lo que se requiere son algunas pistolas, algunas bombas hechas en casa y cierto deseo de fama para transformar a un perdedor en un héroe entre sus amigos y aliados. Y luego, el mundo atribuye ansiosamente el ataque a EI, que recibe el crédito de un ataque cuyos líderes probablemente desconocían y, por lo tanto, adquiere más credibilidad, la cual utiliza para atraer a más devotos.

Por ello, la respuesta para resolver este problema es bastante distinta de la estrategia militar requerida para enfrentar Al-Qaeda. Europa y Estados Unidos no pueden limitarse simplemente a atacar al Estado Islámico y esperar que el problema se resuelva, a menos de que las naciones occidentales estén dispuestas a comenzar a bombardear vecindarios en sus propios países. Esta vez se trata de un tema de aplicación de la ley, el cual requiere fuentes, informantes y operaciones puntuales, junto con planes económicos para generar cierta esperanza entre los jóvenes europeos.

De otra manera, los grandilocuentes políticos y opinadores profesionales podrán seguir perpetuando la ignorancia, afirmando furiosamente que el fenómeno de los yihadistas pop europeos se relaciona con un choque de civilizaciones, enfureciendo al público con el tema de una enorme red controlada por el Estado Islámico y pasando por alto las soluciones menos notables que se deben adoptar. Occidente enfrenta una amenaza planteada por unos cuantos de sus propios residentes que esperan convertirse en Rambos. Y los políticos, ansiosos por responder como su propio héroe de acción, permiten que el problema empeore.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek