SERGEI PESTOVERA un baterista apasionado. A mediados de la década de 1970 fue uno de los fundadores del grupo de rock soviético Zhar-Ptitsa (Pájaro de Fuego), que cautivó con sus frenéticos solos a los fanáticos del emergente mundo de la música underground del país. Como muchos músicos soviéticos y rusos, jamás se ganó la vida en los escenarios, pero aporreaba los tambores cada vez que podía. El 4 de septiembre de 2015, Pestov (entones de 57 años) acababa de soltar las baquetas después de una sesión de improvisaciones en una cochera acondicionada de Dubná, pequeña población cercana a Moscú, cuando irrumpió la policía.
Los detalles de lo ocurrido a continuación son tema del litigio entre los agentes de la ley rusa y los abogados que representan a la familia de Pestov. Pero lo que nadie disputa es esto: la mañana siguiente, Irina, la esposa de Pestov, encontró su cadáver apaleado en un hospital local, víctima del uso generalizado de tortura por parte de la policía rusa, según argumentan los activistas pro derechos humanos.
“Los oficiales comenzaron a golpearlo ni bien entraron en la cochera”, dijo a Newsweek Yekaterina Shcherbina, quien estuvo en la cochera aquella noche. “Uno de los policías le pegó en la nuca y de inmediato comenzó a salir sangre por su nariz”. Los agentes no presentaron una orden de allanamiento, no ofrecieron explicación alguna para su presencia, y por lo menos uno de ellos “olía a alcohol”, afirma Shcherbina. Otro testigo, a condición de permanecer anónimo en los medios de oposición rusa, dice que Pestov gritó: “¿Qué están haciendo? No me resisto al arresto. ¡Me están matando!”.
Ataron las manos de Pestov con su propio cinturón, y lo condujeron a una estación de policía cercana para interrogarlo, donde los agentes dicen que confesó traficar drogas durante más de una década (según los documentos policiales revisados por Newsweek, el registro de la cochera produjo unos 115 gramos de marihuana, así como rastros de anfetaminas). Bajo la legislación rusa de cero tolerancia para las drogas, esto habría bastado para enviarlo a un campamento de prisioneros durante diez años.
No obstante, pese a la gravedad de los cargos, los oficiales dicen que el músico salió de la estación de policía hacia las 4 a. m., después de “llegar a un arreglo”, según el cual tenía que regresar en unas horas. Si realmente lo liberaron, no queda claro adónde fue: no volvió a casa, y no contactó a sus amigos ni familiares. La policía dice que Pestov cumplió su parte del improbable trato y regresó a la estación hacia las 10 a. m., cuando comenzó a quejarse inmediatamente de sentirse indispuesto, cayó en un coma profundo, y murió de camino al hospital.
“Por razones inexplicables, la policía supuestamente decidió liberar, a mitad de la noche, a una persona que acababan de arrestar en posesión de gran cantidad de drogas, en vez de encerrarlo”, dice Dmitry Piskunov, abogado de derechos humanos con el Comité para Prevención de la Tortura, organización no gubernamental que representa a la familia Pestov.
Esta versión de los acontecimientos es lo que está disputando la viuda de la víctima, quien acusa a los agentes de policía de retener a su esposo toda la noche y matarlo a golpes. Los policías dicen que no golpearon a Pestov en momento alguno. Si bien el parte médico oficial establece que “objetos contundentes” causaron no menos de diez hematomas y lesiones en el cuerpo de Pestov, concluye también que la muerte fue consecuencia de fallo cardiaco repentino. El Comité Investigador de Rusia, una agencia judicial semejante al FBI que sólo responde al presidente Vladimir Putin, ha dicho que los alegatos de que la policía mató a Pestov son “infundados” y se niega a presentar cargos criminales contra los oficiales que hicieron el arresto.
Nadie sabe cuántas personas mueren cada año bajo custodia de la policía rusa —es decir, antes de llegar a juicio o incluso antes de ser acusadas— porque las autoridades no publican estadísticas. El año pasado, alarmada por los informes casi diarios de muertes de detenidos, la reportera de oposición Maria Berezina creó un sitio web para documentar fatalidades. “La gente tiene que entender que si los llevan a una estación de policía existe la posibilidad de que no salgan vivos”, dijo hace poco a Spektr, sitio web afiliado a la oposición.
Luego de investigar informes del Ministerio del Interior y reportajes noticiosos, Berezina registró 197 muertes confirmadas bajo custodia policial durante 2015. Sin embargo, afirma que el encubrimiento policiaco significa que esa cifra es apenas una fracción del total de muertes. Lo mismo opina Pavel Chikov, abogado de derechos humanos que ha litigado casos de tortura policial desde 2002. “La violencia es la norma en la policía rusa”, asegura. “Pero sólo vemos la punta del iceberg”. El Ministerio del Interior se negó a responder una petición de comentarios de Newsweek.
De las muertes enumeradas por Berezina, 104 fueron resultado de lo que las autoridades describen, vagamente, como “un deterioro súbito del estado de salud”. También hubo 62 informes de suicidios. “La policía mata a golpes a un detenido y luego cuelga el cuerpo para que parezca que la persona se suicidó”, explica Sergei Babinets, otro abogado del Comité para Prevención de la Tortura, entrevistado en la oficina moscovita de la organización. “Eso queda asentado como la causa oficial de muerte, a menos de que haya familiares dispuestos a desafiar a las autoridades cuando les entregan un cuerpo apaleado”. Babinets atribuye la cultura de violencia de la fuerza policial rusa a una falta de entrenamiento especializado, bajos estándares de reclutamiento y la presión de cumplir “cuotas de arresto” mensuales.
Los opositores del prolongado régimen de Putin también se han quejado de la violencia bajo custodia policial. En marzo de 2013, Leonid Razvozzhayev, activista político de izquierda, dijo a una corte de Moscú que fue torturado por investigadores que querían obligarlo a incriminar a figuras de oposición en un supuesto complot para un golpe de Estado financiado por potencias extranjeras. Demacrado y macilento, con el cabello empezando a encanecer, Razvozzhayev comparó sus experiencias en las cárceles y calabozos de Siberia oriental con las infaustas instalaciones de detención estadounidenses en Abu Ghraib y Bahía de Guantánamo.
Daniil Konstantinov es otro enemigo del Kremlin que asegura haber sido torturado por las fuerzas de la ley rusas. Político nacionalista con nexos en la oposición pro demócrata, alega que en diciembre de 2013 fue atacado en un calabozo de la corte por agentes de seguridad que usaron dispositivos de electrochoques —algo conocido en la jerga policial como “llamada telefónica de Putin”—, y lo dejaron esposado a una banca en una postura insoportable durante unas cinco horas. “Esos oficiales son parte de la llamada brigada de reacción rápida, quienes parecen haber sido seleccionados por sus tendencias sádicas”, dijo a Newsweek. Konstantinov huyó de Rusia en 2014 y actualmente vive en Lituania.
En ambos casos, el Comité Investigador se negó a presentar cargos criminales contra las autoridades. La muerte de Pestov llamó la atención mediática debido a su pasado como miembro de un grupo de rock soviético, pero su caso fue una rara excepción. La gran mayoría de las fatalidades o los alegatos de tortura bajo custodia policial en Rusia sólo producen silencio o, en el mejor de los casos, resignada aceptación. A diferencia de Estados Unidos y Europa, los informes de abusos de detenidos por parte de agentes de policía rara vez provocan la indignación del público. Y excepto por la volátil región del Cáucaso norte, eminentemente musulmana, donde las fuerzas de seguridad rusa han sido acusadas de torturar de manera generalizada a presuntos combatientes islamistas, no se han registrado manifestaciones masivas contra la brutalidad policial.
“Estamos muy conscientes de que la tortura no es exclusiva de Rusia”, dice Babinets, el abogado de derechos humanos. “Por desgracia, la tortura en Rusia se ha vuelto cotidiana. La gente ya no se sorprende por la noticia de que alguien fue molido a golpes bajo custodia policial. Ya está en el mismo nivel de los videos web de gatos y los pronósticos del clima. Se necesita algo realmente escandaloso para despertar interés. La gente piensa: si la policía te detiene es porque eres culpable de algo, y por eso pueden golpearte”.
Con todo, los abogados de derechos humanos han tenido algunas victorias. En 2014, en el caso más notorio de tortura policial en la historia moderna de Rusia, tres policías de Kazán, ciudad de Rusia central, recibieron una sentencia de prisión de diez a 15 años por el homicidio de Sergei Nazarov, a quien mataron sodomizándolo con una botella de vidrio. Lo habían detenido por cargos menores de vandalismo.
Esas condenas, y otras similares, fueron resultado de la labor desinteresada de abogados y activistas rusos pro derechos humanos. Pero el Kremlin ha arremetido contra ellos. A principios de año, Agora, un importante grupo ruso pro derechos humanos, fue disuelto tras dictaminar que había violado una legislación gubernamental recién introducida que rige la labor de organizaciones no gubernamentales que participan en “actividades políticas”.
El Comité para Prevención de la Tortura también se ha visto sometido a creciente presión. En diciembre, sus oficinas de Chechenia fueron incendiadas por atacantes no identificados, y en marzo, reporteros y activistas que hacían un recorrido de prensa organizado por el comité, en la región Cáucaso norte, fueron agredidos a golpes por hombres enmascarados. El comité también ha sido atacado por la misma legislación utilizada para eliminar a Agora. No obstante, su equipo legal insiste en que seguirán trabajando, aunque la organización sea forzada a disolverse.
“Si ocurre lo peor, seguiremos defendiendo casos como abogados independientes —dice Babinets—. La tortura no terminará”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek