En las células yihadistas que parten a luchar a Siria o buscan cometer atentados en nombre del islam, como en Bruselas el martes y en noviembre en París, hay muchos hermanos, un fenómeno que expertos atribuyen a motivos psicológicos y tácticos.
Los hermanos Khalid e Ibrahim El Bakraoui en Bruselas el martes, los hermanos Merah en 2012 en Toulouse, Francia, los Kouachi en el atentado contra Charlie Hebdo en París hace un año, los Abdeslam y los Abaaoud en noviembre, también en París, los Tsarnaev que cometieron el atentado contra el maratón de Boston en 2013: en los últimos años, numerosos hermanos de sangre se convirtieron en hermanos de armas contra quienes consideran “enemigos del islam”.
Y en las listas de investigaciones judiciales abiertas en Francia y en Bélgica por viajes a zonas controladas por el grupo Estado Islámico en Siria e Irak, los apellidos iguales son numerosos, a menudo por grupos de tres o cuatro.
“Es un fenómeno natural”, afirma el psiquiatra y ex agente de la CIA Marc Sageman, que fue uno de los primeros en señalar, en un libro aparecido en 2003, ese fenómeno. “Se desarrolla la identidad social hablando primeramente a los familiares. Y por supuesto los familiares son ante todo los hermanos y los amigos de infancia”, dice.
Frente a la rigurosa vigilancia organizada después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en las mezquitas y lugares de culto, esos pequeños grupos familiares, imposibles de infiltrar desde el exterior, se cierran en sí mismos y aprenden en la red las técnicas de simulación.
“Es una cuestión de confianza”, agrega Marc Sageman. “Naturalmente te fías de un pariente. Y cuando se trata de arrastrar a alguien contigo, el blanco más lógico es tu hermano menor o tu hermano mayor. Es el mismo fenómeno que las bandas callejeras. No se necesita ni lavado de cerebro ni adoctrinamiento”.
Burbuja de radicalización
“Dentro de ellos, la influencia funciona en las dos direcciones”, declara Amoyel a la AFP. “Se encierran rápidamente en una suerte de confusión psíquica. Hay algo de un poco loco, un poco irracional en ese proceso. Un asumir riesgos un tanto adolescente, aunque no siempre sean adolescentes”, sostiene.
Psicóloga de la asociación Entr’Autres, Amélie Boukhobza acota que “es a menudo el más joven el que tiene más cosas que demostrar, un lugar que encontrar, el que influencia al mayor. El hermano mayor no tiene necesariamente la ascendencia”.
Una vez que esa burbuja de radicalización se ha instalado, a menudo sin que se den cuenta los otros parientes, adquiere una coherencia y una resistencia a toda prueba.
“Es un círculo permanente de influencia de uno hacia el otro y viceversa, y puede desembocar en cualquier cosa”, dice, citando las “ganas de sobrepasar el límite, de ir hacia la rebelión absoluta. Y eso puede terminar en acción terrorista”, concluye.
Con información de agencias