JANET YELLEN, la sexagenaria de la melena nívea e infantil, desata pasiones monetarias. Los demócratas la idolatran. Los republicanos la denuestan. Pero unos y otros dependen de sus decisiones.
Barack Obama la convirtió en su caballo negro en 2014, cuando la eligió presidenta de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed). Reconoció en ella su sólida formación teórica, pero también su pragmatismo.
La primera banquera central de la historia de Estados Unidos siente un discreto desprecio por los economistas incapaces de empatar teoría con realidad.
Yellen recibió una economía estadounidense en proceso de recuperación, pero con riesgos de recaída. Debía actuar en consecuencia. Optó pues por dar continuidad a la política de su predecesor, Ben Bernanke, manteniendo las tasas de interés sin cambios, aunque no de forma perenne.
No hay economía que resista una tasa 0 por ciento de forma indefinida. Esta acicatea el gasto (¿quién tiene dinero en el banco cuando no reporta recompensa y la inflación lo erosiona?) y facilita el crecimiento económico (el crédito es barato para empresas e individuos), pero también alienta la especulación.
Los grandes capitales nunca pierden. Si las instituciones financieras no ofrecen rendimientos, embestirán contra las llamadas “monedas refugio”.
Así que Yellen decidió poner fin a la política de la tasa cero en diciembre pasado. Anunció que su tipo de interés referencial aumentaba en 25 puntos base, o dicho con simplicidad, que la tasa de interés que se utiliza para calcular otros réditos pasaría a un rango de entre 0.25 y 0.50 por ciento. Una decisión necesaria y acertada.
TRAS LAS HUELLAS DE LA FED
El Banco de México reaccionó de inmediato. No tenía otra opción. Anunció, a su vez, que su tasa de interés referencial pasaría de 3 a 3.25 por ciento.
Una reacción casi instintiva si quería evitar una mayor fuga de capitales. Sólo durante el último trimestre de 2015, un total de 1350 millones de dólares abandonaron el mercado bursátil y los bonos gubernamentales inconformes con las magras ganancias que ofrecían.
Sin embargo, en febrero, Banxico nos sorprendió con un nuevo —y unilateral— repunte. Esta vez su tasa referencial aumentó 50 puntos base, pasó de 3.25 a 3.75 por ciento.
¿Qué supondrá y por qué lo hizo?
Quienes tienen créditos personales, al consumo (tarjetas) y empresariales, deben revisar sus contratos. Es tiempo de leer la letra pequeña y de renegociar porque sus deudas aumentarán mes tras mes.
Los poseedores de créditos hipotecarios o automotrices aún pueden respirar, la mayoría de estas líneas se negocian a tasa fija.
El gobierno de Enrique Peña Nieto, en tanto, tampoco saldrá ileso. La deuda interna suma seis billones de pesos (20 veces más que durante el salinismo). Cada vez que se renueve una sexta parte de estos pasivos, el gobierno tendrá que pagar 8000 millones de pesos anuales extra por concepto de intereses. Y lo mismo sucederá con la deuda de los estados.
Las tasas altas serán un freno para muchas empresas y particulares, sacrificando con ello crecimiento (el PIB mexicano avanzará alrededor de 2 por ciento este año).
Pero no todo es malo.
Banxico tomó esta decisión porque su misión constitucional es preservar la estabilidad de precios y un tipo de cambio que arañaba los 20 pesos por dólar —producto de la volatilidad internacional, la caída en los precios del petróleo y de la incertidumbre que generan gigantes emergentes como China o Brasil— era una amenaza tangible para la inflación.
Y el peso tendrá un respiro temporal mientras las tasas sigan subiendo.
Aprovechemos el remanso, pero no apostemos por él en el largo plazo.
La estrategia de Yellen es sensata, pero no indolora. Vendrán pues tiempos de menor crecimiento y los analistas comenzarán a hablar de nuevo del flagelo del desempleo. Pero aún falta algún tiempo para ello.
La economía es una ciencia inexacta en la que el ganar-ganar sólo existe en los libros.