EL SÁBADO 13 DE FEBRERO de 2016 fue el Día D para Brasil: el lanzamiento de la batalla más importante en la guerra contra el Aedes aegypti, el mosquito que transmite los virus que causan fiebre amarilla, dengue, chikunguña y, hoy más alarmante, zika. Armado con insecticidas y folletos, y acompañado de miles de soldados, el gobierno brasileño —incluida la presidenta Dilma Rousseff y casi todos sus ministros— salió a las calles para convencer al pueblo de hacer todo lo posible para erradicar el mosquito de sus hogares. El país tenía pocos meses para hacer lo que no había logrado desde 1981, cuando se registró el primer caso de dengue, una enfermedad potencialmente letal semejante a la influencia: cerrar filas contra el vector.
El Aedes aegypti es endémico en el país, un insecto hematófago que se encuentra en la mayoría de los 5570 municipios del país. Esta especie particular de mosquito es responsable de la epidemia anual de dengue que mata cientos, a veces miles de brasileños, quienes han aprendido a vivir con esa enfermedad. Sin embargo, en los primeros meses de 2015, especialistas en enfermedades infecciosas empezaron a detectar lo que parecía un nueva infección transmitida por mosquitos, la cual tendía a causar síntomas parecidos a la influenza: fiebre ligera y una erupción leve que desaparecía en un par de días. La mayoría de los trabajadores sanitarios trataba el problema como si fuera dengue. Pero cuando el Dr. Kleber Luz, experto en enfermedades infecciosas de Natal, capital del estado de Río Grande del Norte, analizó los síntomas de sus pacientes, sospechó de inmediato que no era dengue y llamó a un colega, el Dr. Carlos Brito, investigador de la Fundación Osvaldo Cruz (Fiocruz) en Pernambuco, una de las instituciones de enfermedades infecciosas más importantes de Brasil. Su especialidad: arbovirus, virus transmitidos por mosquitos, garrapatas y otros artrópodos, incluidos dengue, fiebre amarilla y virus del Nilo Occidental. “Recogimos más de 500 muestras, e insistimos en que no era dengue, sino algo urgente y nuevo”, recuerda Luz. Tras descartar otras opciones, los dos expertos concluyeron que debía ser zika.
El zika se conoce desde hace décadas en África y algunas regiones de Asia, pero nunca se había diseminado a Sudamérica, de modo que la conclusión de los médicos fue recibida con desconfianza. Las autoridades contactaron al Ministerio de Salud, pero el gobierno brasileño no quedó convencido. Lo que fuera, no causaba síntomas peligrosos ni duraderos, ni mataba gente. Así que el gobierno optó por no implementar un informe obligatorio de la infección, y cuando terminó el verano de 2015, finalizaron las inquietudes del zika. “Hubo una resistencia enorme a la idea de que pudiera ser zika. Las autoridades de salud no creían que el zika pudiera llegar a Brasil”, dice Luz. “Subestiman la rapidez con que actualmente se diseminan las enfermedades por todo el mundo”. Frustrados, los doctores decidieron crear un grupo independiente para estudiar el virus.

LOS PRIMEROS SIGNOS GRAVES DEL MAL
En agosto de 2015 aparecieron los primero signos de que Brasil enfrentaba una oleada terrible de defectos congénitos. La neuropediatra Vanessa van der Linden acudió a una interconsulta en Recife, donde una mujer acababa de dar a luz gemelos varones, uno de los cuales presentaba un caso grave de microcefalia congénita: una cabeza anormalmente pequeña que afecta la función cognitiva. Los médicos no podían hallar la causa. “Era un hospital privado, así que podía investigar todas las causas posibles y hacer todo tipo de pruebas”, dice Van der Linden. “Pero todo fue negativo. Algo estaba mal, mas no podía encontrar qué era”. En aquel momento la situación parecía un incidente extraordinario; después de todo era sólo un bebé, un caso aislado.
No obstante, dos semanas después, durante sus rondas habituales, Van der Linden vio otros tres recién nacidos con microcefalia. Y la semana siguiente, otros dos. “Llamé a mi madre, quien también es neuropediatra, y reveló que tenía siete casos. No podía ser coincidencia”, dice Van der Linden. En apenas dos semanas, la doctora topó con más de 15 casos de microcefalia, más de lo que habría encontrado en todo un año. Agrega que, en determinado momento, “llegamos a tener tres casos en una noche, cuando normalmente habrían pasado cuatro meses sin un solo caso. Había que investigar”.
Van der Linden fue la primera profesional médica que sonó la alarma, acudiendo a las autoridades del Departamento de Salud de Pernambuco. De inmediato registraron los hospitales de la localidad y concluyeron que la doctora tenía razón: los casos registrados de microcefalia eran mucho más numerosos que el año anterior, y ninguno parecía relacionado con las causas más comunes de la deformación, como rubéola, citomegalovirus, toxoplasmosis, VIH o parvovirus. Se notificó al Ministerio de Salud de Brasilia, que respondió llamando a un equipo de una persona: el Dr. Carlos Brito.
Brito empezó haciendo preguntas y entrevistando a docenas de madres —algunas de apenas 14 años— que habían tenido bebés con microcefalia tan grave, que los niños sufrían de convulsiones constantes. “Fue un periodo muy triste y angustioso”, recuerda Brito. “¿Qué puedes decirles si no sabes qué sucede exactamente? Teníamos que encontrar una respuesta, y rápido”.
Luego de unos días de investigación, el doctor aventuró una teoría: la microcefalia podría ser consecuencia del virus de Zika. Y Brito tenía pruebas. Las madres pertenecían a todos los grupos etarios, no usaban medicamentos parecidos y, lo más importante, provenían de lugares muy distintos. “La dispersión era muy grande”, dice Brito. “No podía ser una epidemia causada por una enfermedad diseminada en la salida, como rubéola, o una caída repentina de la inmunidad que permitiera la transmisión de citomegalovirus. Hacía falta un vector”. Todas las madres dieron negativo a las causas comunes de microcefalia, y todas habían experimentado los síntomas de zika (fiebre y sarpullido) durante el primer trimestre, el cual coincidió precisamente con el brote de principios de 2015.
CASCADA DE TEMORES
Brito se debatía entre el temor de tener razón y el temor de equivocarse. De ser Zika, existía el potencial inimaginable de que la microcefalia se diseminara como la gripe. El Aedes aegypti vive en todas las ciudades de cada región de Brasil, y durante 30 años el país ha intentado controlar la plaga, infructuosamente. Pero si se equivocaba, Brito podría desatar el pánico y demorar la investigación requerida para desenterrar la causa real del brote de microcefalia.
Así que llamó a su colega, Luz, para averiguar si había detectado el mismo patrón en Río Grande del Norte, donde se habían registrado los primeros casos de zika el año anterior. “Hallamos 11 casos en 12 horas”, informa Luz. “Y el periodo de gestación coincidía con el inicio del brote del zika”. Con todo, los doctores no podían encontrar pruebas de que el virus hubiera infectado a los bebés. Los síntomas del zika suelen desaparecer después de uno o dos días, y los únicos rastros que deja el virus son anticuerpos, proteínas específicas que produce el organismo para combatir una enfermedad infecciosa, pero en aquel momento no había una prueba para detectar la presencia de anticuerpos en las muestras de sangre de la madre o el bebé.
Cuando se corrió la voz de que podría haber un nexo entre el zika y la microcefalia, los científicos de todo Brasil buscaron signos en recién nacidos afectados. Por ejemplo, los científicos de Fiocruz, en Pernambuco, comenzaron a aplicar un método llamado reacción en cadena de polimerasa para amplificar los rastros del ADN viral, con la esperanza de localizar residuos de ADN del zika en los bebés afectados, pero no tuvieron éxito.
La cacería no dio resultados sino hasta un mes después. La Dra. Adriana Melo estaba atendiendo dos mujeres embarazadas, cuyos nonatos parecían tener cabezas anormalmente pequeñas. En ambos casos, los fetos presentaban también subdesarrollo del cerebelo (parte del cerebro que controla los músculos, la audición y la visión), una característica que no suele relacionarse con la microcefalia congénita. “Jamás había visto algo así en 17 años de experiencia”, dice Melo. “Pocos días después, recibí un texto en un grupo de investigación sobre la sospecha del nexo entre microcefalia y el zika. Y entonces pensé: es una explicación posible”.

Melo consultó con colegas para encontrar la manera de practicar pruebas del zika a las dos mujeres, pero ninguno de los laboratorios privados que solía utilizar contaba con las herramientas necesarias. “No tenía contactos en el Ministerio de Salud y no conocía instituciones públicas que estuvieran haciendo investigaciones en zika. Tardé casi dos meses en dar con la solución”, agrega Melo. A la larga, un amigo mencionó a una investigadora de Fiocruz. “Me llamó el día de mi cumpleaños [5 de noviembre]”, recuerda Melo. “Hablamos durante dos horas, tratando de encontrar la manera de enviar líquido amniótico a Río de Janeiro, mientras mis invitados celebraban [mi cumpleaños]”.
Cuando recibió los resultados, Melo confirmó sus sospechas: había rastros del virus de Zika en el líquido amniótico. Por primera vez se reveló que el virus estaba en contacto con fetos malformados. “Era lo que necesitábamos para confirmar el nexo entre microcefalia y zika”, dice Brito. A pesar de ello, el Ministerio de Salud consideró que la conexión era “muy probable”, pero no confirmada. Dos semanas después, el 28 de noviembre, otra fundación de investigación brasileña confirmó que sus científicos habían encontrado el virus en el cerebro de un bebé mortinato. Ese día, el Ministerio de Salud de Brasil publicó una declaración anunciando que el zika era la causa del brote de microcefalia.
Pasaron otras seis semanas para que la Organización Mundial de la Salud emitiera una alerta mundial, pese a los exhortos del gobierno brasileño, que ya había declarado una emergencia de salud nacional. A instancias de un comité de expertos independiente, la OMS finalmente decretó una emergencia de salud global en febrero de 2016. Después de semanas de insomnio, Brito —padre de tres mujeres jóvenes— por fin pudo respirar; el mundo había abierto los ojos ante la crisis médica que un pequeño grupo de médicos del noreste de Brasil había descubierto tres meses atrás.
Funcionarios de salud pública de todo el continente americano están trabajando a marchas forzadas para encontrar una solución al problema del zika. Hay proyectos de investigación que parecen una mezcla de ciencia y ficción, como soltar en la naturaleza versiones de Aedes aegypti genéticamente modificadas para volver estériles poblaciones completas, o usar bacterias que viven en el intestino del mosquito, como una especie de Caballo de Troya que suelte moléculas que puedan interferir con su capacidad reproductiva. También hay propuestas de último recurso, como retomar el DDT, un insecticida neurotóxico altamente eficaz, el cual dejó de utilizarse cuando el libro de Rachel Carson, Primavera silenciosa (publicado en 1962), reveló que había causado una devastación ambiental.
Otras sugerencias son más mundanas, como proporcionar a la población los conocimientos básicos y las herramientas (insecticidas amigables con el ambiente) que necesita para reconocer y evitar la infección por zika, si acaso llegara a ocurrir. Otra solución simple es ofrecer opciones de planificación familiar más adecuadas (control de la natalidad y aborto legal) en regiones de Sudamérica donde las mujeres con embarazos no deseados no disponen de un recurso legal. Muchos argumentan que al dar a las mujeres más control sobre la reproducción podría aliviarse el problema real: el creciente riesgo de que la mujer infectada conciba un niño afectado con microcefalia.
En términos de profilaxis, tal vez la panacea sea una vacuna distribuida a todos los ciudadanos de cada país en dificultades. Y bien podría estar en puertas. El Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos está escalando esfuerzos, enfocándose en adaptar una vacuna contra el virus del Nilo Occidental, que hace poco resultó exitosa en ensayos clínicos de Fase I. Las grandes farmacéuticas también están interesadas en este campo; por ejemplo, Sanofi Pasteur ha lanzado una iniciativa que aprovechará el trabajo realizado para una vacuna contra el dengue, aprobada hace poco, y a partir de allí desarrollar rápidamente otra contra el zika. Sin embargo, “rápidamente” es un término relativo en estos casos. La realidad es que el desarrollo de una vacuna requiere de millones de dólares, y varios años en diseño, pruebas y distribución.
Hasta ahora, hay 3893 casos sospechosos y 508 casos confirmados de microcefalia en Brasil; en 41 de ellos se ha verificado el nexo con la infección del zika. El 19 de febrero, la OMS anunció que un grupo conjunto de investigadores de los Centros para Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos y una compañía brasileña de biotecnología en los estados nororientales de Bahía y Paraíba halló pruebas del virus de Zika en autopsias de bebés con microcefalia, consolidando la relación entre estos dos problemas de salud. No obstante, circulan en Brasil infinidad de teorías de conspiración en cuanto a la causa “real” del brote de microcefalia, y abarcan desde vacunas caducas hasta el uso de larvicidas o mosquitos transgénicos. Todas esas teorías se fundamentan en el hecho de que otros países, como Colombia, han detectado la presencia de zika, pero no hay microcefalia.
“Es evidente que no tenemos todas las respuestas. Esta es una investigación en curso”, dice Luz. “Quizás el virus tuvo una mutación antes de llegar a Brasil. Lo que no podemos hacer es aguardar meses hasta estar 100 por ciento seguros. Tenemos que hacer algo ahora”.
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Publicado en cooperación con Newsweek /