EL ENFRENTAMIENTO entre Apple y el FBI por la exigencia de violar el celular de Syed Rizwan Farook, el asesino de San Bernardino, es más que el prototípico debate estadounidense sobre los límites de la privacidad en la era del terrorismo. También pone en evidencia la manera como las compañías tecnológicas estadounidenses enfrentan las exigencias de los gobiernos de naciones autoritarias que no respetan las libertades civiles y que, no obstante, están muy interesados en las utilidades corporativas. Esta lista la encabeza China, la segunda economía mundial, pero también incluye a Vladimir Putin, de Rusia, donde los servicios de seguridad se han ganado la reputación de ser los adversarios tecnológicos más sofisticados de Estados Unidos. El caso específico de Apple en Estados Unidos ha planteado la interrogante de si el gigante tecnológico entrega a gobiernos extranjeros las cosas que, justificadamente, se niega a entregar al FBI.
Desde hace años, las empresas estadounidenses han estado bajo presión en China por dos motivos importantes. Primero, el país es un estado policial, donde el Partido Comunista sofoca la libertad de expresión y su colosal aparato de seguridad se asegura de que cualquier disidente o levantamiento popular sea aplastado de inmediato. Por consiguiente, las compañías tecnológicas son una amenaza para el gobierno, o bien, una herramienta potencialmente útil para los propósitos del régimen.
Segundo, la política económica de China ha establecido la prioridad de convertirse en una potencia tecnológica, hogar de compañías con las que el gobierno espera situarse en la cumbre de la pirámide de tecnología, derribando a Apple y compañía. Así que, a cambio del acceso a sus mercados, Pekín ha condicionado requisitos como contenido local, empresas conjuntas obligatorias y transferencias de tecnología forzosas (aunque, para ser justos, lo mismo han hecho otros países menos autoritarios como Japón y Corea del Sur).
La presión es intensa, y las compañías han optado por responder (o no) de distintas formas. En el caso más famoso (o infame, según algunos accionistas), los cofundadores de Google, Sergey Brin y Larry Page, decidieron no operar en China en vez de someterse a la censura del gobierno, la cual prohíbe que las búsquedas web presenten información honesta sobre temas como la masacre de la Plaza Tiananmen en 1989 (busca “Plaza Tiananmen” en Baidu, el equivalente Google de China, y obtendrás un montón de listados sobre lo lindo que es ese lugar turístico). Brin declaró que su crianza en la Unión Soviética le impedía colaborar con los censores del gobierno.
En otras ocasiones, las compañías han presionado colectivamente a China. En un incidente famoso, a fines de 2009, el Ministerio de Ciencia y Tecnología exigió que todas las tecnologías utilizadas en productos vendidos al gobierno fueran desarrolladas en China, lo que habría obligado a las multinacionales a realizar más operaciones de R&D en el país, donde la propiedad intelectual corre mucho peligro. Tras los aullidos de protesta de una gran variedad de empresas de alta tecnología, el ministerio desistió.
Hubo instancias en que las compañías de alta tecnología han sido —en opinión de sus críticos— bastante menos que ejemplos de valentía. El más notorio fue en 2005, cuando Yahoo Holdings Ltd. de Hong Kong proporcionó a las autoridades chinas la dirección IP de Shi Tao, periodista que luego fue arrestado y sentenciado a diez años de prisión por “proporcionar secretos de Estado a entidades extranjeras”. Reportero de un diario, Shi había enviado un correo electrónico a un amigo en Estados Unidos, comentando que Pekín ordenó a los medios chinos que ignoraran la conmemoración pública de la masacre de Tiananmen, cuyo aniversario era inminente.
Los abogados de Yahoo explicaron que la compañía sólo cumplía con la ley china, requisito de cualquier empresa que operaba en el país. “Si queremos hacer negocios aquí, no podemos elegir las leyes que nos gustan o no”, me dijo un ejecutivo de Yahoo en su momento (Shi fue liberado en septiembre de 2013).
Ese lamento —no podemos elegir las leyes que nos gustan— refleja la situación de muchos empresarios que intentan trabajan en China. Y ahora se aplica también a Apple que, a la zaga del conflicto con el FBI, se ha visto atacado con informes falsos sobre su actuación en China, tanto en la prensa como en blogs tecnológicos de todo el mundo. Antes de explicar lo que Apple hizo o no en China, es importante enfatizar un hecho: no hay pruebas de que la compañía proporcionara al gobierno chino algo que ahora se niegue a entregar a los federales estadounidenses.
Ahora bien, ¿qué hizo Apple? Analicemos la histeria desatada en 2013 por las afirmaciones de Edward Snowden, aquello de que las compañías tecnológicas estadounidenses (incluida Apple) crearon “puertas traseras” en sus sistemas operativos para que los gobiernos pudieran espiar a los usuarios y acceder a la información privada de sus dispositivos. Tim Cook, CEO de Apple, gritó desde las montañas más altas que ningún gobierno tenía una puerta trasera en sus productos o servicios, y jamás la tendría. Por supuesto, Pekín no le creyó, porque estaba trabado en una creciente guerra cibernética con Estados Unidos. Así que, según los medios estatales chinos y los ejecutivos tecnológicos del país, el régimen comunista le dijo a Apple que necesitaba hacer una “auditoría de seguridad” de sus productos. Y así lo hizo, hace un año, pero nunca se supo si la auditoría tuvo ramificaciones, porque Apple ha seguido vendiendo iPhones y todos sus productos sin el menor incidente.
Nótese la ironía: la auditoría de seguridad china se hizo para garantizar que Apple no hubiera construido una puerta trasera en sus productos, con la cual el gobierno de Estados Unidos habría tenido una ventaja en China (Apple nunca ha confirmado o negado públicamente la auditoría secreta). Pero ahora, tras la controversia por el teléfono del atacante de San Bernardino, el simple hecho de que Pekín hiciera una auditoría de seguridad crea la sospecha de que Apple acató las órdenes de Pekín mientras que se niega a obedecer en Estados Unidos.
Hay pocas evidencias de que esto sea verdad. Algunos críticos utilizan la auditoría de seguridad para concluir que Apple “entregó” a los chinos su “código fuente” y consiguientemente —en teoría— le dio ideas a Pekín para construir su propia puerta trasera en los productos Apple. En palabras de John Kheit, editor de Mac Observer, sitio web dedicado exclusivamente a todos los productos Apple: “Mostrar el código fuente de ninguna manera revela las claves de encriptación mágicas que genera el código fuente y se mantienen en secreto en los dispositivos individuales de los usuarios”.
Apple está librando una batalla que deleita a los libertarios “No te metas con mi iPhone” y que aborrecen los extremistas “Maten a los terroristas antes que ellos nos maten”. No obstante el resultado, es importante que Apple acalle el temor de que está enfrascado en un doble juego en lo que, a la larga, será su mercado más grande.
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