Estados Unidos, la catarsis del voto

LA CARRERA FORMAL por la sucesión presidencial en Estados Unidos se inició hace un mes en Iowa. Con las elecciones primarias celebradas en ese estado meridional se puso en marcha el complejo sistema electoral estadounidense para escoger, primero, a los candidatos de sus dos grandes partidos políticos y, después, a quien sucederá al presidente Barack Obama.

El sistema electoral estadounidense es distinto al de muchas otras democracias. Incluso no existe una forma unánime de votación en las distintas entidades federativas que componen el país para elegir a los candidatos. Esto también es distinto entre el Partido Demócrata y el Republicano, ya que sus sistemas internos de elección para la conformación del número de delegados electorales son muy diferentes.

Sin duda este proceso es largo y complejo. Prácticamente es un año entero entre la celebración de las primeras elecciones y la toma de protesta del nuevo presidente (que siempre se da el 20 de enero del año siguiente).

Para comprender mejor lo anterior, describiremos los detalles y alcances principales del camino que los candidatos presidenciales tendrán que recorrer. Sin embargo, es importante anticipar que, tanto en las elecciones primarias como en las generales, se trata de un sistema de elección indirecta en el que los ciudadanos votan por delegados que, a su vez, llevan el mandato de elegir a uno u otro candidato.

Es imprescindible abordar primero la selección de los candidatos presidenciales. Al respecto, existe un calendario electoral que organiza, en todos los estados de la Unión Americana, el proceso para elegir al abanderado de cada partido político (esto se inicia precisamente en Iowa).

Las votaciones se hacen a través de elecciones primarias o por medio de asambleas electivas conocidas como “caucus”. La votación directa en ambos sistemas provoca que el ganador se lleve la totalidad de los delegados en juego, que posteriormente representarán a ese estado en una convención nacional que se celebrará en el mes de julio para ambos partidos políticos. Este ejercicio hace que dicha convención normalmente sea una celebración de unción para el candidato previamente elegido, aunque en una elección muy cerrada y, sobre todo, cuando son más de dos los contendientes, puede ser que ahí mismo se escoja al candidato.

Ahora, en el caso de la elección nacional para elegir al próximo presidente y vicepresidente, celebrada siempre el primer martes de noviembre, se establece un sistema similar. Los candidatos requieren el mayor número de votos directos en los estados para que el ganador en cada uno de ellos se lleve la totalidad de los votos electorales que representan, intentando obtener así la mayoría (270 de 538) para ganar la contienda. Las únicas excepciones a esto son Maine y Nebraska, que tienen un sistema de representación proporcional.

Este diseño electoral hace que los esfuerzos de los equipos de campaña no se concentren solamente en los territorios densamente poblados, obligando a los candidatos a recorrer todo el país para obtener el número de votos electorales que cada estado tiene.

No obstante, si bien es cierto que los candidatos hacen campaña en buena parte del territorio estadounidense, la realidad es que muchos estados tienen ya determinado el perfil de sus votantes, con algunas excepciones. Esto hace precisamente que las entidades que poseen un voto incierto marquen la diferencia en el resultado final e, incluso, que un candidato obtenga más votos directos que el otro, pero no los votos electorales suficientes, como llegó a suceder por ejemplo en el año 2000.

En esa ocasión el estado de Florida le dio el triunfo definitivo a George W. Bush. Así, a pesar de que Al Gore tuvo más votos directos a escala nacional, al haber perdido en ese estado y por lo tanto sus votos electorales, el resultado final fue la derrota en la carrera presidencial de Estados Unidos.

En ese sentido, tres de los grandes centros poblacionales de Estados Unidos (Los Ángeles, Chicago y Nueva York) tradicionalmente votan por el Partido Demócrata, a esto se suman las preferencias electorales de otros estados en las costas del noreste y oeste (aunque en el caso de Washington State sólo los municipios pegados al mar tienen una mayor tendencia socialdemócrata, mientras que los que se acercan al centro son más conservadores).

Por otro lado, lo que se conoce como Middle America y los estados del sur tienden a votar por el Partido Republicano, siendo una excepción relevante en la última elección el estado de Arizona.

Ante este escenario, parecería entonces que, si son más el número de estados que sistemáticamente suma el partido del elefante, y atendiendo a lo que se ha dicho sobre este sistema electoral, lo lógico es que gobernara con periodos de mayor continuidad. Esto sería cierto si todas las entidades tuvieran el mismo peso electoral, pero este se ajusta en virtud de la densidad demográfica de cada uno de ellos. Por eso California, Texas y Nueva York son los que tienen el mayor número de votos electorales.

De estos estados, solamente Texas vota por los republicanos, aunque no siempre ha sido así, ya que en las décadas de 1960 y 1970 era una entidad que normalmente favorecía a los demócratas.

Sin duda los candidatos no se pueden confiar y deben llamar a todos sus electores; sin embargo, para obtener la mayoría de los votos electorales, es indispensable que ganen en los estados “indecisos” que suelen ser Florida, Ohio, Nevada, Virginia, Carolina del Norte, Wisconsin, Idaho, Colorado, Nuevo Hampshire, Pensilvania y Michigan. De estos, el más significativo es Ohio, ya que se le conoce como el “espejo” estadounidense. Esto es así, ya que casi siempre el ganador aquí obtiene la victoria en general. Sólo ha habido dos excepciones: Roosvelt vs. Dewey, en 1944, y Nixon vs. Kennedy, en 1960.

La carrera apenas comienza, sólo se han celebrado unas cuantas elecciones primarias y todavía hay un largo camino por recorrer. Sin embargo, resulta sumamente significativo en esta elección la prominencia de los apellidos hispanos del lado de los republicanos; y, con los demócratas, la posibilidad de que, por primera vez, sea mujer o un profesante de la religión judía quienes puedan resultar nominados.

Finalmente, cabe destacar también la gran afluencia de votos hispanos. Todos los analistas coinciden en la importancia electoral creciente de esta minoría, pero era francamente difícil anticipar que en algunos casos el incremento de sus votantes se daría en más de un 200 por ciento respecto a las últimas elecciones primarias.

Ir a votar en Estados Unidos no es un ejercicio sencillo, hay que registrarse previamente para hacerlo y se debe acreditar la residencia, por eso los partidos invierten una fuerte cantidad de tiempo y dinero previo al inicio de las primarias para que los electores así lo hagan y estén facultados para votar el día de la elección. Por diversas razones, este trámite ha sido un desincentivo para los electores hispanos, por eso existen organizaciones que se dedican justamente a promover, orientar y facilitar dicha preinscripción.

La irrupción hispana en las elecciones estadounidenses llegó para quedarse, tanto por sus posibles candidatos (como Julian Castro, exalcalde demócrata de San Antonio y actual secretario de Vivienda), como por el innegable impulso que tendrán sus electores en estos y los subsecuentes procesos electorales. Además, en algunos estados indecisos como Florida, Denver y Nevada, el sentido de sus votos es determinante para la elección.

Ahora bien, otro aspecto novedoso de esta elección es la polarización de las posturas que han tenido algunos candidatos y lo cerradas que han estado las elecciones primarias celebradas hasta ahora. Por eso, el mejor antídoto para vivir sin mayores sobresaltos una contienda como esta es tomar conciencia de que todo puede pasar.