Crecer con la libertad de olvidar

El día que cayeron las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, el periodista argentino Mario Palmero es enviado de la Ciudad de México a Nueva York a cubrir el atentado. Como en esos momentos no hay vuelos a la ciudad recientemente vulnerada, el reportero conduce, durante tres días, hasta Manhattan. Con él hacen el viaje dos viejos lobos de la fotografía de guerra: un colmilludo corresponsal europeo, cuya carrera se encuentra en declive, y un viejo periodista latinoamericano acosado por sus escrúpulos distraídos. A medida que recorre la tierra en conflicto, y que la tensión entre los tres viajeros aumenta, el periodista se adentra a lo más profundo de su conciencia y examina hondamente el destino que ha recorrido hasta entonces: de la dictadura argentina que vivió en su infancia y el exilio forzado a la violencia creciente en el México contemporáneo. De esta manera, irremediablemente el viaje por el poderoso Estados Unidos, en ese momento herido de muerte, se convierte en una investigación implacable sobre aquello que acecha en todo momento a la humanidad.

“Uno de los motivos que me animaron fue contar esta pérdida de la inocencia”, dice el escritor argentino Gastón García Marinozzi respecto a su nueva novela, Viaje al fin de la memoria, publicada recientemente bajo el sello de la casa editorial Tusquets. “Y es que la transformación del mundo que significó la caída de las Torres Gemelas fue un paso a la madurez para mi generación”.

En entrevista con Newsweek en Español, el autor, de 42 años de edad, abunda al respecto: “Nuestra generación pensaba que era posible vivir otro mundo. Y, sin embargo, al igual que le tocó a otras generaciones, a nuestro padres con sus revoluciones y dictaduras, a nuestros abuelos con las guerras mundiales, a la nuestra también le tocó, y eso fue el inicio de otro mundo, un mundo diferente, un mundo que cambió la manera de relacionarnos, de vernos, pues se legalizó la sospecha, el 11 de septiembre permitió que la paranoia fuera una cuestión de Estado, ya bastaba el color de piel para ser discriminado, como siempre más o menos, pero ahora la sospecha era legalizada. Luego vinieron los atentados en Madrid, luego en Londres, luego la guerra. Creo que en ese sentido perdimos la ingenuidad, el mundo es así ahora”.

—¿A Mario Palmero, protagonista de la novela, le toca vivir en carne propia la represión argentina, la inseguridad mexicana, el atentado contra Estados Unidos. ¿Por qué el destino se ensaña tanto con él?

—Lo que trato es que sean como los golpazos de realidad que nos impone la vida. La historia, de vez en cuando, para bien, para mal, para lo que sea, nos transforma la existencia. Mario tiene una vida transformada por hechos históricos como la dictadura argentina, y tiene que salir de allí, se tiene que exiliar en México junto a sus padres. Entonces, él está marcado desde el inicio de su experiencia vital con este tipo de cosas. A veces parece que las decisiones no las toma él en esta vida, las toman los hechos sociales, políticos, su madre, la familia, y él llega a los 30 años y parece que nunca ha tomado la decisión de nada. Si por él fuera tampoco iría a Nueva York, se hubiera quedado en la redacción, pero no había otro disponible, era el único que tenía pasaporte y visa.


“Tenemos que cargar una mochila muy pesada, parece que no podemos dar un paso adelante sin cargar con todo nuestro pasado”. FOTO: Antonio Cruz/NW Noticias

—Un viaje al fin de la memoria remite, más bien, a un viaje sin regreso. ¿No te parece?

—Sin espolear la novela, en Viaje al fin de la memoria hay una idea de la que me interesa hablar, que es la memoria y el olvido. Hoy no hay nada más políticamente incorrecto que el olvido, parece que social y políticamente estamos obligados a recordar constantemente todo. Somos como los Funes [el Memorioso] de [Jorge Luis] Borges, que no olvidaba nada, que cada hoja que se movía por el viento en los árboles él la registraba en la memoria. Nosotros somos como el resabio de una generación muy politizada como fue la de nuestros padres, el 1968 mexicano, la década de 1970 argentina, el 1968 francés, y parece que hemos crecido sin la libertad de olvidar. No es que olvidar sea una bandera, simplemente que nunca tuvimos el permiso de atender la posibilidad de olvidar.

“Son hechos graves, por supuesto, pero tenemos que cargar con una mochila muy pesada, parece que no podemos dar un paso adelante sin cargar con todo nuestro pasado. Insisto, no está bien ni mal, simplemente planteo la posibilidad de poder olvidar, cosa que, como dije, es políticamente incorrecto, es decir, nadie nos dirá que nos olvidemos de Auswitch. Pero no es un olvidar frívolo, creo que es un olvido que tiene que ver con la resiliencia, que es esta capacidad del ser humano de superar y de recuperarse de los momentos dramáticos”.

—¿Pero qué caso tiene esta idea del olvido?

—Una posibilidad de vida. No es amnesia, y eso es importante aclararlo, no es el olvido tampoco freudiano que es muy traumático, que olvidas y en realidad lo que estás haciendo es reprimir, sino liberar algo de la vida, de la historia, tener muy claro lo que pasó, saber lo que pasó, y plantear la posibilidad del olvido, que me parece un derecho. Pero ahí lo pongo en el debate: cargar esas mochilas todos los días está en nuestro ADN desde los primeros humanos. Pero andar con tal mochila, andar con tanta memoria, puede llegar a ser pesado. No es un juicio moral y ni estoy diciendo cómo tenga que ser, simplemente estoy diciendo que nos planteemos la posibilidad de olvidar.


Gastón García Marinozzi. FOTO: Antonio Cruz/NW Noticias

—¿Qué situaciones llevan a un ser humano al examen mental precisamente en la carretera?

—Creo que estas carreteras se prestan mucho. El personaje maneja tres días, no sé cómo le quedaron los riñones. La carretera tiene esta cuestión hipnótica en donde puedes pasar horas manejando, escuchando música y liberando un poco la cabeza. Se acerca un poco a la meditación, es un estado de cierta gracia, estar ocupándote solamente de pisar el acelerador e ir con cuidado.

—¿Pero esa meditación necesariamente llevará a otros estadios?

—Al protagonista lo lleva a algo que no había reflexionado en su vida: quién era, de dónde venía, cómo dejó de decir “fútbol” y empezó a decir “futbol”, y comenzaron a cambiarle las palabras y la vida. Hay una escena donde la madre le dice: ya basta, ya no somos argentinos, somos mexicanos, y a partir de ese día él ya prácticamente no volvió a ser argentino. Entonces, esta carretera lo pone en esa crisis de preguntarse de manera existencial quién soy, de dónde vengo.

—¿Es sano o insano caer en esa catarsis meditativa?

—Creo que es bueno porque es la que lo mueve —concluye García Marinozzi—. Él, como cualquier otro ser humano en ciertos momentos, no sabe a dónde va, no tiene idea, lo han mandado a Nueva York, pero internamente no sabe a dónde va. Hasta ese momento no sabía de dónde venía, pero estos tres días le permitieron al menos preguntarse de dónde viene. ¿A dónde va? Sigue sin saberlo.