Las musulmanas bosnias que acampaban en el maizal estaban destrozadas. Algunas sollozaban, mientras otras se sentaban en silencio, mirando al vacío. Era un verano abrasador en julio de 1995, y la ciudad de Srebrenica acababa de caer ante los bosnios serbios. “Ellas estaban traumatizadas por completo”, recuerda el periodista británico Julian Borger, quien cubría la guerra en Bosnia para el periódico The Guardian y la BBC. Él es ahora el editor diplomático de The Guardian. “A ellas les acababan de arrebatar a sus esposos, padres e hijos y los ejecutaron en una serie de asesinatos masivos. Recuerdo a una mujer reprobando a otra: ‘¡Cómo pudiste perderlo de vista!’”.
Borger había cubierto la guerra por dos años, pero nunca había visto algo como estas escenas en este maizal u oído historias como las que contaban las mujeres allí. Él vio el cuerpo de una mujer, Ferida Osmanovic, cuyo marido había sido ejecutado; ella se ahorcó en un árbol.
Srebrenica, una ciudad al este de Bosnia, era un área declarada segura por la ONU. Una guerra civil que comenzó en 1992 había dividido profundamente la antigua república yugoslava en grupos étnicos. Esa parte del país era el hogar de los musulmanes. Los serbios, a quienes la mayoría de las naciones occidentales consideran los agresores en la guerra, controlaban el territorio por todos lados. Una unidad de fuerzas de paz holandesas fue apostada en la ciudad, donde la gente dependía de los convoyes de ayuda de la ONU para alimentarse. Pero las fuerzas de paz superadas en número y asustadas estuvieron a la espera cuando los bosnios serbios se movieron para obtener el control de Srebrenica en julio de 1995. Y se quedaron a la espera cuando los serbios se llevaron a más de 8000 hombres y muchachos musulmanes.
Las escenas que siguieron recordaban al Einsatzgruppen, los escuadrones nazis de exterminio que masacraron a cientos de miles de judíos en Europa Oriental durante la Segunda Guerra Mundial. Día tras día, los prisioneros fueron enviados en autobús a sitios de ejecución, donde les disparaban y luego enterraban en tumbas masivas. Los satélites espías occidentales monitoreaban algunos de los cementerios, y una mañana de ataques aéreos podría haber salvado miles de vidas. Pero los ataques aéreos nunca se dieron.
Los ataques de la OTAN contra las fuerzas bosnio-serbias finalmente comenzaron en agosto de 1995, un mes después de la masacre de Srebrenica. Poco después, los bandos en guerra firmaron un complejo acuerdo de paz en Dayton, Ohio, que dividió a Bosnia en tres partes y pretendía dar una representación equitativa a los tres grupos étnicos: bosnios musulmanes, serbios y croatas. El acuerdo le puso fin a una guerra de tres años que costó alrededor de 100 000 vidas.
Avergonzado por sus políticas durante la guerra y su fracaso en detener lo que sucedió en Srebrenica —la peor atrocidad en una guerra que no tuvo escasez de ellas—, Occidente decidió abordar sus fracasos. En mayo de 1993, el Consejo de Seguridad de la ONU había establecido el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY). No podía detener la violencia en los Balcanes, pero determinó que Srebrenica fue un genocidio y se propuso tratar de llevar a juicio a los responsables. El nuevo libro de Borger, The Butcher’s Trail, es un recuento de lo que se convirtió en la caza más extensa de criminales de guerra desde el final de la Segunda Guerra Mundial. “Fallamos, penosamente, en detener ese crimen que fácilmente pudimos haber evitado, pero por lo menos, con retraso, fuimos tras los asesinos”, dice Borger. “Era algo importante que hacer”.
El libro tuvo su origen en un artículo sobre la caza que Borger escribió para The Guardian en agosto de 2011. Él rápidamente cayó en cuenta de que había mucho más que decir. “Sentí que me estaba topando con una escena de historia sin contar. El TPIY también fue una redención parcial por los fracasos en Bosnia”.
Borger, quien era parte del equipo de reporteros de The Guardian que ganó el Premio Pulitzer 2014 al periodismo de servicio público por la cobertura del periódico a los archivos de vigilancia revelados por el exagente estadounidense de inteligencia Edward Snowden, maneja la historia complicada con estilo y confianza. Escrito vívidamente, lleno de vivaces esbozos de personajes de los jefes de espías, abogados y diplomáticos, The Butcher’s Trial es un recuento investigado a profundidad de la caza de algunos de los peores criminales de finales del siglo XX.
En algunas partes, se lee como un thriller de espías, ya que la narrativa nos lleva a poblados montañosos aislados, las oficinas de funcionarios gubernamentales de alto rango y dentro de las agencias de inteligencia. En el ínterin, Borger revela nuevos detalles de las operaciones para arrestar a los más buscados por el TPIY. Cuenta la historia de cómo Slavko Dokmanovic, el primer acusado criminal de guerra arrestado por tropas de la ONU, fue capturado por un grupo pequeño de soldados polacos de fuerzas especiales, encapuchado y subido a un avión a La Haya. También describe por primera vez cómo Goran Hadzic, un exlíder de los croatas serbios y el último acusado sospechoso en ser arrestado, fue rastreado después de que espías franceses se infiltraron en el mercado negro balcánico de arte robado.
Borger es especialmente fuerte en la intriga internacional, conforme servicios rivales de inteligencia intervenían en las investigaciones, los gobiernos se retractaban de sus compromisos financieros y los funcionarios de TPIY enfrentaban obstrucción y resistencia de algunos funcionarios occidentales que se oponían a una nueva corte de la ONU sobre la cual no tenían control alguno.
Algunos de los materiales más fascinantes en The Butcher’s Trail se refieren a las revelaciones de Borger sobre la unidad de rastreo ultrasecreta del TPIY. En el periodo inmediatamente después de los Acuerdos de Dayton en 1995, la comunidad internacional mostró poco interés por arrestar a los perpetradores de alto rango. Las potencias occidentales estaban más preocupadas por conservar la paz frágil de Bosnia que por arrestar a criminales de guerra. Los soldados de la OTAN desplegados en Bosnia fingían no ver a los buscados por el TPIY mientras estos viajaban libremente por el país.
Aun cuando los servicios de inteligencia occidentales no estaban interesados en arrestar a los perpetradores, la unidad de rastreo del TPIY, conformada por exespías e investigadores, sí lo estaba. Y tendía un mandato poderoso: los estados miembros de la ONU estaban obligados a cooperar, pero a la CIA y el MI6 no se les encargó hallar sospechosos antes de 1997.

AUTORES INTELECTUALES: En esta foto de 2002, una pareja bosnia camina junto a un póster de los dos sospechosos de crímenes de guerra más buscados en Bosnia: Radovan Karadzic, líder de los bosnios serbios, y su comandante, Ratko Mladic, en Sarajevo. FOTO: SAVA RADOVANOVIC/AP
“Era un pequeño grupo de personas que fue fundamental para hallar sospechosos”, dice Borger. “Ellos estaban muy dedicados, raudos y veloces y mucho más eficientes que la CIA o el MI6. La gente que hablaba con el TPIY no hablaba con la CIA o el MI6”. Algunas de las técnicas usadas por la unidad de rastreo para ubicar sospechosos luego se usaron, y pulieron, en la búsqueda de los sospechosos de terrorismo después del 11/9.
Hay el humor ocasional en un libro lleno de historias depravadas de hombres que claramente encontraban placer en deshumanizar a sus víctimas. Borger describe cómo las fuerzas estadounidenses de operaciones especiales enviaron un traje de gorila de tamaño real a Bosnia en su caza de Radovan Karadzic, el líder de los bosnios serbios. El plan era vestir a un soldado con el disfraz, quien distraería al convoy de Karadzic lo suficiente para que el psiquiatra convertido en demagogo fuera atrapado sin derramar sangre (Karadzic fue arrestado en Belgrado en 2008, donde había vivido bajo un nombre falso y trabajaba como curador espiritual.)
Por más de 20 años, el TPIY acusó y arrestó a 161 individuos por crímenes de guerra y genocidio, sólo una fracción diminuta de los perpetradores. Catorce de los involucrados en la masacre de Srebrenica fueron sentenciados por cargos de genocidio y otros crímenes de guerra. Los casos contra Karadzic y Ratko Mladic, el comandante militar de los bosnio-serbios, continúan.
Pero muchos de los perpetradores de bajo rango de la masacre y otros crímenes —los choferes, los guardias, los hombres que jalaron el gatillo— han escapado a la justicia. Miles de personas estuvieron involucradas íntimamente en lo que equivalía a empresas criminales. Tomemos Srebrenica: la operación se dio durante varios días en julio de 1995 y requirió de una planeación detallada, logística y de transportación, así como escuadrones de entierro. Las víctimas eran cazadas cuando trataban de escapar a través de los bosques, encarcelados en campos de prisioneros improvisados, y golpeados y torturados antes de ser asesinadas. El testigo “O”, cuyo nombre e identidad el TPIY retuvo ante preocupaciones por su seguridad, dijo en un testimonio contra Radislav Krstic, un general bosnio-serbio: “De todo lo que he dicho y he visto, podría llegar a la conclusión de que esto fue organizado extremadamente bien”. Dos brigadas completas de soldados bosnio-serbios participaron en la operación, junto con tropas adicionales y oficiales de policía.
“Con ese grado de asesinatos, nunca habrá una justicia total; sólo podrá ser parcial”, dice Borger. Se han establecido unidades investigadoras de crímenes de guerra en Serbia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, pero el proceso legal dentro de la ex Yugoslavia, de por sí lento e incierto, a menudo titubea bajo presión. En enero, la Corte de Bosnia-Herzegovina fue obligada a emitir una declaración pidiendo a políticos, periodistas y abogados que cesen inmediatamente en sus intentos de “politizar la institución y rebajar el trabajo de sus jueces”.
The Butcher’s Trail a menudo puede sentirse implacable; el libro se habría beneficiado de variaciones en su ritmo, saliéndose de los Balcanes y añadiendo más contexto histórico. No obstante, es una obra importante que suma grandemente a nuestro entendimiento de cómo la justicia penal internacional ha evolucionado y da lecciones para futuras investigaciones sobre crímenes de guerra. “La justicia internacional para los asesinos en masa puede imponerse cuando la comunidad internacional concuerda en los puntos de referencia y coopera”, dice Borger. “La impunidad para los asesinos en masa no es inevitable”.
Fue la posibilidad de la membresía en la Unión Europea —y el torrente de fondos que seguirían a la aceptación en la Unión para países como Serbia— lo que también ayudó a pillar a los asesinos de Yugoslavia. Algunos de los nacionalistas más apasionados, en todos los bandos, pronto moderaron su entusiasmo por albergar a acusados sospechosos tan rápido como quedó en claro que la membresía de la UE dependía de la cooperación con el TPIY. Otros escaparon a la justicia. Dokmanovic se ahorcó en su celda. Slobodan Milosevic, el expresidente serbio, murió durante su juicio.
El TPIY, a pesar de sus primeros problemas y mandato limitado, logró mucho, dice Borger. “La manera de verlo es: ¿qué tal si no hubiera un TPIY, y el tribunal no hubiera perseguido a la gente? ¿Qué significaría ello para la justicia internacional? Sí, el vaso está medio lleno, pero esa mitad es significativa”.
