Engordar con grasa

Sandra C., profesora de educación especial en Nueva
Jersey, no se preocupó mucho cuando su médico le dijo que consultara con un
especialista en hígado. Sí, se cansaba de corretear con los niños en la
escuela, y a veces sus amigos le decían que parecía medio “verde”, pero en
general se sentía sana; no podía estar tan enferma.

La llamada que hizo
hace cinco años destrozó su vida. “La mujer que respondió dijo, ‘Centro de
Trasplante Abdominal y Hepático’”, recuerda Sandra, hoy de 52 años y jubilada.
“Colgué, pensando que me había equivocado”. Pero su médico le aseguró que había
llamado al lugar indicado; quería que los especialistas del lugar le hicieran
una biopsia para investigar por qué ciertas enzimas de su sangre estaban tan
elevadas. El procedimiento quirúrgico invasivo demostró que estaba más enferma
de lo que creía. Sandra (quien ha pedido usar sólo su nombre de pila, porque no
ha revelado a su familia su estado de salud) tenía una forma grave de
esteatohepatitis no alcohólica, o EHNA.

Hasta 25 millones de adultos estadounidenses padecen
alguna forma de EHNA, y la mayoría no lo sabe. Es una enfermedad
infradiagnosticada, afirma el Dr. Stephen Harrison, jefe de gastroenterología y
hepatología del Centro Médico Militar Brooke, porque los proveedores de primer
nivel no tienen conocimiento del problema y porque, además, la confirmación
requiere de una biopsia invasiva. En un estudio que dirigió Harrison,
participaron 400 voluntarios que informaron no tener EHNA: 12 por ciento
terminó con un diagnóstico positivo, eso hizo que el trastorno fuera más
prevalente que la diabetes. Pero en el caso de EHNA, los síntomas aparecen
hasta que el paciente se encuentra a punto de sufrir insuficiencia hepática, y
está luchando por su vida.

Según expertos en
hígado, EHNA es una bomba de tiempo silenciosa para la salud pública, la cual muy
pronto podría sobrecargar el sistema de salud estadounidense con internamientos
en hospitales. Se espera que, para 2020, EHNA supere a la hepatitis C como la
principal causa de trasplantes hepáticos. Según varios especialistas, su
incidencia ha crecido explosivamente en las últimas dos décadas gracias a la
creciente prevalencia de la obesidad. Y aunque el nexo entre obesidad y EHNA
aún se está investigando, la teoría actual es que el exceso de depósitos de
grasa en el hígado puede conducir a un daño que precipitará insuficiencia
hepática y muerte.

Como no hay
tratamiento ni cura para EHNA, más de una docena de compañías farmacéuticas y
biotecnológicas están compitiendo para ser las primeras en lanzar un
medicamento al mercado. Aunque grandes empresas como Gilead, Bristol-Myers y
Sanofi están en la carrera, grupos “boutique” como Intercept y Genfit encabezan
los esfuerzos con ensayos clínicos de Fase III que darán comienzo este año. Y
las ganancias podrían ser masivas: analistas vaticinan que el mercado para un
medicamento EHNA podría representar 35 mil millones de dólares o más para 2025.

“SIGAN COMIENDO HAMBURGUESAS CON QUESO”

EHNA ocurre en cuatro etapas. En las tres primeras, la
grasa se acumula en el hígado. Esa acumulación provoca inflamación crónica y
cicatrización, llamada fibrosis. A lo largo de varios años, esa cicatrización
puede conducir a la cirrosis, que es la cuarta etapa.

La mayoría de las
farmacéuticas está concentrándose en desarrollar un medicamento para tratar
EHNA en las primeras etapas. “El objetivo es evitar que [los pacientes]
desarrollen cirrosis”, dice Mark Pruzanski, CEO de Intercept, cuyo fármaco, el
ácido obeticólico (OCA) está dirigido a los pacientes fibróticos. “Una vez que
tienen cirrosis… en esencia, caen por el precipicio y terminan por recibir un
trasplante o mueren”. OCA fue un éxito en ensayos clínicos de Fase II, y logró
que la fibrosis retrocediera una etapa (por lo menos) en una proporción
significativa de pacientes. Por ello, Intercept ya está organizando un ensayo clínico
de Fase II para unos 2000 pacientes con fibrosis. Entre tanto, la francesa
Genfit también está a punto de iniciar ensayos Fase III con su producto,
Elafribranor, igualmente dirigido a pacientes fibróticos.

Pero no todos están
entusiasmados con la idea de tratar la enfermedad con medicinas que revierten
el daño hepático. Algunos críticos afirman que sería como producir una
sustancia que minimiza el daño pulmonar de los fumadores, y seguir
permitiéndoles que fumen. En el caso del fármaco EHNA, argumentan que sería
como decirles, “Sigue comiendo hamburguesas con queso y mirando televisión
cinco horas al día”.

“Es mejor combatir
el problema global de la obesidad que sólo algunos efectos, como EHNA”, dice el
Dr. Robert Klitzman, director del programa de maestría en bioética de la
Universidad de Columbia. “Sería mucho más barato dar 50 dólares a cada
consultorio para que una enfermera revise la dieta y el ejercicio con cada
paciente, pero como humanos y estadounidenses tenemos la inclinación a buscar
el remedio fácil: ‘sólo dame una pastilla’”.

En el contexto de
los exorbitantes precios actuales de algunos medicamentos, como los 92 000
dólares anuales del tratamiento de Solvadi para la hepatitis C, algunos temen
que el fármaco para EHNA pueda drenar los presupuestos de programas públicos
para derechohabientes, como Medicaid, Medicare y la Administración de
Veteranos. “Si esos fármacos se lanzan al mismo precio que Solvadi, el costo al
público… será de 115 mil millones de dólares anuales”, calcula Llew Keltner,
CEO de Epistat, compañía de estrategias en salud pública. “Y se trata de
medicamentos para toda la vida, no sólo una terapia administrada por única vez.
Con todo, ninguno de ellos ofrece un remedio real. La pérdida de peso es la
única forma de curar EHNA”.

Peter Bach,
director del Centro para Políticas y Resultados de Salud en Memorial Sloan
Kettering, califica los ingresos astronómicos de las compañías farmacéuticas
como “una transferencia de riqueza autorizada por el gobierno, pues las
agencias públicas toman recursos de grandes grupos de contribuyentes y los
transfieren a los accionistas de las compañías farmacéuticas”. Si una
proporción enorme del dinero de la Administración de Veteranos se destina al
pago de los medicamentos EHNA de una farmacéutica, agrega Bach, “estaremos
interfiriendo con la capacidad de la agencia para hacer otras cosas”.

Cosas como
erradicar la obesidad. “Si tienes una cantidad limitada de recursos para la
atención de la salud… entonces, ¿cómo debemos dividir el dinero?”, cuestiona
Klitzman. “¿Debemos meterlo en medicamentos muy costosos para EHNA?”. Además,
un medicamento EHNA tal vez ayude al hígado, pero no combate, necesariamente,
otras enfermedades costosas relacionadas con la obesidad.

Klitzman culpa al
mercado libre de incentivar a las grandes compañías de alimentos y medicamentos
de buscar enormes utilidades a expensas de la salud de las personas. “Se gana
mucho más dinero vendiendo comida grasienta para luego dar medicinas para
tratar el problema”, dice Klitzman, “que en ayudar a la gente a llevar vidas
más largas y saludables con soluciones de baja tecnología: dar a todos una
báscula, y enseñarles a vigilar su peso y ejercicio”.

Pero perder peso no
es fácil, como pueden atestiguar muchas personas. Las investigaciones han
demostrado que sólo una magra minoría puede mantener el tipo de pérdida de peso
necesario para reducir EHNA, sin someterse a una cirugía bariátrica.

Sin embargo, allí
es donde las cosas se complican mucho, y quizás no sea su culpa. Algunos
expertos sugieren que la obesidad es una enfermedad crónica de base biológica.
El Dr. Jeffrey Friedman –cuyas investigaciones condujeron a la identificación
de la hormona leptina, fundamental para la regulación del apetito y el peso
corporal– argumenta que los individuos tienen un peso genético fijo dentro de
un rango de 7 a 9 kilogramos, y si caen por debajo de ese límite, toda su
fisiología conspira para que vuelvan a aumentar.

“Lo que no se
sabe”, dice su hermano, el Dr. Scott Friedman, director de la División de Enfermedades
Hepáticas del Hospital Monte Sinaí, “es porqué, en general, nuestro IMC aumenta
de manera tan precipitada en un intervalo corto, porque nuestros genes no han
cambiado”. El índice de masa corporal, o IMC es tu peso en kilogramos dividido
entre tu altura al cuadrado (es decir, divide tu peso entre lo que resulta de
multiplicar tu altura por tu altura) y eso, casi siempre, corresponde a tu
grasa corporal. Una persona con IMC de más de 30 se considera obesa; según los
Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, hoy día más de 35.7 por
ciento de los adultos estadounidenses son obesos, respecto de 13.4 por ciento a
principios de la década de 1960. Friedman especula que este incremento puede
asociarse con una evolución del microbioma humano –las bacterias que viven en
nuestros intestinos–, quizás a resultas del uso indiscriminado de antibióticos
durante el último medio siglo. Un estudio reciente que trasplantó microbioma de
un ratón obeso a un ratón flaco, halló que es posible conferir cierta propensión
biológica a la obesidad.

EHNA también podría
tener origen en factores ajenos al estilo de vida. Por ejemplo, investigaciones
emergentes han encontrado que el microbioma de pacientes con EHNA difiere del
de personas sanas y “podría contribuir a la mayor ingesta calórica”. Y también,
las personas muy delgadas desarrollan EHNA. La Dra. Julia Wattacheril,
profesora asociada de medicina en el Centro para Enfermedades y Trasplantes
Hepáticos de la Universidad de Columbia, afirma que las personas delgadas no
han sido diagnosticadas debidamente, porque no reúnen el perfil clínico
clásico.

La necesidad de
desarrollar medicamentos eficaces es primordial, enfatiza Wattacheril, pues al
menos algunos de los afectados no pueden atribuir su predicamento al estilo de
vida. Es por ello que Wattacheril trabaja como investigadora principal en los
ensayos clínicos de un fármaco llamado GR-MD-02, producido por una pequeña
compañía de biotecnología, Galectin Therapeutics.

LA INFUSIÓN INTRAVENOSA MISTERIOSA

El Dr. Peter Traber, CEO de Galectin, jugó fútbol
americano en la universidad; mide 1.95 metros y pesa 109 kilos. Pero durante un
entrenamiento, sufrió una lesión en un tobillo que lo obligó a reducir la
cantidad de ejercicio, y aumentó 25 kilos. Al alcanzar al mediana edad,
aumentaron sus enzimas sanguíneas asociadas con la grasa hepáticas, y lo mismo
sucedió con la glucosa, por lo que fue diagnosticado como prediabético. Surgió
el temor de que pudiera tener EHNA leve, cosa que sólo puede confirmarse con
una biopsia hepática. Entre tanto, su médico recetó dos medicamentos para la
diabetes. Pero Traber decidió “ir a casa, abrazar a mis hijos y ponerme a
dieta”.

Ahora, con 60 años,
ha perdido más de 11 kilogramos, sus enzimas hepáticas han disminuido, y su
glucosa ha vuelto a la normalidad. Traber es un ejemplo perfecto del
tratamiento más eficaz para EHNA en sus etapas iniciales: la pérdida de peso.
Numerosos estudios han demostrado que reducir, al menos, 10 por ciento del peso
corporal total revierte la mayor parte de los casos de EHNA. Pero una vez que
el hígado queda tan dañado por las cicatrices que el tejido fibrótico sustituye
al tejido normal, alterando la arquitectura y modificando el flujo de la sangre
–como fue el caso de Sandra–, no hay dieta que valga.

Hace años que
Galectin ha trabajado en una sustancia para los pacientes con EHNA en etapa
tardía. La más prometedora es GR-MD-02, un compuesto derivado de la cáscara de
manzana. Inyectaron ratas con una toxina hasta provocarles cirrosis, y luego
las trataron con GR-MD-02, sin dejar de administrarles regularmente las
inyecciones de toxina. En todas las ratas tratadas, las cicatrices de la
cirrosis se revirtieron de manera dramática: el porcentaje de colágeno de los
hígados se redujo de 27 por ciento a solo 9 por ciento. “En términos humanos,
eso sería como un tipo que bebe un quinto de botella de vodka diariamente, y
desarrolla cirrosis; lo tratamos mientras sigue bebiendo, y mejora”, informa
Traber.

Después de probar
GR-MD-02 con monos, y luego en un grupo pequeño de 30 pacientes, Galectin está
reclutando voluntarios como Sandra para su ensayo clínico Fase II. Cada dos
semanas, la paciente viaja 153 kilómetros desde su hogar en Nueva Jersey hasta
la Ciudad de Nueva York, donde se sienta una hora y media con una infusión
intravenosa misteriosa. Ni ella ni Wattacheril saben si recibe placebo o el
fármaco de Galectin. Y no lo sabrán hasta finales de 2017, cuando se anunciarán
los resultados de la Fase II. Si el medicamento funciona, Traber cree que
podría revertir hasta en 20 años el proceso de la cirrosis.

Traber y su equipo
afirman que el fármaco de último recurso que están desarrollando –quizás aunado
a una pastilla diaria para las etapas iniciales de EHNA, en la cual están
trabajando Intercept y Genfit– podría utilizarse para tratar los casos más
críticos, como el de Sandra, donde la pérdida de peso no servirá de mucho.

En estos días,
Sandra pasa gran parte del tiempo en citas médicas y terapia física, pues EHNA
y la diabetes tipo 2 la han obligado a jubilarse anticipadamente. Si el ensayo
clínico de Galectin no resulta, Wattacheril considera que sus probabilidades de
morir en los próximos años son de 40 por ciento. “Estoy en esta situación y no
por falta de una buena dieta o ejercicio”, dice Sandra, cuyo padre falleció de
cáncer hepático hace 30 años. “Pueden culparme, si quieren, pero estoy haciendo
lo que se supone que debo hacer”.

A diferencia de
quienes padecen otras enfermedades graves, los enfermos con EHNA no tienen un
brazalete de color para despertar conciencia, ni una carrera para reunir
fondos, ni una red de apoyo. Sandra enfrenta una carga adicional: no quiere
hablar de su enfermedad, ni siquiera con su familia, porque la cirrosis suele
asociarse con el abuso del alcohol, y teme ser juzgada duramente. “Hay muchas
ideas falsas”, dice, “pero cualquier investigación clínica que puedas ofrecer a
una persona que no tiene un plan de tratamiento o una cura, debe ser explorada.
Cada vida lo vale”.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek