La mayoría de los europeos se
enorgullece de reciclar. Los buenos ciudadanos separan el vidrio de los
plásticos, los desperdicios orgánicos de las latas de metal, y presumen de ello
con los amigos. Reciclar ayuda a aliviar algo de la culpa que causa el consumo
desmedido.
Pero en Rusia, reciclar se
acompaña de un sentimiento de vergüenza. Esto es evidente en el hecho de que
más de 80 por ciento de la basura doméstica rusa termina en vertederos, y casi
toda la demás se incinera. En comparación, los mejores recicladores de Europa
–Austria y Alemania- reutilizan más de 60 por ciento de sus desperdicios
municipales, mientras que el Reino Unido gestiona 39 por ciento. En un informe
de 2012, la Corporación Financiera Internacional, parte del Grupo Banco
Mundial, halló que la tasa de recuperación de basura de Rusia era “casi cero”,
La primera vez que noté la
actitud social negativa de los rusos hacia el reciclado fue durante una
investigación en Samara (antes Kuybyshev), la sexta ciudad más grande del país,
que yace en un recodo del río Volga a 1 000 kilómetros de Moscú. Hasta el
colapso de la Unión Soviética, fue una ciudad cerrada que albergaba las
industrias automotriz y de la aviación. Éramos un equipo de investigadores
rusos y finlandeses, y nuestra intención era sumergirnos en la cultura local y
descubrir el potencial para desarrollar eco-innovaciones en una economía que
experimentaba una transformación acelerada. Los resultados fueron publicados a
fines del año pasado.
Nos enfocamos en la manera
como la población resolvía el tema de la basura. Al principio, la tarea no
pareció muy gratificante, pues las personas cuyas vidas seguíamos dijeron que
todo lo tiraban en un recipiente y no separaban ni reciclaban la basura.
No obstante, al observar sus
vidas cotidianas, notamos que algunos dejaban botellas de cerveza bajo las
escaleras de los edificios de apartamentos. Encontramos puntos de recolección
de botellas en exteriores, bajo los árboles o en sucios sótanos. Los puntos de
recolección en exteriores eran atendidos por mujeres, quienes nos dijeron que
recibían un pago de 200 a 300 rublos al día (unas 2 libras esterlinas), mas se
negaron a decirnos quién recogía las botellas y pagaba sus sueldos. Por otra
parte, casi siempre nos echaban de los lugares de reciclado ubicados en sótanos
tan pronto como se sabía que buscábamos información.
Cuando preguntábamos si
alguna vez llevaban botellas a esos puntos de reciclaje, la mayoría de la gente
consideraba absurda la pregunta. Pero para nosotros tenía mucho sentido, pues
las familias que entrevistábamos eran de los niveles sociales de ingreso más
bajo y ciertamente necesitaban el dinero adicional. Al insistir en el tema, nos
decían que “solo los alcohólicos, los drogadictos o las babushkas [ancianas] pobres que limpian corredores” llevan botellas
a puntos de reciclaje.
Además de botellas, vimos
cartón usado cuidadosamente empaquetado, como si fueran a enviarlo a alguna
parte. Pero, al parecer, nadie sabía de quién era o adónde iba. Una vez, cuando
tomábamos unas fotos de una de esas pilas de cartón, un hombre corpulento
apareció dando gritos y tuvimos que correr.
No es fácil acceder a las
compañías de Rusia, así que tuvimos mucha suerte de encontrar una empresa que
gestiona desperdicios y que estuvo dispuesta a hablar con nosotros. Una mañana,
nos reunimos con el CEO en su oficina. Después de una copa de champanskoye (vino espumoso) y
chocolates, nos llevó a visitar el vertedero de su compañía. Explicó que la
empresa está enfocada, sobre todo, en dicho vertedero, porque involucrarse en
reciclar o reusar artículos es un negocio muy arriesgado, y los fragmentos de
desperdicios que puedan tener algún valor, como botellas y metales, ya estaban
en manos de la mafia.
El reciclado sale a la superficie
Es muy difícil integrar el
reciclado informal, clandestino, con los esfuerzos oficiales para procesar la
basura.
Como ejemplo, hace poco
trabajamos con la cervecería Baltika en San Petersburgo, la cual quería iniciar
una recolección de botellas debido a la política ambiental de su compañía
madre, Carlsberg Group. Como parte de un curso intensivo en sustentabilidad
corporativa, se pidió a un entusiasta grupo de estudiantes internacionales y
rusos que diseñaran métodos de recolección y reciclado de botellas, los cuales
fomentaran conductas de reciclado en Rusia. Baltika quería establecer un
sistema independiente y autosuficiente.
Como yo tenía conocimientos
del reciclado informal de botellas, el cual parecía tan bien organizado en San
Petersburgo como en Samara, sugerí una colaboración de recicladores
independientes, dado que ya había un sistema funcionando. Mi propuesta recibió
una gélida respuesta: esos recolectores informales de botellas son considerados
criminales.
Parece que, en Rusia, el
reciclado informal te identifica como un individuo indeseable. Es una actividad
profundamente estigmatizada, y los rusos comunes se esfuerzan porque nadie los
vea practicándola. Así mismo, la gente considera que muchas compañías
recicladoras tienen nexos con el crimen organizado o corren el riesgo de
meterse en conflictos con esos grupos. De modo que, tanto en el nivel personal
como en el nivel corporativo, hay grandes barreras para establecer los tipos de
sistemas que se dan por sentados en otras partes de Europa. Por ello, pese a
los mejores esfuerzos de los ciudadanos y las empresas, Rusia no tendrá grandes
logros en el reciclado sistemático en gran escala. Al menos, no como están las cosas.
Minna Halme es profesora de
administración en la Escuela de Negocios de la Universidad de Aalto, Finlandia
y profesora visitante de la Universidad de Lancaster, Reino Unido.